Parte 2: La caída comienza

El ascensor se abrió con un suave tintineo.

En cuanto Jiang Dao entró en el edificio de la empresa, sintió decenas de miradas clavarse sobre ella.

Había curiosidad.

Había burla.

Y, sobre todo, morbo.

Los murmullos comenzaron a extenderse como ondas invisibles.

—Es ella…

—La esposa del director Fang.

—¿No viste la publicación de anoche? Dicen que descubrió una infidelidad.

—Pero Meng Ying asegura que todo fue un malentendido…

—¿Malentendido? ¿Quién abraza así a un hombre casado?

Nadie se atrevía a decirlo demasiado alto.

Pero todos estaban observándola.

Esperaban verla llorar.

Esperaban verla perder el control.

Esperaban un espectáculo.

Sin embargo…

Jiang Dao simplemente caminó con los tacones resonando con calma sobre el suelo de mármol.

Tac.

Tac.

Tac.

Vestida con aquel traje negro perfectamente ajustado, llevaba el cabello recogido y el rostro inexpresivo.

Cada paso desprendía una serenidad que desconcertó a todos.

Aquella mujer…

No parecía la esposa abandonada de la que todos hablaban.

Parecía alguien que acababa de asistir a una reunión importante.

Cuando pasó junto al área administrativa, incluso sonrió cortésmente.

—Buenos días.

La recepcionista respondió por reflejo.

—B-buenos días…

Solo cuando Jiang Dao desapareció por el pasillo, la chica respiró profundamente.

—¿No se suponía que iba a venir llorando?

Nadie pudo responder.

En el despacho del director.

Fang Zhe caminaba de un lado a otro con el rostro completamente oscuro.

Sobre la mesa había varios teléfonos.

Todos vibraban sin parar.

La publicación de Jiang Dao ya había sido compartida cientos de veces.

Muchos clientes importantes también la habían visto.

El departamento de Relaciones Públicas acababa de enviarle un mensaje urgente.

«Director Fang, varios socios están preguntando si existen problemas personales que puedan afectar la imagen de la empresa.»

Apretó los dientes con tanta fuerza que casi rechinaron.

En ese momento alguien llamó a la puerta.

—Director Fang.

Era Meng Ying.

Entró apresuradamente.

Su maquillaje seguía siendo impecable, pero la ansiedad ya no podía ocultarse.

—¿Qué hacemos?

—Mis padres ya se enteraron.

—Mis compañeros de universidad también.

—Todos me están preguntando si realmente soy la amante.

Fang Zhe respiró con irritación.

—¿Ahora vienes a preguntarme?

—¡¿Quién te dijo que enviaras esa fotografía?!

Meng Ying se quedó inmóvil.

Después frunció el ceño.

—¿No fuiste tú quien dijo que había que presionarla un poco?

—Pensé que, con su carácter, solo lloraría y después eliminaría la publicación.

—¿Cómo iba a imaginar que haría semejante locura?

Las venas del cuello de Fang Zhe comenzaron a marcarse.

Sí.

Ese era precisamente el problema.

Conocía demasiado bien a Jiang Dao.

Durante tres años…

Nunca había levantado la voz.

Nunca discutía.

Nunca hacía escenas.

Cada vez que había un conflicto, era ella quien terminaba pidiendo perdón.

Por eso creyó que bastaría una pequeña provocación para obligarla a aceptar el divorcio en silencio.

Jamás imaginó…

Que ella respondería exponiéndolos delante de todo el mundo.

Y lo peor…

Era que aquella publicación no contenía una sola mentira.

Solo una fotografía.

Y una frase de felicitación.

Legalmente, nadie podía acusarla de difamación.

Porque nunca escribió que fueran amantes.

Solo los felicitó.

Y precisamente por eso…

La imaginación de la gente hacía el resto.

En ese instante sonaron unos golpes secos en la puerta.

Tres golpes.

Firmes.

Fang Zhe levantó la cabeza.

—Adelante.

La puerta se abrió lentamente.

Jiang Dao entró.

Durante un instante, todo el despacho quedó en silencio.

Meng Ying abrió mucho los ojos.

No esperaba verla aparecer allí.

Y mucho menos…

Tan tranquila.

Jiang Dao dejó una carpeta azul sobre la mesa.

—Director Fang.

—Necesito solicitar tres días de permiso.

Fang Zhe quedó desconcertado.

Había imaginado cientos de escenas.

Llantos.

Gritos.

Reproches.

Incluso que le arrojara un vaso de agua encima.

Pero no aquello.

No ese tono profesional.

Como si fueran simples compañeros de trabajo.

—Dao Dao…

Comenzó a acercarse.

Ella dio un paso atrás con absoluta naturalidad.

La distancia entre ambos volvió a ampliarse.

Ese pequeño gesto…

Dolió mucho más que cualquier bofetada.

Fang Zhe bajó lentamente la mano.

—Tenemos que hablar.

—No ahora.

Ella consultó tranquilamente su reloj.

—Es horario laboral.

—Los asuntos privados pueden esperar.

Meng Ying sintió que la presión aumentaba.

Intentó intervenir.

—Dao Dao…

—Escúchame…

Jiang Dao giró apenas la cabeza.

La miró.

Solo una mirada.

Pero fue tan fría que Meng Ying sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.

—¿Tú también eres mi superior?

Preguntó con serenidad.

Meng Ying abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Jiang Dao volvió a mirar a Fang Zhe.

—Si no hay inconveniente, dejaré mi solicitud aquí.

—Ah.

Y añadió con una sonrisa tenue.

—Director Fang.

—Procure revisar hoy mismo su correo corporativo.

—Quizá encuentre una sorpresa.

Después se dio media vuelta y salió.

La puerta se cerró lentamente.

Todo quedó en silencio.

Fang Zhe sintió un presentimiento inexplicable.

Corrió inmediatamente hacia el ordenador.

Abrió el correo electrónico.

Había un mensaje nuevo.

Remitente: Jiang Dao.

Asunto: Solicitud de conservación de pruebas.

Frunció el ceño.

Lo abrió.

Solo había una línea.

«Espero que conserve cuidadosamente todos los registros de comunicación de la empresa durante los últimos seis meses. Serán solicitados muy pronto por mi abogado.»

Debajo aparecía un archivo adjunto.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Hizo clic.

Era un audio.

La conversación entre él y su madre.

Su propia voz salió claramente de los altavoces.

—Haz que el asunto sea lo más grande posible.

—Que quede completamente arruinada.

—Así no podrá quedarse con nada cuando nos divorciemos.

El rostro de Fang Zhe perdió todo el color.

Giró bruscamente hacia la puerta.

Pero Jiang Dao ya había desaparecido del pasillo.

Solo entonces comprendió algo.

Aquella mujer…

Nunca había venido a discutir.

Había venido únicamente para decirle una cosa.

La partida…

Acababa de empezar.

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