PARTE 2: LA CARPETA BLANCA CONTENÍA LA VERDAD QUE VALERIA LLEVABA MESES ESCONDIENDO

Valeria tardó apenas un segundo en cambiar de expresión.

Los ojos fríos desaparecieron.

La sonrisa dulce volvió a su rostro.

—Daniel… gracias a Dios llegaste. Tu mamá se cayó y…

—Cállate.

Nunca antes le había hablado así.

Valeria quedó inmóvil.

Daniel corrió directamente hacia su madre.

—¿Está bien?

Doña Teresa apenas pudo asentir.

Tenía el labio hinchado.

La mano derecha le temblaba.

Y las lágrimas seguían cayendo en silencio.

Daniel la ayudó a sentarse en una silla.

Después tomó el bastón roto del suelo.

Lo observó unos segundos.

—¿También se cayó sobre esto?

Valeria intentó acercarse.

—Amor, escúchame…

Él dio un paso atrás.

—No me vuelvas a llamar así.

La cocina quedó completamente en silencio.

Solo se escuchaba el goteo del café derramado.

Fue entonces cuando Daniel vio la carpeta blanca.

Seguía abierta sobre la mesa.

Valeria reaccionó de inmediato.

Intentó alcanzarla.

—Eso no tiene importancia.

Pero Daniel fue más rápido.

La tomó.

La abrió.

La primera hoja llevaba un encabezado enorme.

“Poder General para Actos de Administración.”

Frunció el ceño.

Pasó a la siguiente página.

El inmueble descrito era exactamente la casa de Coyoacán que había comprado para que su madre viviera tranquila.

El propietario seguía siendo él.

Pero el documento otorgaba amplias facultades de administración a otra persona.

Daniel leyó el nombre.

Valeria Fuentes.

Sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué es esto?

Valeria respiró hondo.

—Solo era por si tú viajabas.

—¿Quién preparó estos documentos?

—Mi abogado.

Daniel continuó leyendo.

Había otra cláusula.

En caso de incapacidad temporal del propietario, la apoderada podría decidir sobre la ocupación, administración y representación del inmueble.

Volvió lentamente la vista hacia Valeria.

—¿Desde cuándo planeabas esto?

Ella intentó mantener la calma.

—No es lo que parece.

—Entonces explícamelo.

No respondió.

Doña Teresa habló por primera vez.

—Me pidió que firmara hace dos semanas.

Daniel giró de inmediato.

—¿Qué?

—Dijo que tú ya estabas de acuerdo.

Que solo eran unos papeles del banco.

Daniel sintió que la sangre le hervía.

—¿Firmaste?

Su madre negó despacio.

—No entendí bien.

Y le dije que primero quería hablar contigo.

Valeria perdió definitivamente la serenidad.

—¡Porque nunca entiende nada!

La frase salió con el mismo desprecio que Daniel había escuchado unos minutos antes.

Ya no quedaba rastro de la mujer amable que conocían todos.

—Llevas años manteniendo una casa enorme para alguien que ni siquiera puede cuidarse sola.

Daniel la observó en silencio.

Ella continuó.

—¿Sabes cuánto dinero cuesta tener a una persona mayor viviendo aquí?

Doña Teresa bajó la cabeza.

—Yo nunca quise ser una carga…

Daniel le tomó la mano.

—Mamá…

Nunca vuelvas a decir eso.

Después volvió hacia Valeria.

—¿Por eso querías enviarla a un asilo?

Ella cruzó los brazos.

—Porque nosotros íbamos a formar una familia.

No podíamos vivir con…

Se detuvo antes de terminar la frase.

Pero ya era tarde.

Daniel la conocía demasiado bien.

Sabía exactamente qué palabra había querido decir.

En ese momento sonó el timbre.

Martín, el chofer, apareció con el pasaporte en la mano.

—Licenciado, estaba debajo del asiento del estudio.

Daniel lo tomó.

Luego miró otra vez la carpeta.

Algo llamó su atención.

Había un sobre más pequeño al fondo.

Lo abrió.

Dentro encontró una carta firmada por el mismo despacho jurídico.

Decía que solo faltaba una firma para presentar el poder ante notario.

La de Daniel.

Nunca la había puesto.

Nunca había visto ese documento.

Levantó lentamente la vista.

—¿Pensabas falsificar mi firma?

Valeria palideció.

No respondió.

Daniel guardó todos los papeles en la carpeta.

Después caminó hasta la puerta principal.

La abrió.

—La boda se canceló.

Valeria comenzó a llorar.

—¡No puedes hacerme esto por un malentendido!

Daniel negó con calma.

—No cancelé la boda porque discutieras con mi madre.

La cancelé porque descubrí quién eres cuando creíste que nadie te estaba mirando.

Ella dio un paso hacia él.

—Daniel…

Él señaló la salida.

—Recoge tus cosas.

Tienes una hora.

Antes de irse, Valeria lanzó una última mirada de odio hacia doña Teresa.

Daniel lo vio.

Y entendió que aquello todavía no había terminado.

Porque, apenas diez minutos después de que ella abandonó la casa, su abogado llamó con una noticia inesperada:

—Daniel, necesitamos hablar de inmediato.

Acabamos de descubrir que alguien intentó vender una participación de la casa de Coyoac

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