PARTE 2: LA CAJA DE LAS PASTILLAS

El doctor Ernesto Arroyo permaneció inmóvil junto a la ventana.

Desde el tercer piso vio cómo la camioneta negra desaparecía entre el tráfico de la colonia Doctores.

Su mano empezó a temblar.

—No puede ser… —murmuró.

Sacó el celular.

Marcó un número que conocía de memoria.

Nadie contestó.

Volvió a marcar.

Esta vez respondieron.

—¿Qué pasó? —preguntó una voz seca.

—El niño de la basura habló con Mendoza.

Hubo silencio.

Después, una respiración pesada.

—¿Qué le dijo?

—Todo.

La llamada terminó sin despedidas.

Ernesto sintió un frío recorrerle la espalda.

Por primera vez en ocho años, el plan empezaba a romperse.


La camioneta avanzaba por Paseo de la Reforma.

Nadie hablaba.

Luna seguía abrazando su costal de botellas.

Teresa miraba por la ventana sin dejar de sujetar la mano de su hija.

Damián observaba a la niña desde el asiento de enfrente.

—Cuéntamelo otra vez.

Luna respiró hondo.

Repitió cada palabra.

Sin cambiar una sola.

Recordó la hora.

Las batas blancas.

El reloj dorado.

El frasco pequeño.

La palabra “digitalina”.

Y aquella frase.

“Igual que con su padre.”

Cuando terminó, Damián no dijo nada.

Solo miró a Chuy.

—¿Quién sabía que hoy venía al hospital?

—Muy poca gente, jefe.

—¿El doctor Arroyo?

—Desde hace una semana.

Damián apoyó lentamente la cabeza contra el respaldo.

Ocho años.

Ocho años visitando al mismo médico.

Ocho años creyendo que la muerte de su padre había sido una tragedia inevitable.

Y ahora una niña desconocida acababa de sembrar una duda imposible de ignorar.

Media hora después llegaron a la residencia Mendoza.

No era una mansión ostentosa.

Era una propiedad enorme, discreta, rodeada por altos muros y vigilancia permanente.

Apenas entraron, una mujer de bata blanca se acercó.

—Buenos días, señor Mendoza.

Era la doctora Valeria Ríos.

Internista.

Especialista en toxicología clínica.

Una de las pocas personas en las que Damián confiaba.

—Necesito que revises esto.

Le entregó el pastillero que acababan de recoger del hospital.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué ocurrió?

—Ábrelo.

La doctora colocó los comprimidos sobre una bandeja metálica.

Observó uno contra la luz.

Luego otro.

Después tomó una lupa.

Su expresión cambió.

—Esto es raro.

Damián dio un paso.

—¿Qué encontraste?

—El color no corresponde al laboratorio habitual.

Tomó un bisturí.

Partió una pastilla por la mitad.

Un polvo blanquecino apareció en el centro.

Valeria olió con cuidado.

Después negó lentamente.

—No me gusta.

Miró a un asistente.

—Llévalo inmediatamente al laboratorio.

Necesito espectrometría completa.

Urgente.

El hombre salió corriendo.

Damián permanecía inmóvil.

—¿Crees que la niña dice la verdad?

Valeria no respondió enseguida.

—Creo…

Miró otra vez las pastillas.

—…que alguien cambió tu tratamiento.

La habitación quedó en silencio.

Teresa abrazó a Luna con más fuerza.

No entendía términos médicos.

Pero entendía el miedo.

Mientras tanto, Luna observaba una fotografía enorme sobre la chimenea.

Un hombre de cabello canoso.

Traje oscuro.

Mirada severa.

Debajo decía:

Aurelio Mendoza.

—¿Es tu papá? —preguntó bajito.

Damián giró.

—Sí.

Luna bajó la cabeza.

—El doctor dijo que tú ibas a morir igual que él.

Aquellas palabras dolieron más que cualquier amenaza.

Porque por primera vez existía la posibilidad de que la muerte de Aurelio no hubiera sido natural.


Dos horas después sonó el teléfono del laboratorio.

Valeria contestó.

Escuchó durante casi un minuto sin interrumpir.

Luego cerró lentamente los ojos.

—Gracias.

Colgó.

Nadie respiraba.

—¿Qué encontraron? —preguntó Damián.

Valeria dejó el informe sobre la mesa.

—Tus pastillas no contienen únicamente el medicamento que te recetaron.

Hizo una pausa.

—También contienen glucósidos cardíacos en una concentración incompatible con un tratamiento normal.

Damián permaneció inmóvil.

—¿Eso significa…?

—Que alguien aumentó deliberadamente la dosis.

Teresa se llevó una mano a la boca.

Luna no entendía las palabras técnicas.

Pero comprendió la expresión de todos.

Había dicho la verdad.

Damián respiró profundamente.

Después tomó el teléfono.

—Chuy.

—Sí, jefe.

—Nadie entra ni sale del Hospital San Gabriel hasta nuevo aviso.

Quiero copias de todas las cámaras.

Registros.

Farmacia.

Bodega.

Y al doctor Ernesto Arroyo…

Su voz se volvió de hielo.

—…que no salga del edificio.


En ese mismo momento, el doctor Arroyo caminaba apresurado hacia el estacionamiento subterráneo.

Llevaba una pequeña caja metálica bajo el brazo.

Miraba constantemente hacia atrás.

Cuando llegó a su automóvil, introdujo una llave temblorosa.

Antes de abrir la puerta, alguien habló detrás de él.

—Doctor.

Ernesto se quedó congelado.

Dos hombres vestidos de negro permanecían junto al elevador.

No llevaban uniforme.

Solo una mirada imposible de confundir.

—El señor Mendoza quiere volver a hablar con usted.

Ernesto sonrió nerviosamente.

—Claro.

Solo déjenme recoger unos documentos.

Uno de los hombres extendió la mano.

—Nosotros los recogemos.

El doctor comprendió que ya no tenía escapatoria.

Sin embargo, antes de entregar la caja metálica, intentó esconderla debajo del asiento del automóvil.

No alcanzó.

El segundo hombre abrió la puerta.

Tomó la caja.

La colocó sobre el cofre.

—¿La abrimos aquí?

Ernesto sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

Dentro había varios frascos idénticos.

Todos etiquetados con nombres distintos.

Pacientes distintos.

Pero uno llamó inmediatamente la atención del escolta.

La etiqueta decía:

Aurelio Mendoza.

Fecha.

Ocho años atrás.

El hombre levantó lentamente la vista.

—Doctor…

Su voz ya no tenía cortesía.

—Creo que el señor Mendoza va a querer ver esto personalmente.

Ernesto empezó a retroceder.

—Puedo explicarlo.

Pero nadie respondió.

Porque todos comprendieron que aquella pequeña caja no solo contenía medicamentos.

También guardaba la primera prueba de que la muerte de Aurelio Mendoza quizá nunca fue un accidente.

Y todavía faltaba descubrir quién había ordenado cambiar aquellas dosis… porque el doctor Arroyo, por primera vez en muchos años, ya no parecía el hombre que daba las órdenes.

Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo obedeciéndolas.

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