PARTE 2: LA CÁMARA NO MENTÍA

Valeria bajó lentamente el teléfono.

Durante unos segundos no dijo una sola palabra.

Su expresión pasó de la sorpresa al desconcierto.

El hombre del bastón dio un paso hacia ella.

—Muéstramelo.

Ella negó con la cabeza.

—Primero tiene que verlo la policía.

Aquella respuesta hizo que todos entendieran que las imágenes eran mucho más graves de lo que imaginaban.

Lucas permanecía inmóvil.

Sentía el corazón golpeándole el pecho.

No sabía si estaba a punto de salvarse… o de verse envuelto en algo peor.

El hombre del bastón habló con voz firme.

—Pongan el video.

Valeria respiró hondo.

Giró la pantalla para que todos pudieran verla.

La grabación comenzó.

Se veía la entrada del edificio apenas dos minutos antes del accidente.

Doña Carmen caminaba despacio con una bolsa de compras.

Lucas todavía ni siquiera aparecía en la calle.

La vecina que lo había acusado bajó inmediatamente la cabeza.

Después apareció otra persona.

Un hombre con gorra y gafas oscuras salió del edificio llevando una bolsa negra de basura.

No caminó hacia los contenedores.

Miró a ambos lados.

Y, con absoluta tranquilidad, arrojó la bolsa justo sobre la acera.

Al caer, los vasos de plástico, restos de comida y envases grasientos quedaron esparcidos por el suelo.

El desconocido ni siquiera se molestó en recogerlos.

Simplemente volvió a entrar al edificio.

Treinta segundos después apareció Doña Carmen.

Pisó un vaso aplastado.

Resbaló.

Cayó con fuerza sobre el brazo.

Y casi un minuto más tarde llegó Lucas en su bicicleta, completamente ajeno a lo ocurrido.

El silencio fue absoluto.

Nadie podía sostener ya la mentira.

Lucas sintió que le temblaban las piernas.

—Yo… yo todavía ni había llegado…

Valeria asintió.

—Exactamente.

La vecina que lo había señalado dio un paso atrás.

—Yo… pensé que…

—No pensó —la interrumpió Valeria—. Acusó a un inocente delante de todos.

El hombre del traje evitó mirar a Lucas.

—Fue una confusión…

Lucas apretó los puños.

Aquella “confusión” casi le costaba el trabajo.

El hombre del bastón seguía observando la pantalla.

Pero no parecía sorprendido por el accidente.

Estaba concentrado en el rostro del hombre que había tirado la basura.

Acercó la imagen con los dedos.

—Deténganla ahí.

Valeria congeló el fotograma.

Aunque llevaba gorra, una parte del rostro quedaba visible.

El anciano frunció el ceño.

—Ese hombre…

Su voz cambió por completo.

—Conozco ese reloj.

Todos lo miraron.

El reloj de acero que asomaba bajo la manga era muy llamativo.

Una edición limitada.

El anciano cerró lentamente los ojos.

—Ese reloj solo lo recibieron cinco personas en esta empresa.

Valeria abrió mucho los ojos.

—¿Está seguro?

Él asintió.

—Lo entregué personalmente hace dos años como premio por antigüedad.

Lucas sintió un escalofrío.

Aquello significaba que quien había provocado el accidente no era un desconocido.

Trabajaba allí.

Valeria volvió a revisar el video.

Amplió otro fotograma.

En el reflejo de la puerta de cristal apareció por un instante el rostro completo del hombre.

Ella dejó escapar el aire lentamente.

—No puede ser…

El anciano extendió la mano.

—Déjame verlo.

Apenas observó la imagen unos segundos.

Su bastón golpeó con fuerza el suelo.

—Llámenlo inmediatamente.

Uno de los vigilantes tomó el teléfono.

—¿A quién, señor?

El anciano respondió sin apartar la vista de la pantalla.

—Al administrador del edificio.

Todos quedaron desconcertados.

—¿El administrador?

Valeria tragó saliva.

—Señor… ¿está diciendo que…?

El hombre del bastón habló con una calma que heló la sangre de todos.

—Sí.

Se giró lentamente hacia los vecinos.

—El hombre que tiró la basura… es la misma persona encargada de exigir multas por mantener limpio este edificio.

Las miradas cambiaron de inmediato.

La vecina que había acusado a Lucas comenzó a llorar.

El hombre del traje bajó la cabeza.

Doña Carmen, todavía sentada en el suelo, murmuró casi sin voz:

—Él fue quien me dijo que denunciara al repartidor…

Valeria levantó la vista de golpe.

—¿Qué acaba de decir?

La anciana respiró con dificultad.

—Antes de que ustedes salieran… se acercó a mí y me dijo que, si culpábamos al muchacho, todo se resolvería más rápido…

El silencio volvió a caer sobre la entrada.

Pero en ese instante sonó el teléfono del hombre del bastón.

Escuchó apenas unos segundos.

Su rostro perdió toda expresión.

Colgó lentamente.

Luego miró a Valeria y pronunció una frase que dejó helados incluso a los vigilantes:

—No busquen al administrador.

Acaba de intentar abandonar el país hace veinte minutos… y la policía acaba de detenerlo en el aeropuerto con documentos de la comunidad y más de un millón de euros que no puede justificar.

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