El automóvil de Julian apenas había salido del estacionamiento cuando mi teléfono comenzó a vibrar.
Ryan.
Una llamada.
Otra.
Cinco.
Diez.
Después llegaron los mensajes.
“Claire, contesta.”
“Esto ya dejó de ser gracioso.”
“Anula ese matrimonio.”
Miré la última frase durante varios segundos.
Esto ya dejó de ser gracioso.
Casi me reí.
Durante tres años, cada vez que yo lloraba, esperaba, perdía un vuelo o terminaba humillada delante de sus amigos, aquello sí había sido gracioso.
Ahora que la consecuencia recaía sobre él…
la broma había terminado.
Bloqueé su número.
Julian conducía en silencio.
No intentó tocarme.
No preguntó si todavía amaba a Ryan.
Solo dijo:
—Podemos ir a un hotel si no quieres volver a tu apartamento esta noche.
Lo miré.
—¿No vas a preguntarme si me arrepiento?
—No.
—¿Por qué?
Sus dedos se cerraron ligeramente sobre el volante.
—Porque si empiezas a arrepentirte diez minutos después de casarte conmigo, prefiero que seas tú quien me lo diga.
Después añadió:
—No voy a examinar cada expresión de tu rostro buscando pruebas de que me elegiste.
Sentí un dolor extraño en el pecho.
No era tristeza.
Era descubrir lo poco que había pedido durante años.
Respeto.
Nada más.
Esa misma noche Melissa apareció frente a mi apartamento.
Tenía los ojos hinchados.
En las manos sostenía una tableta.
Julian abrió la puerta.
Ella se quedó paralizada al verlo.
—Necesito hablar con Claire.
Él miró hacia mí.
No decidió por mí.
Esperó.
Asentí.
—Déjala entrar.
Melissa se sentó frente a mí sin quitarse el abrigo.
Durante varios segundos no habló.
Después desbloqueó la tableta.
—Esto empezó hace casi dos años.
Giró la pantalla.
Era un grupo privado.
“Domar a Claire.”
Sentí que el estómago se me cerraba.
Dentro estaban Ryan, Melissa y seis de sus amigos.
Había cientos de mensajes.
Fotografías.
Videos.
Apuestas.
La primera que vi decía:
“¿Cuánto tardará Claire en llamar llorando si Ryan desaparece durante su cumpleaños?”
Ganador:
Eric.
Tiempo acertado:
Cuarenta y siete minutos.
Deslicé el dedo.
Otra.
“¿Se irá del restaurante si Ryan invita a Sophie a sentarse entre ellos durante su aniversario?”
Respuesta mayoritaria:
No.
Resultado:
Claire se quedó dos horas y pagó la cuenta.
Las manos comenzaron a enfriárseme.
Melissa lloraba.
—Al principio pensé que eran bromas tontas.
—Después se volvió una costumbre.
No respondí.
Seguí leyendo.
El vuelo falso.
La cena de aniversario.
El regalo escondido.
Una discusión que Ryan había provocado deliberadamente para comprobar cuánto tardaba yo en disculparme.
Todo tenía puntuaciones.
Ganadores.
Perdedores.
Y comentarios.
Entonces encontré una fotografía tomada aquella misma mañana.
Yo estaba sentada en el Registro Civil, con mi vestido blanco crema y los documentos sobre las piernas.
Debajo decía:
ÚLTIMA APUESTA.
“Ryan cancela la cita. ¿Claire llorará, suplicará o pedirá inmediatamente otro turno?”
Premio:
Una botella de vino de veinte mil yuanes.
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Quién ganó?
Melissa comenzó a llorar todavía más.
—Nadie.
—Porque ninguna opción decía que te casarías con otro hombre.
Julian permanecía junto a la ventana.
No había dicho una sola palabra.
Pero cuando levanté la mirada, su mandíbula estaba completamente tensa.
Melissa continuó:
—Hay otra apuesta.
Deslizó hasta el final.
Publicada hacía apenas cuarenta minutos.
“¿Cuántos días tardará Claire en volver después de casarse con Hale?”
Las respuestas eran:
Uno.
Tres.
Siete.
Ryan había escrito:
“Menos de veinticuatro horas. Ella no puede vivir sin mí.”
Leí aquella frase dos veces.
Luego una tercera.
Finalmente entregué la tableta a Melissa.
—Envíame una copia de todo.
Ella levantó la cabeza.
—¿Vas a hacer algo?
—Sí.
—¿Qué?
Sonreí.
—Nada.
Pareció confundida.
—¿Nada?
—Exactamente.
Me levanté.
—Durante años hice todo.
—Expliqué.
—Perdoné.
—Volví.
—Intenté demostrar que no era demasiado sensible.
Miré la última apuesta.
—Esta vez la única forma de ganar es no participar.
A la mañana siguiente, Ryan estaba sentado frente a la casa de mi familia.
Había pasado allí toda la noche.
Mi padre lo encontró dentro del automóvil.
—Señor Foster…
Ryan salió rápidamente.
—Necesito hablar con Claire.
Mi padre lo observó con absoluta indiferencia.
—Mi hija está casada.
—Fue impulsivo.
—¿Lo fue?
—Ella estaba enfadada.
Mi padre sonrió.
—Curioso.
—Cuando usted canceló su propia boda para humillarla, lo llamó una lección.
—Cuando ella tomó una decisión que no le gustó, ahora resulta que fue un impulso.
Ryan apretó los puños.
—Ella me ama.
—Eso no está en discusión.
Mi padre hizo una pausa.
—La pregunta es si usted alguna vez la respetó.
