PARTE 2: LA CARPETA DE LAS VIUDAS

Gabriel sostuvo la carpeta entre las manos durante varios segundos.

No parecía un archivo improvisado.

Era un archivador de cuero negro, con separadores de colores, documentos plastificados y notas adhesivas cuidadosamente ordenadas.

Aquello no pertenecía a una ama de casa.

Parecía el sistema de trabajo de alguien que llevaba mucho tiempo preparando algo.

Abrió la primera sección.

La fotografía de una mujer de unos cincuenta años apareció sujetada con un clip.

Debajo había varias hojas.

Nombre: Patricia Evans.

Estado civil: Viuda.

Pensión mensual.

Valor estimado de la vivienda.

Familia cercana: un hijo vive en Texas.

Gabriel frunció el ceño.

Pasó la siguiente página.

Había otra mujer.

Después otra.

Y otra más.

Todas eran viudas.

Todas tenían anotaciones.

Fechas.

Ingresos.

Direcciones.

Hábitos.

Incluso comentarios escritos con la letra de Candice.

“Se siente sola.”

“Confía demasiado rápido.”

“Invitarla a cenar otra vez.”

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Aquello no era un álbum.

Era una lista de objetivos.

Sacó el teléfono lentamente.

Comenzó a grabar.

Primero las fotografías.

Luego cada documento.

Cada recibo.

Cada nota escrita a mano.

No comentó nada.

Solo registró todo con una precisión casi obsesiva.

En la parte posterior de la carpeta encontró varios contratos de compraventa.

Uno llamó inmediatamente su atención.

Era un recibo de una casa de empeño.

Objeto vendido:

Copa de plata con grabado “Para Lucas, con todo mi amor. Mamá”.

Gabriel sintió cómo la mandíbula se le tensaba.

La copa estaba arriba, en el cajón.

Candice la había recuperado.

Pero había intentado venderla primero.

Respiró hondo.

Volvió a grabar el documento.

Después abrió el siguiente sobre.

Dentro había tres tarjetas bancarias.

Ninguna llevaba el nombre de Candice.

Una pertenecía a una mujer llamada Margaret Collins.

Otra a Helen Brooks.

La tercera estaba vencida.

Junto a ellas apareció una libreta pequeña.

Cada página contenía nombres, fechas y cantidades.

“Cena – consiguió la contraseña del banco.”

“Llamar el martes.”

“Preguntar por la escritura.”

Gabriel dejó de pasar páginas.

Aquello empezaba a parecerse demasiado a una investigación policial.

No a un matrimonio.

Entonces escuchó pasos detrás de él.

Lucas permanecía inmóvil en la puerta.

—Papá…

Gabriel cerró inmediatamente la carpeta.

No quería que su hijo leyera aquello.

Todavía no.

—¿Desde cuándo sabes que Candice guarda esas cosas?

Lucas negó con la cabeza.

—Nunca entraba aquí.

Hizo una pausa.

—Ella cerraba la habitación con llave cuando salía.

Gabriel miró nuevamente el cajón.

Ahora entendía por qué.

Lucas señaló la mesita de noche.

—Hay una caja debajo.

Gabriel se arrodilló.

Metió la mano hasta el fondo.

Sus dedos tocaron metal.

Sacó una pequeña caja fuerte portátil.

No era grande.

Pero sí pesada.

Necesitaba una combinación.

Lucas habló casi en un susurro.

—Siempre usa la misma.

El cumpleaños de Wyatt.

Gabriel introdujo los números.

La cerradura hizo un clic.

Dentro encontró un sobre grueso.

Varias escrituras fotocopiadas.

Poderes notariales.

Y un cuaderno azul.

La primera página llevaba un título escrito con tinta negra.

“Plan familiar.”

Abrió el cuaderno.

La primera frase le heló la sangre.

“Cuando Gabriel esté otra vez de viaje durante varias semanas, Lucas podrá mudarse definitivamente al garaje.”

Apretó el cuaderno con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Continuó leyendo.

“Hay que convencer a Gabriel de que el chico necesita disciplina.”

“Wyatt ocupará su habitación antes de Navidad.”

“Después venderemos los muebles antiguos.”

Cada línea era peor que la anterior.

Pero nada lo preparó para la última página.

Allí había una lista.

No de muebles.

No de gastos.

Una lista de bienes.

Cada objeto de Clara, la difunta madre de Lucas, aparecía marcado con una nota.

“Vestido de novia: vender.”

“Joyas: separar.”

“Álbumes: tirar.”

“Anillo: localizar.”

Gabriel cerró lentamente el cuaderno.

El dormitorio quedó completamente en silencio.

No sentía rabia.

Sentía algo mucho más peligroso.

La absoluta certeza de que la mujer con la que llevaba cinco años casado no solo había maltratado a su hijo.

Llevaba meses preparando la forma de borrar todo rastro de la primera familia que él había construido.

Y justo en ese momento, el sistema de seguridad de la casa emitió un aviso.

Un automóvil acababa de entrar por la puerta principal del garaje.

Gabriel miró la pantalla del teléfono.

El vuelo desde Miami había aterrizado mucho antes de lo previsto.

Candice había vuelto a casa.

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