No regresé a casa.
Acompañé a mi madre hasta el hospital.
El traumatólogo confirmó dos costillas fracturadas, una lesión grave en el hombro y múltiples hematomas.
Cuando terminó la revisión, me llamó aparte.
—Teniente coronel.
—¿Sí?
—Estas lesiones no corresponden a alguien que solo intentó defenderse.
Asentí sin decir una palabra.
Ya lo sabía.
Mientras mi madre descansaba, regresé a la comandancia.
Leonardo seguía allí.
Tenía un pequeño rasguño en el antebrazo y un vendaje exageradamente grande colocado por los paramédicos.
Cuando me vio entrar, suspiró con alivio.
—Sofía, por fin.
Tu mamá perdió el control.
Intenté calmarla.
Lo miré fijamente.
—¿Con un atizador?
—Sí.
—¿Dónde está?
Se quedó inmóvil.
—Lo… lo recogieron los policías.
El sargento Méndez abrió inmediatamente la bolsa de evidencias.
Solo había un bate de aluminio.
Nada más.
—No encontramos ningún atizador —dijo.
Leonardo tragó saliva.
—Quizá se perdió durante el traslado.
Negué lentamente.
—Imposible.
Todos me observaron.
Saqué el teléfono.
Busqué una fotografía tomada el invierno anterior durante la cena de Navidad.
La amplié sobre la pantalla.
Era la sala de la casa de mi madre.
—Aquí está la pared donde usted dice que había una chimenea.
Amplié un poco más.
Solo aparecía un mueble antiguo.
Y un calefactor eléctrico.
—Mi madre jamás tuvo chimenea.
Por lo tanto…
Jamás existió un atizador.
El silencio cayó sobre la oficina.
Leonardo comenzó a sudar.
El sargento tomó notas rápidamente.
—Señor Cruz…
¿Quiere modificar su declaración?
—Debe haber sido otra cosa.
Ella agarró algún objeto metálico.
No recuerdo.
—Hace veinte minutos estaba completamente seguro de que era un atizador.
Ahora ya no.
Nadie dijo nada.
En ese momento entró otro oficial.
—Sargento.
Encontramos una cámara privada frente a la casa.
Le pertenece al vecino.
Quizá grabó algo.
Pedí verla de inmediato.
La imagen comenzó a reproducirse.
20:58.
El automóvil de Leonardo llegó frente a la vivienda.
Lo vimos bajar.
Entró con el pastel en las manos.
Todo parecía normal.
Veintisiete minutos después volvió a salir.
No escapaba.
No discutía.
Caminó directamente hacia su camioneta.
Abrió la cajuela.
Sacó un objeto largo envuelto en una funda negra.
Regresó tranquilamente hacia la casa.
Mi respiración se detuvo.
El video avanzó otros cuatro minutos.
Entonces apareció Leonardo nuevamente.
Esta vez hablaba por teléfono.
Sabíamos exactamente qué llamada estaba haciendo.
El 911.
Esperamos ver qué guardaba otra vez en la camioneta.
Pero antes de llegar a la cajuela, la cámara perdió imagen durante doce segundos.
Cuando volvió, Leonardo ya estaba cerrando la puerta del vehículo.
El oficial detuvo la grabación.
—Doce segundos.
Eso fue todo lo que faltó.
Leonardo sonrió por primera vez desde que llegué.
—Sin esos segundos no pueden demostrar qué llevaba.
Entonces levanté la vista hacia la ventana del despacho.
La cámara del vecino apuntaba hacia la entrada principal.
Pero recordé algo.
La casa de enfrente pertenecía al ingeniero Morales.
Un hombre obsesionado con la seguridad.
Hacía apenas dos meses me había mostrado orgulloso las cuatro cámaras nuevas que instaló para vigilar toda la calle.
Sonreí por primera vez aquella noche.
—No necesitamos una cámara.
Necesitamos dos.
El sargento frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?

Tomé las llaves del automóvil.
—La cámara del vecino perdió doce segundos.
La del ingeniero Morales apunta exactamente hacia la cajuela de la camioneta.
Y si no me falla la memoria…
Grabó todo lo que Leonardo sacó antes de entrar a golpear a mi madre.