Garrett creyó que mi sonrisa era una señal de derrota.
No lo era.
Era alivio.
Durante la inspección había activado discretamente el sistema de seguridad del depósito porque varios registros de inventario no coincidían con las entregas oficiales.
La cámara no solo había grabado el ataque.
También había registrado sus voces.
—¿Qué demonios…? —murmuró Marcus al darse cuenta de que una pequeña luz roja seguía encendida sobre la puerta.
Garrett levantó la cabeza.
Demasiado tarde.
El sistema había enviado automáticamente una copia de la grabación al servidor de seguridad de la base.
Intenté alcanzar mi radio, pero ya no era necesario.
Las puertas del depósito se abrieron de golpe.
Dos oficiales de seguridad entraron acompañados por el comandante de operaciones.
—¡Aléjense de la comandante Brennan!
Los cuatro hombres se quedaron congelados.
Garrett retrocedió.
—Señor, esto no es lo que parece.
El comandante lo miró con absoluta frialdad.
—Tenemos cuarenta y siete minutos de grabación.
Nadie respondió.
Entonces apareció un médico con el equipo de emergencia.
Mientras me atendían, escuché a Garrett intentar explicar que todo había sido una pelea espontánea.
El comandante negó lentamente con la cabeza.
—Una pelea espontánea no comienza con cuatro hombres esperando a una oficial dentro de un almacén cerrado.
Garrett palideció.
Yo permanecí en silencio.
Horas después, desde la habitación del hospital, recibí una llamada.
Era el almirante que supervisaba mi unidad.
—Brennan, necesito que escuches algo.
—Sí, señor.
—Encontramos los archivos que estabas investigando.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué encontraron?
Hubo una pausa.
—No estaban alterando inventarios para encubrir simples pérdidas.
Miré hacia la ventana.
—Entonces, ¿para qué?
—Para ocultar equipos que desaparecieron durante operaciones clasificadas.
Cerré los ojos.
De repente, el ataque tenía sentido.
No querían destruir mi carrera.
Querían impedir que terminara aquella inspección.
El almirante bajó la voz.
—Y hay algo más.
—¿Qué?
—Uno de los nombres vinculados a esas transferencias pertenece a alguien que está por encima de Garrett.
Sentí que el silencio se hacía pesado.
—¿Quién?
El almirante respondió:
—Tu propio superior.
Miré mis manos.
Durante años había confiado en aquella cadena de mando.
Ahora entendía que los cuatro hombres del depósito quizá no habían actuado por iniciativa propia.
Habían recibido una orden.
Y si querían silenciarme por una simple inspección, significaba que todavía no había descubierto la parte más peligrosa.
El almirante terminó con una frase:
—Brennan, no confíes en nadie que llegue a tu habitación esta noche.

La llamada terminó.
Cinco minutos después, la puerta de mi habitación comenzó a abrirse.
Y la persona que entró llevaba exactamente el uniforme del hombre al que el almirante acababa de decirme que no debía confiar.