PARTE 2: LA CÁMARA QUE ARRUINÓ SU COARTADA

El teléfono permaneció unos segundos pegado a mi oído.

—¿Está completamente seguro? —pregunté.

—Sí, señora Valeria —respondió el capitán Salgado—. El peritaje descarta una fuga espontánea. La conexión principal fue manipulada con una herramienta específica. No ocurrió por desgaste.

Cerré los ojos.

Sentí la mano de Sofía buscar la mía.

La apreté con fuerza.

—Gracias por avisarme.

Colgué.

No dije una sola palabra.

Mi hermana Mariana me observó desde la cocina.

—¿Qué pasó?

Respiré hondo.

—La explosión no fue un accidente.

Mariana palideció.

Miró inmediatamente hacia Sofía.

La niña estaba abrazando un cojín, como si intentara hacerse invisible.

Esa misma tarde llamé a una sola persona.

No fue a la policía.

Ni a la aseguradora.

Llamé a mi abogada.

—Necesito que vengas.

—¿Es urgente?

—Más de lo que imaginas.


La licenciada Isabel Ríos llegó una hora después.

Escuchó toda la historia sin interrumpirme.

Cuando terminé, cerró lentamente su libreta.

—¿Vas a denunciar a Alejandro hoy?

Negué con la cabeza.

—No todavía.

Isabel frunció el ceño.

—¿Por qué?

Miré a Sofía, que dormía agotada en la habitación contigua.

—Porque si él preparó todo esto, también habrá preparado una explicación.

La abogada permaneció en silencio.

Yo continué.

—Si lo enfrento ahora, destruirá pruebas.

Necesito saber qué más está escondiendo.

Isabel asintió lentamente.

—Entonces guardaremos silencio.


Los días siguientes fueron extraños.

Alejandro actuaba como el esposo perfecto.

Llevaba flores.

Preguntaba por las curaciones de Sofía.

Hablaba delante de todos sobre reconstruir la casa.

Incluso lloró durante una reunión con la aseguradora.

Yo también interpreté mi papel.

No lo acusé.

No discutí.

Ni siquiera mencioné la conversación que Sofía había escuchado.

Solo observaba.

Y esperaba.

Hasta que una semana después sonó nuevamente mi teléfono.

Era Isabel.

—Valeria…

Su voz sonaba distinta.

—Encontré algo.


Nos reunimos en su despacho.

Sobre el escritorio había varias fotografías impresas.

También un mapa.

Y un horario.

—La policía solicitó grabaciones de las cámaras cercanas para reconstruir la secuencia del incendio.

Mi corazón empezó a acelerarse.

—¿Y?

Isabel deslizó una imagen hacia mí.

Era la entrada del aeropuerto de Guadalajara.

La hora aparecía claramente en la esquina.

08:41.

—Según Alejandro…

—Ya estaba aquí cuando ocurrió la explosión.

Asentí.

Ese era exactamente su relato.

Ella colocó una segunda fotografía.

Esta vez aparecía una caseta de peaje.

08:26.

El vehículo era inconfundible.

La camioneta negra de Alejandro.

Pero iba en dirección contraria al aeropuerto.

Fruncí el ceño.

—No entiendo.

Isabel colocó una tercera imagen.

Provenía de una cámara municipal.

08:38.

La camioneta estaba detenida frente a una cafetería ubicada a menos de tres kilómetros de nuestra casa.

No cerca del aeropuerto.

Cerca de nosotros.

Sentí un escalofrío.

—La explosión fue a las ocho cuarenta y cinco…

Isabel asintió.

—Exactamente.

Abrió una carpeta más grande.

—Y hay algo todavía más importante.

Sacó el registro del estacionamiento del aeropuerto.

—La camioneta de Alejandro entró al aeropuerto…

Hizo una pausa.

—A las nueve con diecisiete.

Veintidós minutos después de la explosión.

Me quedé completamente inmóvil.

Toda su coartada acababa de desmoronarse.

No estaba volando.

Ni siquiera iba camino al aeropuerto cuando la casa explotó.

Estaba a pocos minutos de distancia.

Como si hubiera esperado el momento exacto.

Respiré con dificultad.

—¿La policía ya vio esto?

Isabel negó lentamente.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Me sostuvo la mirada.

—Porque antes quería confirmar una última cosa.

Abrió el sobre final.

Dentro había una factura de una ferretería industrial.

Fecha: dos días antes del incendio.

Producto adquirido:

Llave inglesa para tuberías de gas.

Comprador:

Alejandro Mendoza.

Sentí que el aire desaparecía.

En ese instante sonó mi teléfono.

La pantalla mostraba un mensaje suyo.

“Amor, encontré una casa preciosa para empezar de nuevo los tres. Lo importante es dejar atrás esta tragedia.”

Leí esas palabras una sola vez.

Después bloqueé la pantalla.

Porque ya no tenía ninguna duda de que el hombre que fingía reconstruir nuestro futuro era el mismo que había intentado asegurarse de que ni Sofía ni yo llegáramos vivas para verlo.

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