El timbre sonó apenas treinta segundos después.
Martina abrió la puerta.
Entraron el licenciado Salgado, una notaria y dos actuarios del juzgado.
Detrás de ellos venían dos policías municipales que permanecieron en silencio.
Las conversaciones en la sala se apagaron.
Don Ernesto frunció el ceño.
—¿Y toda esta gente?
Clara señaló con calma el sofá.
—Siéntense. Esto no tardará mucho.
Doña Silvia soltó una risa burlona.
—¿Ahora nos vas a dar una conferencia?
El licenciado Salgado colocó un portafolio sobre la mesa.
Sacó una carpeta azul.
Luego otra.
Y finalmente una escritura original.
—Buenos días. Represento legalmente a la señora Clara Ríos.
Don Ernesto cruzó los brazos.
—No hace falta abogado. Mi hijo tiene derecho a la mitad de esta casa.
El abogado abrió la primera escritura.
—No.
Le mostró la portada.
—La propiedad fue adquirida cinco años antes del matrimonio.
Pasó la siguiente hoja.
—Está inscrita exclusivamente a nombre de la señora Clara Ríos.
Otra página.
—Nunca fue incorporada al patrimonio conyugal.
La notaria asintió mientras revisaba los documentos.
—Todo coincide con el Registro Público de la Propiedad.
Mauricio dio un paso adelante.
—Entonces Julián nos dijo…
Se quedó callado.
El abogado continuó.
—Además, el convenio de divorcio firmado hace nueve días establece expresamente que el señor Julián Arriaga reconoce no tener derecho alguno sobre este inmueble.
El silencio fue inmediato.
Todos voltearon hacia Julián.
Él seguía mirando el piso.
Clara habló por primera vez.
—¿Quieres decirles tú… o lo hago yo?
Julián cerró los ojos.
No respondió.
El abogado sacó otra carpeta.
—Hay algo más.
Mostró una copia certificada del convenio.
En una de las cláusulas podía leerse claramente:
“El señor Julián Arriaga manifiesta que la propiedad ubicada en Lomas de Angelópolis pertenece exclusivamente a la señora Clara Ríos y renuncia a cualquier reclamación presente o futura.”
Doña Silvia arrebató el documento.
Lo leyó dos veces.
Luego miró a su hijo.
—¿Tú firmaste esto?
Julián asintió apenas.
Don Ernesto golpeó la mesa.
—¿Entonces por qué nos dijiste que ella estaba escondiendo la casa?
Julián tardó varios segundos en hablar.
—Porque…
Su voz apenas salió.
—Porque les dije que todavía podíamos recuperarla.
—¿Recuperarla cómo? —preguntó Clara con serenidad.
Él no contestó.
Fue el abogado quien habló.
—Según los mensajes que el señor Arriaga envió a varios familiares, afirmó que la señora Clara había ocultado bienes durante el divorcio.
Sacó varias impresiones.
—Eso también es falso.
Clara observó a su exmarido.
—¿Sabes qué fue lo peor de todo esto?
Él levantó lentamente la cabeza.
—No que intentaras quitarme la casa.
Hizo una pausa.
—Sino que preferiste mentirle a tu propia familia antes que reconocer que nunca fue tuya.
Nadie dijo una palabra.
Don Ernesto dejó caer lentamente la barreta al suelo.
Doña Silvia volvió a mirar a Julián.
Esta vez ya no había seguridad en su rostro.
Solo desconcierto.
Los tres hombres de la mudanza comenzaron a recoger sus herramientas en silencio.
Uno de ellos preguntó con incomodidad:

—¿Entonces… aquí ya no hay nada que mover?
El abogado respondió con calma.
—Solo una cosa.
Todos lo miraron.
Cerró la carpeta y dijo:
—Las personas que entraron sin autorización a esta propiedad tendrán que salir ahora mismo.
Porque la única dueña de esta casa nunca dejó de ser la señora Clara Ríos.