PARTE 2: LA CAJA VACÍA

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

La fotografía temblaba entre mis dedos.

Julián evitaba mirarme.

Beatriz, en cambio, seguía con el mentón en alto, aunque su seguridad empezaba a resquebrajarse.

El administrador dio un paso al frente.

—¿Es cierto lo que dice el niño?

Nadie respondió.

Entonces Mateo habló otra vez.

—Yo hice esa foto porque pensé que estaban robando.

Todo el patio quedó en silencio.

El portero bajó la cabeza.

—Perdón… no sabía que mi hijo había visto todo esto.

Miré a Julián.

—Respóndeme.

Él tragó saliva.

—No es lo que parece.

Solté una risa amarga.

—¿De verdad? Porque parece que entraste a mi casa a escondidas con tu hermana.

Beatriz cruzó los brazos.

—Ese departamento también es de mi hermano.

—Pero esa caja era mía.

Ella no contestó.

Subí corriendo al apartamento.

Los vecinos, el administrador y hasta el portero me siguieron.

Abrí el armario del dormitorio.

La caja negra seguía allí.

Pero era demasiado ligera.

La abrí.

Estaba vacía.

Los documentos de la herencia de mi madre habían desaparecido.

Las escrituras.

El testamento.

Las cuentas bancarias.

Incluso las cartas escritas por mi madre antes de morir.

Todo.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Dónde están?

Julián permanecía junto a la puerta.

—Escúchame…

—¡¿Dónde están?!

Mi grito hizo temblar la habitación.

Beatriz dio un paso hacia delante.

—Solo queríamos proteger a la familia.

La miré sin entender.

—¿Robándome?

—Esa herencia nunca debió quedar en tus manos.

El administrador frunció el ceño.

—Eso es un delito.

Beatriz sonrió con desprecio.

—¿Delito? Los documentos ya no existen.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Qué hiciste?

Ella sostuvo mi mirada.

—Los quemé.

Sentí que me faltaba el aire.

Julián levantó la cabeza de golpe.

—¡Beatriz!

Ella también lo miró sorprendida.

—¿Qué?

—Habíamos quedado en guardarlos.

Todos quedaron inmóviles.

Acababa de confesarlo.

El administrador apagó la pantalla de su teléfono.

—Todo eso quedó grabado.

Beatriz perdió la sonrisa.

—No pueden demostrar nada.

En ese momento sonó la voz del portero desde el pasillo.

—Creo que sí.

Todos nos giramos.

El hombre sostenía una pequeña memoria USB.

—Hace dos semanas cambiamos las cámaras del edificio.

Beatriz palideció.

—¿Qué cámaras?

—Las del ascensor y las del pasillo del séptimo piso.

El administrador tomó la memoria.

—¿Las revisaste?

El portero asintió.

—Cuando Mateo me contó lo que había visto, busqué las grabaciones.

Conectó la memoria al televisor del salón.

La imagen apareció de inmediato.

Fecha.

Hora.

Dos de la madrugada.

La cámara mostraba claramente a Beatriz saliendo del ascensor con la caja negra entre las manos.

Detrás de ella caminaba Julián.

Los dos entraban en mi apartamento.

Veinte minutos después salían sin la caja.

Nadie dijo una palabra.

El siguiente video apareció automáticamente.

Era del sótano.

Beatriz abría un viejo bidón metálico.

Sacaba varios documentos.

Y les prendía fuego.

Las llamas iluminaban su rostro.

Julián intentaba detenerla.

Pero no lo hacía por mí.

Solo repetía una frase una y otra vez.

—¡No todos! ¡Esos no!

El administrador detuvo la grabación.

Yo apenas podía respirar.

—¿Por qué dijiste “no todos”?

Julián rompió a llorar.

—Porque…

Se llevó las manos a la cara.

—Porque encontré algo dentro de la caja antes de que Beatriz la quemara.

Todos lo miramos.

Sacó lentamente un sobre arrugado del bolsillo interior de su chaqueta.

Seguía sellado.

Nunca había sido abierto.

Me lo entregó con las manos temblorosas.

—No tuve valor para leerlo.

Miré el sobre.

En el frente había una sola frase escrita con la letra de mi madre.

“Ábrelo únicamente si descubres quién intentó robarte la herencia.”

Sentí un escalofrío.

Rompí el sello.

Dentro había una carta y una fotografía.

La fotografía mostraba a mi madre sonriendo junto a un hombre desconocido.

Pero fue la carta la que dejó a todos sin palabras.

Las primeras líneas decían:

“Si estás leyendo esto, significa que el verdadero traidor no actuó solo. La persona que organizó todo nunca fue Beatriz…”

Levanté la vista lentamente.

Todos seguían mirando a Beatriz.

Pero ella ya no lloraba.

Sonreía.

Como si supiera exactamente hacia quién iba a señalar la siguiente línea de aquella carta.

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