PARTE 2: LA CAJA AZUL

Diego subió las escaleras casi corriendo.

Las manos le temblaban tanto que tardó varios segundos en sacar la caja azul de debajo de la cama.

Era una caja de madera.

Pequeña.

Con una cinta desgastada.

La abrió.

Dentro encontró un sobre amarillento.

Varias fotografías.

Y un expediente médico.

Lo primero que llamó su atención fue una imagen de hacía más de treinta años.

Su madre aparecía abrazada a un hombre joven.

No era su padre.

En la parte trasera alguien había escrito:

“Graciela y Tomás. Querétaro, 1988.”

Diego frunció el ceño.

Nunca había oído ese nombre.


Abrió el sobre.

Había varias cartas.

La primera comenzaba así:

“Graciela:

Si algún día nuestro hijo pregunta por mí, dile que nunca dejé de buscarlo.”

Diego sintió un escalofrío.

Siguió leyendo.

“No puedo competir contra el dinero de Arturo ni contra las amenazas de tu familia.

Pero jamás aceptaré que le hagan creer que lo abandoné.”

La carta estaba firmada.

Tomás Arriaga.


—Mamá…

Susurró sin darse cuenta.

En ese momento escuchó pasos detrás de él.

Doña Graciela estaba parada en la puerta.

Al ver la caja abierta, perdió completamente el color.

—¿Quién te dijo dónde estaba eso?

Diego levantó lentamente la fotografía.

—¿Quién es Tomás Arriaga?

Ella no respondió.

Solo comenzó a respirar cada vez más rápido.

—¡Contéstame!

Por primera vez en su vida le gritaba.


Graciela cerró los ojos.

Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

—Es demasiado tarde…

—No.

Respondió Diego.

—Es exactamente el momento.


Ella caminó hasta la cama.

Se dejó caer lentamente.

Parecía haber envejecido diez años en unos segundos.

—Tomás fue el hombre al que amé antes de casarme.

Diego permaneció inmóvil.

—Mi abuelo no aceptó que fuera pobre.

—Me obligaron a terminar la relación.

Respiró con dificultad.

—Poco después descubrí que estaba embarazada.

Diego sintió que el corazón se detenía.

—¿Embarazada… de quién?

Graciela rompió definitivamente en llanto.

—De Tomás.

El silencio fue absoluto.


—¿Qué estás diciendo?

La voz de Diego apenas salía.

Ella levantó la vista.

—Arturo…

El hombre que tú llamaste papá toda la vida…

Nunca fue tu padre biológico.

La habitación comenzó a darle vueltas.

Todas las fotografías familiares.

Todas las historias.

Toda su identidad.

Se desmoronaban frente a él.


Diego abrió rápidamente el expediente médico.

Era una prueba genética realizada años atrás.

Nunca entregada.

Conclusión:

“Probabilidad de paternidad respecto a Arturo Mendoza: 0%.”

Debajo había otra hoja.

Prueba comparativa.

“Tomás Arriaga: 99.998% de probabilidad de paternidad.”

Las manos comenzaron a temblarle.


—¿Papá lo sabía?

Preguntó finalmente.

Graciela bajó la cabeza.

—Sí.

—Lo descubrió cuando tú tenías ocho años.

—Quiso divorciarse.

—Pero aceptó quedarse por vergüenza.

Diego recordó de pronto todos los silencios de su padre.

Su distancia.

Su tristeza permanente.

Nunca la había entendido.

Hasta ese momento.


—¿Y Mariana?

Preguntó con rabia.

—¿Qué tiene que ver ella con todo esto?

Graciela cerró los ojos.

—Hace tres meses encontró estas cartas cuando estaba limpiando el cuarto de visitas.

—Me prometió que guardaría el secreto.

—Solo me pidió una cosa.

—Que empezara a tratarla con respeto.

Diego dejó caer lentamente la fotografía.

Mariana nunca había usado aquel secreto para humillar a nadie.

Ni para vengarse.

Solo había pedido algo tan sencillo como dignidad.

Y aun así…

Su madre siguió maltratándola.

Él permitió que ocurriera.


En ese instante sonó el teléfono de Diego.

Era un número desconocido.

Contestó.

—¿Señor Mendoza?

—Sí.

—Habla el licenciado Ernesto Barrera.

Diego tragó saliva.

—Quería agradecer nuevamente la cena.

Hizo una breve pausa.

—Pero también necesito informarle algo.

—Hace una hora recibí la renuncia de la señora Mariana Mendoza.

Diego sintió un vacío en el estómago.

—¿Renuncia?

—Sí.

—Y aceptó incorporarse como directora general de contenidos gastronómicos en una empresa con la que colaboramos.

El hombre sonrió al otro lado de la línea.

—Por cierto…

—La recomendación fue mía.

—Sería un desperdicio que una mujer con ese talento siguiera escondida en una cocina.

Diego apenas podía respirar.

Pero antes de colgar, Ernesto añadió una última frase que terminó de destruir todo lo que creía controlar.

—Y hay algo más.

—Antes de irse, Mariana me entregó una carpeta.

—Contiene pruebas de que durante años alguien falsificó facturas y desvió dinero de la empresa familiar.

—La mayoría de los documentos llevan la firma de la señora Graciela Mendoza.

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