PARTE 2: LA CARPETA QUE NO DEBÍAN VER

Renata amplió la imagen de la cámara.

Ofelia no había llegado sola.

A su lado estaba un hombre con traje gris, un portafolio de piel y una carpeta llena de documentos.

Detrás caminaba una mujer de unos cincuenta años a la que nunca había visto.

Los tres sonreían.

Como si aquella mañana fueran a celebrar algo.

No a destruir una vida.

Mauricio se asomó por encima de su hombro.

En cuanto los vio, perdió el color del rostro.

—¿Por qué vino él?

Renata lo miró.

—¿Quién es?

Mauricio tragó saliva.

—Un notario.

Ella no respondió.

Solo abrió la puerta.

Ofelia entró sin saludar.

Lo primero que hizo fue mirar alrededor del departamento.

Después observó a Renata.

Esperaba encontrarla llorando.

Cabizbaja.

Obediente.

En cambio, la encontró preparando café.

—Así me gusta —dijo con satisfacción—. Ya entendiste quién manda.

Renata sonrió con tranquilidad.

—Siéntense.

Hay café recién hecho.

El hombre del traje dejó el portafolio sobre la mesa.

—Buenos días.

Soy el licenciado Esteban Ríos.

Renata fingió sorpresa.

—¿Un abogado?

Ofelia respondió antes que él.

—Casi de la familia.

Hoy vamos a adelantar algunos trámites antes de la boda.

Mauricio permanecía completamente callado.

Su madre le lanzó una mirada.

—¿Qué te pasa?

¿No le quitaste la tarjeta?

Él bajó la cabeza.

—Todavía no.

Ofelia golpeó la mesa con la palma.

—¡Inútil!

Te dije que eso era lo primero.

Renata colocó lentamente cuatro tazas.

—¿Por qué tanta prisa con mi tarjeta?

Ofelia soltó una risa.

—Porque una mujer casada no necesita manejar dinero.

Todo debe administrarlo el hombre.

El abogado abrió entonces la carpeta.

Sacó varios documentos.

—Solo necesitamos algunas firmas.

Renata tomó la primera hoja.

Leyó el título.

Convenio de administración patrimonial.

Continuó leyendo.

Cada línea era peor que la anterior.

Una cláusula autorizaba a Mauricio a disponer libremente de todas las cuentas bancarias presentes y futuras de su esposa.

Otra le permitía vender bienes adquiridos durante el matrimonio sin autorización adicional.

Y una tercera establecía que cualquier deuda contraída por Mauricio podría responderse con el patrimonio común.

Levantó lentamente la vista.

—¿Quién redactó esto?

El abogado respondió con absoluta naturalidad.

—Su futuro esposo nos explicó que ambos estaban de acuerdo.

Renata sonrió.

—Qué curioso.

Porque yo jamás hablé con usted.

El abogado miró a Mauricio.

Él evitó sus ojos.

Ofelia intervino inmediatamente.

—No seas exagerada.

Solo son formalidades.

Renata dejó el documento sobre la mesa.

—Entonces firmemos todos.

La suegra frunció el ceño.

—¿Cómo que todos?

—Si es tan buena idea entregar el patrimonio a otra persona…

También podrías firmar tú.

Ofelia se quedó muda.

Renata sacó otra hoja de una carpeta azul.

—Preparé un documento parecido.

Usted cede todas sus cuentas, propiedades y pensión a nombre de Mauricio.

Solo es una formalidad.

Ofelia retiró la mano como si el papel quemara.

—¡Claro que no!

Renata inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Por qué no?

Hace un minuto parecía una excelente idea.

El abogado comenzó a sentirse incómodo.

Volvió a revisar el convenio.

—Disculpen…

¿La señorita no conocía este documento?

—Es la primera vez que lo veo.

El hombre cerró lentamente la carpeta.

Miró a Mauricio.

—Usted afirmó que todo estaba previamente acordado.

Nadie respondió.

Entonces sonó el teléfono de Renata.

Era una notificación.

Había esperado exactamente ese momento.

Conectó el celular al televisor del departamento.

En la pantalla apareció el chat de Mauricio con Ofelia.

El primer audio llenó toda la sala.

Necesitamos que firme antes de la boda. Después será más difícil quitarle el departamento.

El segundo llegó inmediatamente.

Cuando tengamos acceso a su nómina, pedimos el préstamo usando su historial. Ella ni cuenta se va a dar.

El abogado levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué préstamo?

Renata reprodujo un tercer mensaje.

Esta vez era Mauricio.

Con lo que saquemos pagamos las deudas de mi hermana y la camioneta. Luego, si Renata se enoja, ya será demasiado tarde porque estaremos casados.

El silencio fue absoluto.

El abogado cerró la carpeta de un golpe.

—Señora Ofelia…

Si esto es auténtico, yo no puedo participar en absolutamente nada de esta operación.

Comenzó a guardar todos los documentos.

Ofelia se levantó desesperada.

—¡Espere!

¡Todo fue un malentendido!

Pero él ya caminaba hacia la puerta.

Antes de salir se volvió hacia Renata.

—Le recomiendo conservar esas grabaciones.

Podrían ser muy importantes.

La puerta se cerró.

Mauricio seguía inmóvil.

Ofelia respiraba con dificultad.

Entonces Renata tomó el anillo de compromiso.

Lo dejó suavemente sobre la mesa.

—La boda queda cancelada.

Mauricio dio un paso hacia ella.

—Renata…

Déjame explicarte.

Ella negó con calma.

—No.

Ahora quiero que me expliquen otra cosa.

Sacó un último sobre que había encontrado la noche anterior dentro del cajón de Mauricio.

Lo abrió delante de ambos.

Era una lista escrita a mano.

Encabezado:

“PLAN DESPUÉS DE LA BODA”.

El primer punto decía:

“Poner el departamento únicamente a nombre de Mauricio.”

El segundo:

“Sacar préstamo máximo con el sueldo de Renata.”

Pero fue el tercer punto el que hizo que Mauricio cerrara los ojos antes incluso de que ella terminara de leerlo.

“Cuando ya no sirva, pedir el divorcio y dejarla sin nada.”

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