PARTE 2: LA CARPETA QUE DETUVO EL APLAUSO

Renata sonrió con la seguridad de quien llevaba meses ensayando ese momento.

Las luces del escenario la envolvieron mientras los invitados levantaban sus teléfonos para grabarla. Más de trescientas personas, empresarios, políticos, periodistas y benefactores, esperaban escuchar el discurso de la mujer que todos creían la nueva señora Aranda.

—Es un honor representar esta noche a mi familia… —comenzó, acomodándose el brazalete de oro en la muñeca.

Los aplausos apenas habían empezado cuando todas las pantallas gigantes del salón parpadearon.

Una.

Dos.

Tres veces.

La música se cortó de golpe.

El presentador miró nervioso hacia la cabina de control.

—¿Qué está pasando?

Los técnicos comenzaron a hablar entre ellos mientras el logotipo de la fundación desaparecía de las pantallas.

En su lugar apareció una sola imagen.

Una reina blanca de ajedrez.

Exactamente igual a la que Emiliano había dejado sobre la cómoda de la habitación de su madre.

El salón entero quedó en silencio.

Alonso frunció el ceño.

—¿Quién autorizó eso?

Nadie respondió.

Entonces apareció un texto negro sobre fondo blanco.

“Antes de aplaudir a quien ocupa un lugar que no le pertenece, conozcan toda la historia.”

Renata perdió por un instante la sonrisa.

Fue apenas un segundo.

Pero Emiliano, observando desde la transmisión, lo notó.

—Ya empezó a tener miedo —murmuró.

En la habitación, Valeria no apartaba la vista de la pantalla.

Sentía el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que le dolían las costillas.

—¿Qué hiciste, hijo?

Él no respondió de inmediato.

Solo abrió una carpeta en la tablet.

En la portada podía leerse una cifra.

68,000,000 MXN

Valeria tragó saliva.

—¿Qué significa eso?

—El dinero que desapareció de tus empresas durante los últimos cuatro años.

Ella sintió que el mundo volvía a moverse bajo sus pies.

—Eso… eso es imposible…

Emiliano negó lentamente.

—No desapareció. Alguien lo fue sacando poco a poco para que nadie lo notara.

En el hotel, la imagen cambió.

Ahora aparecía una tabla llena de fechas, cuentas bancarias y transferencias.

Los invitados comenzaron a murmurar.

—¿Es una auditoría?

—¿Qué estamos viendo?

—¿Eso pertenece a Grupo Aranda?

Alonso dio un paso hacia la pantalla.

Su rostro perdió color.

Reconocía aquellas cifras.

Las había visto demasiadas veces.

Renata giró hacia él.

—Haz que apaguen eso.

—Lo están intentando.

Los técnicos seguían presionando botones sin conseguir recuperar el control.

Uno de ellos levantó la voz.

—¡No podemos entrar al sistema!

El director del evento comenzó a sudar.

La prensa, en cambio, sonrió.

Las cámaras dejaron de apuntar al escenario y comenzaron a enfocar las pantallas.

Era mucho mejor que cualquier discurso benéfico.

Era un escándalo en tiempo real.

En la casa, Petra observó a Emiliano con una mezcla de orgullo y preocupación.

—¿Todo eso lo descubriste tú?

—No.

Él abrió otra carpeta.

—Solo terminé el trabajo que mamá empezó hace años sin darse cuenta.

Dentro había fotografías de documentos antiguos.

Firmas.

Correos.

Estados de cuenta.

Y un nombre que Valeria conocía demasiado bien.

Renata Solís.

—Ella nunca robó de un solo golpe —explicó Emiliano—. Robaba cantidades pequeñas. Cincuenta mil. Ochenta mil. Doscientos mil. Siempre usando proveedores distintos.

Valeria cerró los ojos.

Recordó cada ocasión en que Renata llegaba con lágrimas diciendo que había cometido un error administrativo.

Cada vez que ella la defendía.

Cada vez que convencía al consejo de darle otra oportunidad.

Había protegido a la mujer que estaba vaciando su patrimonio.

Mientras tanto, en el hotel, apareció una nueva grabación.

La voz de Renata llenó el salón.

—Alonso jamás revisa las cuentas. Él solo firma. Y Valeria confía demasiado en mí.

El murmullo se convirtió en un ruido ensordecedor.

Alonso dio un paso atrás.

—Eso está editado…

Pero la siguiente grabación fue peor.

—Cuando logremos quitarle sus acciones, los sesenta y ocho millones ya estarán fuera del país.

Ahora sí.

El silencio cayó como una losa.

Los miembros del consejo de Grupo Aranda comenzaron a levantarse de sus mesas.

Uno de ellos miró directamente a Alonso.

—¿Sabías de esto?

Él abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Renata sintió que las manos empezaban a temblarle.

Buscó la salida con la mirada.

Por primera vez en toda la noche dejó de sentirse la dueña del salón.

En la habitación de Lomas de Chapultepec, Valeria respiró hondo.

Las lágrimas seguían sin aparecer.

Ya no eran necesarias.

Lo único que veía era a la mujer que durante años llamó hermana, quedándose completamente sola frente a cientos de personas.

Emiliano apagó la transmisión.

—Todavía no termina.

—¿Qué falta?

Él tomó una carpeta color azul que permanecía cerrada desde el principio.

La colocó frente a su madre con mucho cuidado.

En la portada solo había una etiqueta escrita a mano.

“Originales. Abrir únicamente cuando Renata intente escapar.”

Valeria levantó la vista.

—¿Qué hay ahí?

Emiliano sostuvo su mirada.

—La única prueba que no puede explicar.

Y si esa carpeta se abre… ya no perderá solo el dinero.

Lo perderá absolutamente todo.

Si quieres, también puedo escribir una Parte 3 con un giro aún más fuerte, donde la carpeta azul revele un delito mucho más grave que el robo del dinero.

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