Parte 2: La Caja Con Su Apellido

Esa noche esperé.

No porque dudara.

Porque durante treinta y cuatro años aprendí que un error de tiempo puede destruir una investigación perfecta.

Rodrigo seguía recibiendo abrazos en la sala.

Todos le repetían la misma frase.

—Qué fuerte has sido.

Él asentía con los ojos húmedos.

A veces incluso tomaba la mano de quien lo consolaba.

La viuda no era yo.

La actuación era de él.

A las diez y media de la noche, la casa comenzó a vaciarse.

Las últimas tías se marcharon.

Los vecinos dejaron de tocar el timbre.

Graciela subió a descansar.

Rodrigo salió al jardín para responder una llamada.

Fue entonces cuando entré en la habitación de Mariana.

Todo seguía exactamente como ella lo había dejado.

Su perfume permanecía sobre el tocador.

El libro que estaba leyendo seguía abierto sobre la mesita.

La cama conservaba la colcha color marfil que yo misma le regalé el invierno anterior.

Respiré hondo.

Después caminé hasta el armario.

Recordé la nota.

“Busca mi caja. Está con mi apellido de soltera.”

Revisé los estantes uno por uno.

Nada.

Abrí el cajón inferior.

Solo había zapatos.

Entonces vi una vieja maleta de tela que Mariana no usaba desde antes de casarse.

La acerqué.

En una pequeña etiqueta escrita a mano todavía podía leerse:

Mariana Salgado.

No Alcázar.

Salgado.

La llave giró a la primera.

Dentro no había joyas.

Ni dinero.

Había carpetas.

Una libreta.

Y un teléfono celular antiguo.

Encendí el aparato.

No tenía tarjeta SIM.

Pero sí una carpeta protegida con contraseña.

Probé la fecha de nacimiento de Mariana.

No funcionó.

Intenté el cumpleaños de su padre.

Tampoco.

Entonces recordé la etiqueta de la maleta.

Escribí:

SALGADO

La pantalla se desbloqueó.

Sentí un escalofrío.

Había decenas de grabaciones de audio.

Fotografías de lesiones.

Capturas de conversaciones.

Y una hoja escaneada con un título que hizo que se me helara la sangre.

Póliza de seguro de vida.

Beneficiario único:

Rodrigo Alcázar.

Importe asegurado:

Veinte millones de pesos.

Guardé todo dentro de una mochila.

No toqué nada más.

A las once y veinte marqué un número que llevaba años sin utilizar.

—Fiscalía de Investigación.

—Habla Beatriz Salgado.

Hubo un breve silencio.

Varias personas todavía recordaban mi nombre.

—Necesito denunciar una posible muerte provocada.

Y tengo evidencia que debe asegurarse antes de que desaparezca.

Treinta minutos después, dos vehículos sin distintivos se estacionaron discretamente frente a la casa.

El comandante Vargas fue el primero en entrar.

No hubo gritos.

No hubo escándalo.

Solo una orden judicial de preservación de evidencia y un equipo especializado revisando cada habitación.

Rodrigo salió del comedor confundido.

—¿Qué significa todo esto?

El comandante mostró su identificación.

—Necesitamos que nos acompañe para responder algunas preguntas.

Rodrigo sonrió con despreocupación.

—Claro. No tengo nada que ocultar.

Entonces me vio.

Yo sostenía en las manos el viejo teléfono de Mariana.

Y comprendió inmediatamente de dónde había salido.

Su expresión cambió por primera vez desde el funeral.

—Beatriz… podemos hablar.

Negué despacio.

—Ya escuché a la única persona con la que me interesaba hablar.

El comandante recibió una señal de uno de los peritos.

Habían encontrado en el despacho de Rodrigo varios frascos de medicamentos.

Las etiquetas no coincidían con el contenido.

El doctor Robles, que había acudido para identificar el material médico, observó los envases unos segundos.

Después dijo con absoluta firmeza:

—Estos no son los fármacos que yo receté a Mariana.

El silencio cayó sobre toda la casa.

Rodrigo dio un paso hacia atrás.

Los agentes se acercaron.

—Señor Rodrigo Alcázar, queda usted detenido mientras continúa la investigación.

Uno de ellos le colocó las esposas.

Rodrigo volvió la cabeza hacia mí.

Buscaba compasión.

Explicaciones.

Una última oportunidad.

No encontró ninguna.

Porque la madre que él creyó demasiado rota para reaccionar acababa de hacer exactamente lo que su hija le había pedido en aquella grabación.

No siguió las lágrimas.

Siguió el dinero.

Y ese fue el camino que terminó conduciendo directamente hasta él.

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