Ryan no respondió.
Al mediodía, Julian recibió una llamada del Grupo Bennett.
Ryan quería verlo.
Yo esperaba que se negara.
Pero Julian simplemente preguntó:
—¿Quieres que vaya?
—¿Por qué me preguntas?
—Porque él no es asunto mío.
Me miró.
—Es parte de tu pasado.
—Si verlo complica las cosas para ti, rechazo la reunión.
Lo observé durante unos segundos.
—Ve.
—¿Segura?
—Sí.
—Quiero que escuches qué piensa hacer ahora.
Ryan lo recibió solo.
Sin amigos.
Sin sonrisa.
—Quiero que te divorcies de Claire.
Julian dejó su teléfono sobre la mesa.
—No.
—Ella no te ama.
—Puede ser.
La respuesta desconcertó a Ryan.
—Entonces ¿por qué sigues casado con ella?
Julian se reclinó.
—Porque ella me pidió matrimonio.
—Acepté.
—Eso es suficiente.
Ryan golpeó la mesa.
—¡Yo conozco a Claire!
—Sé cuánto puede durar enfadada.
—Siempre vuelve.
Julian lo observó.
—¿Y por eso la humillabas?
Ryan se quedó quieto.
—No sabes cómo era nuestra relación.
—Sé lo suficiente.
—¿Ella te contó?
—No.
Julian deslizó una tableta hacia él.
El grupo de apuestas estaba abierto.
Ryan perdió el color.
—Melissa…
—No importa quién lo entregó.
Julian pasó varias páginas.
—Lo interesante es que documentaron ustedes mismos cada ocasión en que hicieron sufrir a mi esposa deliberadamente.
Mi esposa.
Ryan apretó los dientes al escuchar las palabras.
—No la llames así.
Julian levantó la vista.
—Pero lo es.
Aquella tarde ocurrió algo que Ryan nunca había imaginado.
Las capturas llegaron a su padre.
Luego a dos socios importantes.
Después a Recursos Humanos del Grupo Bennett.
Porque tres de los participantes en aquellas “bromas” trabajaban directamente bajo las órdenes de Ryan.
Algunas apuestas se habían organizado utilizando teléfonos corporativos.
Una incluso había ocurrido durante un viaje pagado por la empresa.
El padre de Ryan lo llamó inmediatamente.
—¿Perdiste la cabeza?
—Papá, son asuntos personales.
—Dejaste registros de acoso organizados desde recursos de nuestra compañía.
—¡Era mi prometida!
Hubo un silencio.
Después su padre respondió:
—Precisamente.
—Y si así tratabas públicamente a la mujer con la que pensabas casarte, ¿qué debo pensar de cómo diriges a nuestros empleados?
Esa misma noche Ryan fue apartado temporalmente de dos proyectos.
Por primera vez, las bromas empezaron a costarle algo a él.
Tres días después, Julian tenía que regresar al extranjero para terminar el contrato que había abandonado por mí.
Lo acompañé al aeropuerto.
Antes de pasar seguridad, sacó nuestro certificado matrimonial.
—Lo llevaré conmigo.
Sonreí.
—¿Temes que me divorcie mientras estás fuera?
Me miró seriamente.
—No.
Después añadió:
—Pero esperé diez años para conseguirlo. Déjame presumir un poco.
Me reí.
Fue una risa espontánea.
Ligera.
Él se quedó mirándome.
—¿Qué?
—Nada.
—Solo pensé que casarme contigo quizá no fue una mala decisión.
Julian levantó una ceja.
—Ese es el discurso romántico que esperé durante una década.
—No te acostumbres.
Sonrió.
Después se marchó.
Cuando regresé al estacionamiento, alguien estaba apoyado contra mi automóvil.
Ryan.
Tenía el rostro cansado.
Ya no llevaba traje.
—Han pasado tres días —dijo.
Entendí inmediatamente.
La apuesta.
Alguien había apostado tres.
Lo miré.
—¿Y?
—Ya estás más tranquila.
—Sí.
—Entonces hablemos.
Negué.
—No tenemos nada que hablar.
Ryan dio un paso adelante.
—Claire, puedes seguir castigándome, pero todos sabemos que ese matrimonio no durará.
—¿Todos?
—Mis amigos te conocen.
Solté una risa.
—Tus amigos conocían a la mujer que siempre regresaba.
Abrí la puerta del automóvil.
—Esa mujer dejó de existir frente al Registro Civil.
Ryan agarró el marco de la puerta.
—¿De verdad vas a tirar tres años por unas bromas?
Lo miré fijamente.
—No.
Hice una pausa.
—Voy a salvar todos los años que me quedan.
Retiré su mano.
Antes de subir, saqué el teléfono.
Abrí el grupo que Melissa había exportado.
Le mostré la última apuesta.
—¿Recuerdas esto?
Ryan no respondió.
—“Menos de veinticuatro horas.”
Sonreí.
—Ya perdiste.
Entré al automóvil.
Él permaneció inmóvil.
Bajé ligeramente la ventanilla.
—Y Ryan…
Levantó la cabeza.
—Puedes cerrar las apuestas.
—No voy a volver en uno, tres, siete ni cien días.
Arranqué.
En el espejo retrovisor lo vi quedarse solo.
Por primera vez desde que lo conocía, nadie se reía a su alrededor.
Y entonces comprendió finalmente algo que durante tres años nunca quiso aprender:
una persona puede perdonar una broma.

Puede incluso perdonar muchas.
Pero cuando descubre que su dolor era el entretenimiento de quienes decía amar…
deja de marcharse enfadada.
Se marcha para siempre.