El video comenzó a reproducirse.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Beatriz estaba sentada en el comedor revisando transferencias desde su teléfono.
Lorena probaba un vestido nuevo frente al espejo.
Mauricio abría una botella de whisky.
Valeria apareció lentamente desde la habitación.
Todavía caminaba con dificultad por la cesárea.
Llevaba a Mateo en brazos.
—Necesito comprar los antibióticos —dijo con voz débil—. El hospital dijo que no puedo suspenderlos.
Beatriz ni siquiera levantó la vista.
—Son demasiado caros.
—Adrián dejó dinero para eso.
—El dinero ya tiene otro destino.
Valeria abrazó con más fuerza al bebé.
—Entonces denme mi tarjeta.
Beatriz sonrió.
—La guardé para que no hagas tonterías con las hormonas.
Adrián sintió que las manos empezaban a temblarle.
Avanzó unos minutos.
Valeria abrió el refrigerador.
Solo encontró una botella de agua y medio limón.
—¿Dónde está toda la comida?
Lorena respondió riéndose.
—La llevamos al viaje.
—Se iba a echar a perder aquí.
Mauricio levantó su copa.
—Además, Cancún también cuesta dinero.
Los tres brindaron.
Mientras tanto, Valeria cerró lentamente el refrigerador vacío.
El siguiente video fue peor.
Mateo lloraba desesperadamente.
Valeria intentaba preparar un biberón.
La lata de fórmula estaba completamente vacía.
Abrió todos los cajones.
Nada.
Entonces llamó a Beatriz.
—Por favor…
—Necesito leche para el bebé.
Su suegra ni siquiera apartó la mirada del televisor.
—Dale agua.
Valeria rompió a llorar.
—Tiene once días de nacido.
—No puede tomar agua.
Beatriz apagó el sonido de la televisión.
—Pues deja de llorar como si fueras la única mujer que ha parido.
—Mi hijo sobrevivió con mucho menos.
Adrián apretó tanto el teléfono que casi lo rompió.
A las tres de la madrugada apareció otra escena.
Valeria trató de levantarse para cocinar arroz.
El dolor la hizo caer al suelo.
Ninguno de los tres se movió.
Mauricio incluso pasó junto a ella para servirse otra cerveza.
Tuvo que arrastrarse hasta la silla utilizando una sola mano mientras protegía la herida de la cirugía.
Adrián cerró los ojos.
Quería dejar de mirar.
Pero necesitaba conocer toda la verdad.
La última grabación ocurrió apenas seis horas antes de su regreso.
Beatriz hablaba por teléfono.
—Sí, Adrián cree que seguimos cuidándolos.
Se rió.
—Ese muchacho siempre fue demasiado ingenuo.
Lorena preguntó desde el fondo:
—¿Y si vuelve antes?
—Imposible.
—Está en Alemania.
—Además, mientras esa inútil siga obedeciendo, jamás dirá una palabra.
En ese momento Valeria apareció detrás de ellas.
Llevaba a Mateo envuelto en una manta.
—Tiene fiebre.
—Necesitamos llevarlo al hospital.
Beatriz se levantó lentamente.
Caminó hasta quedar frente a ella.
Le quitó el teléfono de las manos.
Y lo apagó.
—No vas a gastar más dinero.
—Si llamas a Adrián, te juro que cuando él vuelva diré que estás loca.
Valeria empezó a llorar.
—Por favor… es su hijo.
Beatriz respondió con una frialdad imposible.
—Mi hijo puede tener más hijos.
—Pero madres obedientes hay muy pocas.
Después empujó a Valeria.
Ella cayó de espaldas mientras protegía al bebé con el cuerpo.
El llanto de Mateo llenó toda la cocina.
Adrián detuvo el video.
No pudo seguir viendo.
Cinco minutos después llegaron dos detectives al hospital.
Entregó todas las grabaciones.
Las fotografías.
Los estados de cuenta.
Las transferencias de los doscientos cuarenta mil pesos.
Y la nota encontrada en el refrigerador.
Uno de los investigadores revisó el material en silencio.
Al terminar, levantó la vista.
—Señor Arriaga…
—Esto ya no es un asunto familiar.
Hizo una pausa.
—Aquí hay indicios de abandono de persona vulnerable, violencia familiar, administración fraudulenta y posible intento de poner en riesgo la vida de un recién nacido.
En ese instante el teléfono de Adrián volvió a sonar.
Era Beatriz.
Contestó.
Su madre habló furiosa.
—¿Qué demonios hiciste? ¡Las tarjetas siguen bloqueadas!
Adrián miró a Valeria dormida junto a Mateo.
Después respondió con una calma que helaba la sangre.
—Mamá…
—La policía ya vio las cámaras.
Al otro lado hubo un silencio absoluto.

Entonces Beatriz susurró una sola frase.
—¿Cuál cámara?
Y Adrián comprendió que ella todavía no sabía que habían olvidado apagar la única que podía destruirlos a todos.