El comedor quedó en silencio.
Nadie volvió a tocar un cubierto.
Los dos agentes de la Fiscalía permanecían junto a la puerta mientras el notario avanzaba lentamente hasta la cabecera de la mesa.
Renata seguía con el segundo huevo en la mano.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
Don Julián abrió la carpeta negra.
—Significa que la señora Teresa Alcázar nunca perdió la capacidad para administrar su patrimonio.
Mi hijo dio un paso adelante.
—Eso es imposible.
—Los médicos…
—¿Qué médicos? —lo interrumpí.
Lo miré directamente por primera vez en meses.
—¿Los que contrató tu esposa?
El notario colocó otro expediente sobre la mesa.
—Aquí está el dictamen del doctor Ernesto Ibarra, neurólogo certificado.
Tres evaluaciones.
Ocho meses de seguimiento.
Todas concluyen exactamente lo mismo.
“La señora Teresa Alcázar conserva íntegramente sus facultades mentales.”
Renata comenzó a retroceder.
—Eso no demuestra nada.
Sonreí con calma.
—Tienes razón.
No demuestra nada.
Por eso preparé algo más.
Saqué un pequeño control remoto del bolsillo del delantal.
Presioné un botón.
El televisor del comedor se encendió.
Apareció una grabación.
Era aquella misma habitación.
Una semana atrás.
Renata hablaba por teléfono.
—Cada vez recuerda menos.
En cuanto firme, la mandaremos a una residencia.
Después venderemos la empresa.
Mauricio apareció en la imagen.
—¿Y si recupera la memoria?
Renata soltó una risa.
—No la recuperará.
Yo misma reduzco sus medicamentos.
La grabación terminó.
Nadie respiraba.
Mi hermana rompió a llorar.
Uno de mis sobrinos dejó caer el vaso.
Mauricio giró lentamente hacia su esposa.
—¿Reducías su medicación?
Ella intentó responder.
—Yo…
Activé el siguiente video.
Renata fotografiando documentos de la empresa.
Abriendo mi despacho.
Copiando contratos.
El siguiente.
Ella ordenando despedir a mi chofer.
Otro más.
Cambiando las cerraduras mientras yo dormía.
Los agentes comenzaron a tomar notas.
Renata ya no hablaba.
Entonces el notario abrió la segunda carpeta.
—Existe además una modificación estatutaria firmada hace cuatro meses.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué modificación?
—La señora Teresa transfirió el sesenta y uno por ciento de las acciones con derecho a voto a un fideicomiso irrevocable.
El rostro de mi hijo quedó completamente blanco.
—¿Qué?
—Desde hace cuatro meses usted ya no tiene ninguna posibilidad de controlar Grupo Constructor Alcázar.
—Eso es mentira.
El notario deslizó los documentos hacia él.
Todas las firmas.
Todos los sellos.
Todos los registros mercantiles.
Perfectamente legales.
Renata dio un golpe sobre la mesa.
—¡Ella nos engañó!
La observé en silencio.
—No.
Me defendí.
Los agentes dieron un paso al frente.
—Señora Renata Salas.
Queda formalmente notificada de una investigación por administración fraudulenta, apropiación indebida, alteración de medicamentos y tentativa de despojo patrimonial.
Uno de ellos comenzó a leer sus derechos.
Mauricio levantó desesperado las manos.
—¡Yo no sabía nada!
Lo miré con tristeza.
—¿De verdad?
Tomé la carpeta color vino que él quería obligarme a firmar.
La abrí lentamente.
—Entonces explícame por qué tu firma aparece preparada en todas las páginas desde hace tres semanas.
No supo responder.
Pensé que aquello era el final.
Me equivocaba.
Don Julián sacó un último sobre sellado.
—Hay una última instrucción de la señora Teresa.
Lo abrió cuidadosamente.
—En caso de que durante la reunión familiar alguien intente coaccionarla, humillarla o forzar su firma, deberá ejecutarse inmediatamente la cláusula de indignidad sucesoria.
Toda la mesa quedó inmóvil.
Mauricio palideció.

—¿Qué significa eso?
El notario levantó la vista.
—Significa que, desde este mismo momento, usted deja de ser heredero de absolutamente todos los bienes de su madre.
Y el único nombre que aparecía como beneficiario universal del patrimonio de la familia Alcázar era el de una persona a la que ninguno de los presentes había visto entrar en aquella casa desde hacía más de veinte años.