Alejandra levantó la vista hacia el detector de humo.
La diminuta luz roja seguía parpadeando.
Sofía había alcanzado a activar la cámara.
Respiró hondo.
No podía tocarla todavía.
Primero estaba su hermana.
—La ambulancia viene en camino.
Sofía apenas asintió.
Tenía la respiración entrecortada y una mano seguía aferrada a su vientre.
—Mi bebé… ¿se mueve?
Alejandra apoyó con cuidado la mano sobre el abdomen de su hermana.
Unos segundos después sintió un leve movimiento.
—Sí.
Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas.
—Aguanta un poquito más.
Rodrigo dio un paso hacia el interior de la habitación.
—Todo esto es un malentendido.
Alejandra se levantó lentamente.
Su voz ya no era la de una hermana.
Era la de una comandante acostumbrada a preservar escenas de violencia.
—No entres.
—Es mi casa.
—Y desde este momento también es una posible escena de un delito.
Doña Carmen apareció detrás de él con una carpeta color vino.
—Aquí están los documentos que Sofía iba a firmar esta noche.
Alejandra frunció el ceño.
—¿Qué documentos?
—Solo unos poderes notariales para administrar algunos bienes mientras nace el bebé.
Sofía reunió fuerzas para hablar.
—No…
Su voz apenas era un susurro.
—Yo… no quería firmar.
Alejandra tomó la carpeta.
Abrió la primera hoja.
Era un poder general.
La segunda.
Una autorización bancaria.
La tercera.
Un documento para vender un terreno heredado por Sofía de su padre.
Levantó lentamente la mirada.
—¿Pensaban hacerla firmar en este estado?
Rodrigo intentó recuperar la carpeta.
—Eso no te importa.
Alejandra dio un paso atrás.
—Ahora sí me importa.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Rodrigo perdió parte de su seguridad.
—No puedes creerle.
Está alterada.
Embarazada.
No sabe lo que dice.
Alejandra no respondió.
Miró otra vez el detector de humo.
Cuando los paramédicos entraron para atender a Sofía, pidió a uno de los policías recién llegados que nadie tocara la habitación.
—Necesito que esta escena permanezca intacta.
El oficial asintió.
Minutos después, con Sofía ya camino al hospital, Alejandra volvió a entrar al dormitorio acompañada por personal pericial.
Se subió cuidadosamente a una silla.
Retiró el detector de humo.
Dentro estaba la pequeña cámara.
La memoria seguía instalada.
Rodrigo dejó de respirar por un instante.
—Eso no prueba nada.
Alejandra guardó la tarjeta en una bolsa de evidencia.
—Tal vez.
—O tal vez pruebe todo.
Mientras los peritos terminaban de fotografiar la habitación, un notario que había sido citado por Rodrigo llegó a la casa.
Al ver patrullas y personal de investigación quedó completamente desconcertado.
—¿Qué ocurrió?
Alejandra levantó la carpeta.
—¿Usted iba a certificar estas firmas?
El hombre revisó rápidamente los documentos.
—Sí… pero solo si la señora firmaba libremente y en pleno uso de sus facultades.

Miró alrededor.
Después observó la habitación destrozada.
Su expresión cambió por completo.
—En estas condiciones jamás habría autorizado nada.
Rodrigo cerró los puños.
Por primera vez entendió que el problema ya no era convencer a su esposa.
Ahora tendría que explicar por qué una mujer con lesiones visibles estaba a punto de firmar documentos patrimoniales en plena madrugada.
Y aún ignoraba qué había quedado registrado en la cámara que él nunca descubrió.