PARTE 2: LA BOLSA VIEJA QUE ESCONDIÓ OCHO AÑOS DE MENTIRAS.

Yolanda mantuvo la sonrisa.

—Primo, antes de sacar conclusiones deberías escuchar mi versión.

Leandro ni siquiera respondió.

Sus ojos recorrían la casa.

Los muebles eran nuevos.

El televisor era de última generación.

Las cortinas, el comedor, la cocina…

Nada de aquello estaba allí la última vez que había visitado el rancho.

—¿Con qué dinero compraste todo esto?

Yolanda cruzó los brazos.

—Con mi trabajo.

—¿Tu trabajo?

—Administrar esta propiedad no ha sido gratis.

Leandro levantó lentamente la carta que su madre le había entregado.

—¿También era parte de tu trabajo esconder las cartas que me escribían mis padres?

Por primera vez, Yolanda dejó de sonreír.

—Ellos exageran.

Matilde habló desde la puerta.

—Escribimos doce cartas.

Solo pudimos mandar una.

Las otras once nunca salieron del rancho.

Leandro sintió un nudo en el estómago.

—¿Dónde están?

Ezequiel señaló hacia el viejo establo.

—En la bolsa del yugo de la mula.

Yolanda dio un paso apresurado.

—¡No hace falta revisar esas cosas viejas!

Pero ya era tarde.

Leandro caminó hasta el establo.

Colgada de un clavo oxidado seguía una vieja bolsa de manta.

La abrió.

Dentro había un paquete cuidadosamente envuelto con hilo.

Once sobres.

Todos dirigidos a él.

Ninguno tenía sello postal.

Ninguno había salido jamás del pueblo.

Abrió el primero.

“Hijo, Yolanda dice que ya no podemos entrar a la casa porque los médicos recomiendan que vivamos aparte.”

Abrió otro.

“Nos dijo que tú decidiste vender los animales. No sabemos si es verdad.”

Otro más.

“Perdóname por molestarte. Solo quería saber si todavía recibes nuestras llamadas.”

Cada carta era más desesperada que la anterior.

En la última, escrita apenas cuatro meses antes, su madre había añadido una frase con letra temblorosa.

“Si algún día lees esto, significa que Dios todavía no se olvidó de nosotros.”

Leandro cerró los ojos.

Nunca había dejado de enviar dinero.

Cada mes.

Sin falta.

Volvió lentamente hacia la casa.

Yolanda ya no parecía tan segura.

—Todo tiene explicación.

—Perfecto.

Sacó el teléfono.

Marcó un número.

—Fernando.

Al otro lado respondió su director financiero.

—Buenas tardes, ingeniero.

—Necesito todos los comprobantes de las transferencias realizadas a la cuenta de Yolanda Mendoza durante los últimos ocho años.

Ella palideció.

—¿Para qué?

Leandro no la miró.

Cinco minutos después comenzaron a llegar los archivos.

Transferencia tras transferencia.

Cada mes.

Cada depósito.

Más de treinta millones de pesos en total.

Yolanda intentó hablar.

—Ese dinero era para mantener el rancho…

Leandro levantó otra fotografía.

Era una imagen que ella misma le había enviado meses atrás.

Sus padres aparecían sonriendo frente a la casa.

Él siempre creyó que vivían allí.

Ahora observó con atención.

Detrás de ellos aparecía la misma cortina azul.

Pero no era la casa principal.

Era el cuarto de lámina.

Había recortado cuidadosamente la fotografía para ocultarlo.

Sintió una mezcla de rabia y culpa.

Durante ocho años creyó estar cuidando a sus padres desde la distancia.

En realidad, solo había financiado el lujo de quien los estaba despojando de todo.

En ese instante sonó el teléfono de Yolanda.

La pantalla se iluminó.

“Notario Salinas.”

Leandro respondió antes que ella.

—¿Bueno?

Una voz masculina habló sin sospechar nada.

—Señora Yolanda, ya están listos los documentos para que los señores Ezequiel y Matilde firmen la venta definitiva del rancho.

El silencio cayó sobre el patio.

Leandro apretó el teléfono.

—¿Qué venta?

Al otro lado hubo unos segundos de silencio.

—¿Quién habla?

—El hijo de los propietarios.

La llamada se cortó inmediatamente.

Leandro levantó lentamente la vista hacia Yolanda.

Ella comprendió que ya no podía seguir mintiendo.

Porque el verdadero objetivo nunca había sido quedarse con el dinero.

Había planeado quedarse también con la única tierra que sus padres habían conservado durante toda su vida.

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