Alejandro no dijo una sola palabra.
Se agachó lentamente y sacó la bolsa negra de debajo de la cama.
Karina dio un paso al frente.
—Déjala ahí.
Él no respondió.
Abrió la bolsa.
Dentro había cajas completas de medicamentos.
Todas cerradas.
Algunas todavía conservaban el sello de la farmacia.
Reconoció inmediatamente los nombres.
Eran exactamente las medicinas que él compraba cada semana para la recuperación de su madre.
Levantó una de las cajas.
La fecha de dispensación era de hacía casi un mes.
Luego otra.
Y otra más.
Ninguna había sido utilizada.
Sintió un vacío en el estómago.
—¿Por qué están aquí?
Karina cruzó los brazos.
—El doctor dijo que era mejor suspender algunas.
Alejandro levantó la vista.
—¿Qué doctor?
Ella vaciló apenas un segundo.
—El mismo que la revisó la semana pasada.
—No vino ningún médico la semana pasada.
El silencio que siguió respondió por ella.
Alejandro sacó el teléfono del bolsillo.
Lo colocó discretamente sobre una repisa y activó la cámara.
No levantó la voz.
No discutió.
Simplemente dejó que siguiera hablando.
—Estás exagerando —dijo Karina—. Tu mamá ya casi no entiende nada. A veces ni siquiera recuerda si tomó las pastillas.
Alejandro continuó grabando.
—Entonces explícame por qué están todas sin abrir.
Karina respiró hondo.
—Porque le hacen daño al estómago.
—¿Quién decidió eso?
Ella ya no contestó.
Se acercó a la cama.
Tomó con cuidado la mano de doña Elena.
—Mamá…
La anciana abrió lentamente los ojos.
—¿Te daban tus medicinas?
Doña Elena tardó varios segundos en responder.
Miró primero a Karina.
Después a su hijo.
Finalmente bajó la voz.
—Me decía que ya no había dinero para comprarlas.
Alejandro sintió que algo se quebraba por dentro.
Él pagaba cada receta por adelantado.
Nunca había faltado una sola.
Aquella misma tarde llamó al médico tratante.
El doctor Ramírez llegó menos de una hora después.
Revisó a doña Elena con calma.
Tomó la presión.
Escuchó sus pulmones.
Después observó detenidamente los moretones de los brazos.
Su expresión cambió.
—¿Desde cuándo tiene estas lesiones?
Alejandro negó con la cabeza.
—Las acabo de descubrir hoy.
El médico guardó silencio unos instantes.
Luego pidió revisar los medicamentos.
Abrió una caja.
Después otra.
Y una tercera.
Finalmente levantó la vista.
—Estas dosis nunca debieron suspenderse.
—¿Qué significa eso?
—Que durante varias semanas no recibió el tratamiento que necesitaba.
Alejandro apretó los puños.
—¿Eso explica que esté peor?
El doctor respondió con cautela.
—Puede haber influido en el deterioro de su estado. Necesita una evaluación completa cuanto antes.
Mientras el médico terminaba la revisión, Alejandro comenzó a guardar las cajas nuevamente.
Entonces encontró algo que no pertenecía a las medicinas.
Un sobre color beige.
Estaba escondido en el fondo de la bolsa.
Llevaba escrito con marcador negro:
“Documentos de la señora Elena Ruiz.”
Frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
Karina perdió inmediatamente el color.
—No lo abras.
Aquellas cuatro palabras bastaron para que Alejandro comprendiera que debía hacerlo.
Dentro había copias de escrituras.
Estados de cuenta.
Y un documento emitido por el Registro Público de la Propiedad.
El médico, que aún permanecía en la habitación, observó cómo Alejandro iba pasando las hojas.
Hasta que llegó a una página subrayada en amarillo.
La leyó dos veces.
No podía creerlo.
—¿Qué ocurre? —preguntó el doctor.
Alejandro levantó lentamente la vista.
—Esta escritura…
Miró primero a su madre.
Después a Karina.
—Habla de un terreno que nunca había visto.
Doña Elena abrió los ojos con dificultad.
Sus labios comenzaron a temblar.
—Tu… abuelo…
Alejandro se acercó.
—¿Qué pasa con mi abuelo?
La anciana reunió las pocas fuerzas que le quedaban.
—Nunca… lo vendió…
Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Lo dejó… para ti…
Karina dio un paso hacia la puerta.
Alejandro la detuvo con una sola frase.
—¿Desde cuándo sabías que existía esa propiedad?

Ella no respondió.
Pero el temblor de sus manos confirmó lo que él empezaba a sospechar.
Las medicinas escondidas no eran el verdadero objetivo.
Alguien había esperado que doña Elena se debilitara lo suficiente como para no poder explicar el origen de una propiedad que, según aquellas escrituras, hoy valía varios millones y seguía legalmente a su nombre.