Julián no abrió la carpeta de inmediato.
Primero volvió a mirar las cicatrices que cruzaban la espalda de Inés.
No eran marcas de un accidente.
Ni de una enfermedad.
Eran años de castigos cuidadosamente ocultados bajo vestidos de manga larga y diagnósticos privados.
Levantó lentamente la vista.
—¿Todo eso te lo hizo Ramiro?
Inés tardó varios segundos en responder.
Después asintió.
—Cada vez que preguntaba por mi mamá… aparecía un médico nuevo diciendo que necesitaba tratamiento.
Su voz permanecía tranquila.
Demasiado tranquila.
Como la de alguien que ya había contado aquella historia demasiadas veces dentro de su propia cabeza.
Julián abrió por fin la carpeta azul.
La primera hoja era una póliza de seguro de vida.
Beneficiario:
Ramiro Castañeda.
Asegurada:
Inés Castañeda.
Monto:
Doscientos cincuenta millones de pesos.
La póliza había sido actualizada apenas ocho días antes de la boda.
Julián sintió un escalofrío.
Pasó la siguiente página.
Había un contrato privado.
“En caso de fallecimiento accidental de la señora Inés Ferrer dentro de los doce meses posteriores al matrimonio…”
El resto bastó para comprenderlo todo.
Ramiro no solo cobraría el seguro.
También recuperaría el control total del patrimonio heredado por Beatriz.
Julián levantó lentamente la cabeza.
—No quería casarnos.
Inés negó.
—No.
Sacó otro documento.
—Quería un viudo.
El silencio llenó la habitación.
…
La siguiente carpeta contenía fotografías.
La hacienda.
El corredor donde murió Beatriz.
La barandilla.
Las escaleras.
Y una imagen tomada once años atrás.
En ella aparecían Ramiro y dos hombres retirando algo del piso pocas horas después de la supuesta caída.
Al reverso alguien había escrito una fecha.
Y un nombre.
Esteban Rojas.
—Era el capataz.
—Desapareció dos semanas después de la muerte de mi mamá.
Julián siguió revisando.
Había recibos bancarios.
Transferencias.
Pagos a una clínica psiquiátrica.
Informes médicos idénticos, con firmas diferentes.
Todos concluían exactamente lo mismo.
“Paciente emocionalmente inestable. Se recomienda aislamiento temporal.”
—Cada vez que insistía en investigar…
Inés bajó la mirada.
—Terminaba internada.
…
Julián cerró lentamente la carpeta.
—¿Por qué me la das?
Ella sonrió con tristeza.
—Porque dentro de cuarenta y ocho horas uno de los dos dejará de existir.
Él frunció el ceño.
Inés sacó un sobre amarillo.
Dentro había una conversación impresa.
Era un intercambio de mensajes entre Ramiro y un número sin identificar.
“Si muere ella, el muchacho hereda todo.”
“Entonces también habrá que resolver lo del muchacho.”
“Después del funeral.”
Julián permaneció inmóvil.
—Nos iba a matar a los dos.
—Sí.
—Solo que en diferente orden.
…
En ese mismo instante, tres pisos más abajo, Ramiro levantaba una copa frente a los invitados.
—Mi hija por fin encontró un hombre que supo valorar la oportunidad que le ofrecimos.
Las risas llenaron el salón.
Nadie notó que el jefe de seguridad acababa de acercarse apresuradamente.
—Patrón…
Ramiro sonrió.
—¿Ya encontraron la llave?
—No.
La sonrisa desapareció.
—¿Y la carpeta?
El hombre tragó saliva.
—Tampoco.
Ramiro dejó lentamente la copa sobre la mesa.
Por primera vez en toda la noche perdió el control.
—Registren toda la hacienda.
—Nadie sale.
—Ni siquiera los recién casados.
…
En la habitación, Inés abrió la mano.
Sobre su palma descansaba la diminuta llave que había cosido dentro del vestido.
—La carpeta solo demuestra que quiere matarnos.
—Pero esta llave…
Miró directamente a Julián.
—Abre el gabinete donde mi madre escondió la prueba de quién la asesinó realmente.
Antes de que Julián pudiera responder, alguien golpeó violentamente la puerta.
—¡Señor Ferrer!
Era el jefe de seguridad.

—¡Don Ramiro necesita hablar con usted inmediatamente!
Julián e Inés cruzaron una mirada.
Entonces ella susurró una frase que hizo que él guardara la llave en el bolsillo sin hacer más preguntas.
—Si mi padre descubre que todavía la tengo…
—Esta noche habrá dos funerales.