PARTE 2: LA CARTA QUE LLEVABA OCHO AÑOS ESPERANDO

Alejandro no apartó la vista del sobre.

Su nombre estaba escrito con una caligrafía que jamás olvidó.

—¿Lo conservaste todo este tiempo? —preguntó en voz baja.

Isabel asintió.

Tenía las manos temblando.

—Pensé que algún día volverías.

Lucía observaba a ambos sin entender nada.

—Mamá… ¿quién es él?

Isabel respiró hondo.

—Es un hombre que una vez me salvó… después de que yo le salvara la vida.

Alejandro sintió un nudo en la garganta.

Ocho años antes.

Una emboscada.

Balas.

Sangre.

Había llegado agonizando a una pequeña casa en las afueras de Toluca.

Una joven lo escondió durante dos días en un sótano improvisado, le cosió una herida en el costado y rechazó el dinero que él quiso dejarle.

Cuando pudo caminar, desapareció antes del amanecer.

Nunca volvió a encontrarla.

—Te busqué durante meses.

Isabel bajó la mirada.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué desapareciste?

Ella acarició el cabello de Lucía.

—Porque alguien me dijo que, si volvía a acercarme a ti, tú morirías.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Quién?

Isabel no respondió.

Le entregó el sobre.

—Primero lee esto.

Alejandro rompió el sello.

Dentro había una carta doblada y una fotografía.

En la imagen aparecía él.

Dormido sobre una cama improvisada.

Isabel estaba sentada a su lado, sosteniéndole la mano.

Detrás de la fotografía había una fecha.

Y una frase.

“Si sobrevives, prométeme que vivirás lejos de este mundo.”

Recordó perfectamente aquella noche.

La fiebre.

El delirio.

Y una muchacha que le pedía abandonar la violencia antes de que fuera demasiado tarde.

Abrió la carta.

Las primeras líneas lo dejaron inmóvil.

“Alejandro, si estás leyendo esto, significa que lograste encontrarme o que el destino volvió a cruzarnos.”

Continuó leyendo.

“Cuando te fuiste, descubrí que estaba embarazada.”

Las palabras comenzaron a desenfocarse.

Volvió a leerlas.

Una vez.

Y otra.

“Nunca te busqué porque sabía quién eras y porque no quería que nuestra hija creciera rodeada de enemigos.”

Alejandro levantó lentamente la cabeza.

Miró a Lucía.

La niña seguía abrazando su carta de beca.

Tenía los mismos ojos oscuros que él había visto cada mañana frente al espejo durante cuarenta años.

Las mismas cejas.

Incluso la misma pequeña marca junto a la barbilla.

—No…

Su voz apenas salió.

—¿Lucía…?

Isabel asintió con lágrimas en los ojos.

—Es tu hija.

El mundo pareció detenerse.

Alejandro dio un paso hacia atrás.

Toda la rabia por la traición de Sofía desapareció de golpe.

Solo quedaba aquella niña.

La misma que unos minutos antes le había dicho:

“Tal vez podamos ayudarnos durante un minuto.”

Lucía los miraba confundida.

—¿Por qué lloran?

Alejandro se arrodilló lentamente frente a ella.

Por primera vez en muchos años, no sabía qué decir.

—¿Te gustan los rompecabezas? —preguntó la niña.

Él sonrió entre lágrimas.

—Mucho.

Lucía levantó la fotografía.

—Entonces creo que acabamos de encontrar una pieza muy grande.

Alejandro no pudo contenerse.

La abrazó con cuidado.

Como si cualquier movimiento pudiera romper aquel instante.

Isabel observaba la escena en silencio.

Pero su expresión seguía llena de miedo.

Alejandro lo notó.

—¿Qué pasa?

Ella cerró los ojos unos segundos.

—Hay algo más.

Sacó un segundo sobre.

Mucho más grueso.

—Nunca te busqué porque no solo querían matarte a ti.

También querían encontrar a la niña.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Quiénes?

Isabel abrió el sobre.

Dentro había fotografías recientes.

Varias personas siguiendo a Lucía al salir de la escuela.

Un automóvil estacionado frente a su edificio durante semanas.

Y una última imagen.

Alejandro la tomó con las manos temblorosas.

Era Rodrigo.

El mismo hombre que había descubierto como amante de Sofía.

Estaba hablando con dos sujetos frente al colegio de Lucía.

Detrás de la fotografía había una nota escrita a mano.

“Cuando descubran quién es realmente la niña, ya será demasiado tarde para esconderla otra vez.”

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