PARTE 2: La boda que Adrian nunca llegó a celebrar

Adrian dejó la copa sobre la mesa.

No apartó los ojos de mí.

—Evelyn.

Siete años atrás, escuchar mi nombre en su voz habría bastado para detenerme.

Aquella noche simplemente saludé.

—General Cole.

Su rostro se tensó.

—¿Eso es todo?

—Estamos en una recepción oficial. ¿Esperabas algo más?

Antes de que respondiera, mi comandante se acercó.

—Coronel Stone, mañana dirigirá personalmente la operación conjunta con el general Cole.

Casi admiré la ironía.

Adrian no.

—Necesito hablar contigo —dijo cuando quedamos solos.

—Sobre la operación, mañana.

—Sobre nuestra boda.

Lo miré por primera vez con verdadera curiosidad.

—Nuestra boda fue hace siete años.

—No hubo boda.

—Exactamente.

Algo extraño atravesó su expresión.

—¿De verdad crees que me casé con Serena?

Mi silencio respondió.

Adrian sacó lentamente su teléfono.

—Nunca ocurrió.

Me mostró un registro civil.

Soltero.

—Serena apareció vestida para la ceremonia —continuó—. Cuando descubrí que habías cambiado su nombre por el tuyo y desaparecido, detuve todo.

Sentí una punzada incómoda.

No de arrepentimiento.

De desconcierto.

—Eso no cambia lo que hiciste antes.

—Lo sé.

Aquella respuesta me sorprendió más que cualquier excusa.

—Te traicioné. No voy a fingir lo contrario.

—Entonces no tenemos nada que discutir.

Intenté marcharme.

—Hay algo que nunca supiste.

Me detuve.

Adrian bajó la voz.

—Serena no vino a mi cumpleaños por iniciativa propia.

Giré lentamente.

—¿Qué significa eso?

—Alguien le envió mi itinerario, la dirección y una copia de nuestras reservas.

—¿Y eso te obligó a engañarme?

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Mis decisiones fueron mías. Pero después de que desapareciste descubrí que alguien llevaba meses enviándole información sobre nosotros.

Sacó una carpeta.

Dentro había copias de mensajes antiguos.

Fotografías.

Horarios.

Incluso detalles de nuestro compromiso que solo nuestras familias conocían.

—¿Quién?

—Eso intenté descubrir durante siete años.

Al día siguiente trabajamos juntos como dos profesionales.

Adrian no intentó acercarse.

No pidió perdón otra vez.

Aquello casi resultaba más inquietante.

Después de la reunión táctica, mi asistente apareció con un sobre.

—Coronel, alguien lo dejó para usted.

No tenía remitente.

Dentro había una fotografía de mi boda cancelada.

Serena aparecía sola frente al altar.

En el reverso habían escrito:

“Pregúntale a Adrian por qué tu nombre fue cambiado antes de que tú misma solicitaras el cambio.”

Sentí que el aire desaparecía.

Busqué a Adrian.

—¿Qué significa esto?

Leyó la frase.

Su rostro perdió el color.

—Evelyn, ¿cuándo modificaste la lista?

—A las once y cuarenta de la noche anterior.

Adrian abrió su computadora.

Conservaba copias del expediente de la ceremonia.

Encontró el registro.

El nombre de la novia había sido sustituido por Serena Stone a las seis y doce de aquella tarde.

Más de cinco horas antes de que yo descubriera oficialmente la traición y decidiera marcharme.

—Eso es imposible —susurré.

Adrian me miró.

—Alguien sabía lo que ibas a hacer antes que tú.

Entonces llegó un segundo mensaje a mi teléfono.

Una sola fotografía.

Serena, siete años atrás, entrando en la oficina administrativa donde se preparaban los documentos de nuestra boda.

No estaba sola.

La mujer que caminaba junto a ella era mi madre.

Y en su mano llevaba el anillo que Adrian había mandado fabricar exclusivamente para mí.

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