Leo permaneció en silencio.
Después abrió un cajón y sacó una carpeta.
—Hay algo más que debes saber.
Dentro estaban las facturas médicas de mi padre.
Todas pagadas.
Pero también había informes sobre el tiroteo.
—Tu padre recibió esa bala por accidente —dijo Leo—. Yo asumí los gastos porque era mi responsabilidad.
Pasó otra página.
—Nico descubrió los pagos después.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Y decidió utilizarlos para acercarse a mí?
Leo no respondió.
No hacía falta.
Entonces apareció algo peor.
Una transferencia de diez mil dólares.
Concepto:
APUESTA — NICO / NAVIDAD.
Me quedé mirando aquella línea.
Para Nico, mi confianza tenía precio.
—Quiero irme —dije.
Leo asintió.
—Mi conductor te llevará.
—No necesito nada más de esta familia.
Algo parecido al dolor cruzó su rostro.
—Eso también lo entiendo.
En ese momento la puerta se abrió violentamente.
Nico entró.
Chloe apareció detrás.
—Myra, ¿qué demonios haces aquí?
Dejé la carpeta sobre el escritorio.
Nico vio la transferencia.
Su rostro cambió.
—Puedo explicarlo.
—¿Qué parte?
Lo miré.
—¿La apuesta?
—¿Las mentiras sobre mi padre?
—¿O que dejaste que me enamorara de ti sabiendo que todo había comenzado como un juego?
Nico miró furioso a Leo.
—¿Le enseñaste eso?
Leo se levantó lentamente.
La habitación pareció hacerse más pequeña.
—No me hables como si yo hubiera hecho la apuesta.
Nico tragó saliva.
Después intentó acercarse a mí.
—Sí, empezó así. Pero después me enamoré de ti.
Retrocedí.
—Entonces debiste decirme la verdad cuando empezaste a sentir algo.
—Tenía miedo de perderte.
—Y ahora me perdiste por mentir.
Chloe intentó intervenir.
—Myra, tampoco exageres. Solo eran diez mil dólares.
La miré.
—Gracias.
Parpadeó.
—¿Por qué?
—Porque acabas de recordarme que también necesito perderte a ti.
Tomé mis tacones.
Nico bloqueó la puerta.
—No vas a marcharte así.
Leo pronunció solamente su nombre.
—Nico.
Fue suficiente.
Nico se apartó.
Antes de salir, miré a Leo.
—La deuda de mi padre con usted…
—No existe —me interrumpió—. Nunca existió.
Asentí.
Y me marché.
Tres meses después, mi padre caminaba nuevamente sin bastón.
Yo había cambiado de apartamento, de número y de círculo de amigos.
Nico siguió enviando flores.
Las devolví todas.
Una tarde llegó un sobre sin remitente.
Dentro había únicamente una copia de la transferencia de diez mil dólares.
Había sido anulada.
Debajo, Leo había escrito:
“Una persona no es una apuesta.”
Guardé aquella nota.
No porque quisiera formar parte del mundo de los Casaro.

Sino porque el hombre al que todos temían había entendido algo que su hijo nunca comprendió:
Salvar a alguien no te da derecho a poseerlo.
Y amar a alguien tampoco.