PARTE 2: LA AUDITORÍA QUE NADIE VIO VENIR

A las ocho en punto de la mañana siguiente, Ricardo entró al edificio corporativo de Grupo Nébula con la misma seguridad de siempre.

Saludó a los recepcionistas.

Pidió café.

Y comenzó a revisar su agenda.

Cinco minutos después, su secretaria apareció en la puerta con el rostro pálido.

—Señor Luján…

Hay un equipo de auditoría en la sala principal.

Ricardo ni siquiera levantó la vista.

—Que esperen.

—Dicen que vienen directamente de la oficina global.

Ahora sí dejó el bolígrafo sobre el escritorio.

—¿Quién autorizó eso?

—Traen una orden firmada por el director global.


Mientras tanto, Camila seguía hospitalizada.

La pierna le dolía.

Pero la tranquilidad que sentía era mucho mayor que cualquier analgésico.

Lucía entró con la computadora portátil.

—Todo listo.

La abogada Sofía también llegó hace unos minutos.

Sofía dejó una carpeta sobre la cama.

—Ya revisé el régimen patrimonial.

Ricardo cree que puede quedarse con todo.

Está muy equivocado.

Camila sonrió apenas.

—Lo imaginaba.


En la sede corporativa, Arturo Beltrán encabezaba personalmente la reunión.

Ricardo abrió la puerta sin llamar.

—¿Qué significa esto?

Arturo no respondió de inmediato.

Solo señaló una silla.

—Siéntate.

Por primera vez desde que trabajaba allí, Ricardo sintió una ligera incomodidad.


Uno de los auditores comenzó a proyectar varios documentos.

Contratos.

Facturas.

Autorizaciones de gasto.

Transferencias.

—Durante los últimos dieciocho meses detectamos pagos irregulares a determinados proveedores.

Ricardo cruzó los brazos.

—Todo fue aprobado por mi dirección.

El auditor negó lentamente.

—Ese precisamente es el problema.


En el hospital, el teléfono de Camila vibró.

Era Arturo.

—Ya empezó.

Ella observó por la ventana.

—¿Cómo reaccionó?

—Todavía cree que esta auditoría depende de él.

Camila soltó una pequeña sonrisa.

—Déjalo hablar.


Media hora después apareció otro documento.

El auditor continuó.

—También encontramos gastos personales registrados como representación corporativa.

Viajes.

Restaurantes.

Compras de lujo.

Ricardo golpeó la mesa.

—Soy director regional.

Tengo autorización para eso.

Arturo habló por primera vez.

—No toda.

Solo hasta cierto límite.


Ricardo frunció el ceño.

—¿Quién está detrás de todo esto?

Arturo sostuvo su mirada.

—La persona que realmente responde por el capital de esta empresa.

Ricardo soltó una risa incrédula.

—Conozco perfectamente a todos los accionistas importantes.

Arturo negó con calma.

—No.

Conoces a quienes aparecen en las revistas.

No a quien sostiene el grupo financiero.


En ese mismo instante, un ejecutivo entró apresuradamente en la sala.

Traía una tableta en la mano.

—Señor…

Acaba de llegar otra notificación.

Arturo la revisó unos segundos.

Después miró directamente a Ricardo.

—También fue inmovilizada la cuenta bancaria conjunta con tu esposa.

Ricardo abrió mucho los ojos.

Sacó inmediatamente el teléfono.

Intentó acceder a la banca móvil.

Operación no disponible. Cuenta restringida por solicitud de uno de los cotitulares.

Volvió a intentarlo.

El mismo mensaje.


Marcó el número de Camila.

Ella contestó al segundo tono.

—¿Necesitas algo?

—¿Congelaste la cuenta?

—Sí.

—¿Cómo te atreves?

Camila respondió con absoluta serenidad.

—Con el mismo derecho con el que tú pensabas disponer de un patrimonio que también lleva mi nombre.


Ricardo respiraba cada vez con más dificultad.

—Cuando salgas del hospital hablaremos.

—No.

Cuando salga del hospital hablarás con mi abogada.

Hubo unos segundos de silencio.

Después ella añadió:

—Y empieza a revisar tus contratos laborales.

Porque muy pronto descubrirás que tu cargo nunca dependió únicamente de tus resultados.

Dependía de una firma.

Ricardo frunció el ceño.

—¿Qué firma?

Camila sonrió.

—La de la persona que garantiza el financiamiento internacional de Grupo Nébula.

Colgó.


En la sala de juntas, Arturo recibió un mensaje en su reloj inteligente.

Lo leyó.

Después cerró lentamente la carpeta de la auditoría.

—Acaba de llegar la autorización definitiva.

Ricardo sintió un escalofrío.

—¿Autorización de quién?

Arturo lo observó con una mezcla de lástima y respeto.

—Del fideicomiso Horizonte Capital.

El mismo que mantiene operando a Grupo Nébula desde hace más de diez años.

Ricardo soltó una sonrisa burlona.

—Ese fondo ni siquiera tiene un representante público.

Arturo se puso de pie.

—Lo tiene.

Simplemente decidió permanecer en el anonimato.

Tomó el teléfono y activó una videollamada.

La pantalla de la sala se encendió.

Apareció la habitación de un hospital.

Camila, con la pierna enyesada, observaba la reunión desde su cama.

Arturo dio un paso hacia un lado.

—Señores…

Permítanme presentarles oficialmente a la fundadora y única fideicomitente de Horizonte Capital.

La mujer que posee el control financiero de Grupo Nébula.

Camila Torres.

Por primera vez en su vida, Ricardo comprendió que durante tres años no había estado manteniendo a una panadera.

Había estado casado con la mujer que tenía el poder de decidir si su carrera continuaba… o terminaba ese mismo día.

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