A las ocho de la mañana, Grant Holdings perdió su segunda línea de crédito.
A las nueve, tres proveedores suspendieron entregas.
A las diez, Sebastián estaba nuevamente llamándome.
No contesté.
Esta vez llamó su padre.
—Valeria, nuestros negocios no deberían mezclarse con problemas sentimentales.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces devuelve la inversión.
—No.
Hubo silencio.
—Señor Grant, el compromiso justificaba una alianza estratégica a largo plazo. Su hijo eliminó esa alianza. Yo eliminé el riesgo.
No pudo discutirlo.
Pero lo que Sebastián ignoraba era todavía peor.
Proyecto Aurora dependía de una licencia tecnológica propiedad de una subsidiaria de Torres Group.
Sin nuestra inversión podían buscar dinero.
Sin aquella licencia, no podían terminar el proyecto.
Esa misma tarde, Sebastián apareció en mi oficina.
Camila venía con él.
—Valeria —dijo ella suavemente—, entiendo que estés herida, pero Sebastián y yo nos amamos.
La miré.
—¿Y?
Pareció desconcertada.
—No deberías destruir su empresa por eso.
Deslicé un documento sobre la mesa.
—Lee.
Sebastián lo tomó.
Su rostro cambió.
Era el informe financiero de Grant Holdings.
Durante dieciocho meses, mi grupo había sostenido sus dos proyectos más importantes mientras ellos ocultaban pérdidas bajo previsiones exageradamente optimistas.
—¿Sabías esto? —preguntó Sebastián.
—Desde hace meses.
—Entonces ¿por qué continuaste financiándonos?
Lo miré directamente.
—Porque iba a casarme contigo.
Por fin comprendió.
No estaba vengándome.
Había dejado de subsidiarlo.
Camila giró hacia su nuevo esposo.
—Me dijiste que Grant Holdings estaba creciendo.
Sebastián no respondió.
Aquella noche, la familia Hayes anunció que no invertiría dinero adicional hasta revisar las cuentas.
Tres semanas después, Grant vendió uno de sus edificios.
Dos meses después, Sebastián renunció como director ejecutivo mientras su padre negociaba una reestructuración.
Torres Group compró varios de los activos que ellos tuvieron que vender.
Legalmente.
A precio de mercado.
La última vez que Sebastián vino a verme, parecía diez años mayor.
—Si no hubiera elegido a Camila, ¿habrías seguido apoyándome?
—Sí.
Cerró los ojos.
—Entonces perdí todo por una decisión.
Negué lentamente.
—No.
—Perdiste mi apoyo cuando decidiste que podías humillarme y seguir disfrutando de todo lo que yo aportaba.
Se quedó callado.
Después preguntó:
—¿Alguna vez me amaste?
—Sí.
Aquello pareció dolerle más.
—Por eso estaba dispuesta a construir contigo.
Me levanté.
—Pero nunca prometí construir para ti después de que eligieras una vida donde yo ya no existía.
Sebastián salió sin decir otra palabra.
Y yo jamás volví a preguntarme si Camila era más dulce, más cálida o “más mujer” que yo.

Ella había conseguido al hombre que quería.
Yo simplemente había recuperado el dinero que era mío.