Parte 2: Javier Reveló el Secreto que Alejandro Llevaba Cinco Años Ocultando

Alejandro dejó el teléfono lentamente.

Del otro lado, Carmen seguía hablando.

—¿Alejandro? ¿Sigues ahí? Dijiste que vendrías a verme…

Él ni siquiera respondió.

Sus ojos permanecían clavados en mi anillo.

—No puede ser… —murmuró.

Sonreí con serenidad.

Por primera vez en cinco años, verlo perder el control no me provocó miedo.

Solo indiferencia.

—¿Quién te casó? —preguntó con la voz quebrada.

—Mi esposo.

—¡No juegues conmigo, Lucía!

—No estoy jugando.

Alejandro golpeó el escritorio con el puño.

—¡Hace apenas tres días estabas esperándome para casarnos!

Negué despacio.

—No. Hace tres días dejé de esperar a un hombre que nunca llegó.

El silencio se volvió insoportable.

Entonces la puerta volvió a abrirse.

—¿Interrumpo algo?

La voz grave hizo que Alejandro girara de inmediato.

Javier.

Entró con un traje azul oscuro impecable.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y una tranquilidad que contrastaba con la furia que llenaba la oficina.

Se acercó hasta mí.

Sin decir una palabra, besó mi frente.

Un gesto sencillo.

Pero bastó para que Alejandro apretara los dientes.

—¿De verdad te casaste con él?

Javier respondió antes que yo.

—Sí.

Alejandro soltó una carcajada burlona.

—¿Con este fracasado?

Yo recordaba perfectamente todas las veces que Alejandro había llamado así a Javier.

Cuando trabajaban en la misma empresa.

Cuando Javier proponía mejoras que Alejandro se atribuía después.

Cuando todos creían que Javier era solo un empleado tímido incapaz de defenderse.

Lo que Alejandro jamás imaginó era que Javier había renunciado meses atrás.

Y que ahora era el nuevo socio principal del grupo internacional que acababa de comprar la empresa donde ambos habían trabajado.

Alejandro aún no lo sabía.

Javier dejó la carpeta sobre mi escritorio.

—Firmaron esta mañana.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—La compra del ciento por ciento de las acciones.

El color desapareció del rostro de Alejandro.

—¿Qué… qué estás diciendo?

Javier lo miró con absoluta calma.

—Desde hoy ya no eres director regional.

Alejandro soltó una risa nerviosa.

—Imposible. Yo tengo contrato por cinco años.

—Tenías.

Javier abrió la carpeta.

Sacó un documento.

—Tu cláusula establece que el cargo termina automáticamente si el nuevo consejo considera que hubo faltas graves de ética profesional.

Alejandro empezó a respirar con dificultad.

—¿Y quién decidió eso?

Javier respondió sin elevar la voz.

—Yo.

La oficina quedó completamente en silencio.

Entonces Alejandro volvió a mirarme.

—¿Todo esto lo preparaste tú?

Negué.

—No.

—¿Entonces?

Javier dio un paso adelante.

—Lo preparaste tú mismo hace años.

Alejandro parpadeó.

—¿Qué significa eso?

Javier sostuvo su mirada durante varios segundos.

—¿Recuerdas el proyecto Horizon?

El nombre cayó como una piedra.

Vi cómo los labios de Alejandro temblaban.

Claro que lo recordaba.

Aquel proyecto había sido el ascenso más importante de su carrera.

El trabajo que lo convirtió en el empleado estrella.

El proyecto por el que recibió premios, bonos y reconocimiento internacional.

Pero Javier continuó.

—Ese proyecto nunca fue tuyo.

Alejandro tragó saliva.

—Cállate.

—Las ideas eran mías.

—¡Cállate!

—Los informes originales también.

—¡He dicho que te calles!

Javier abrió otra carpeta.

Dentro había correos electrónicos impresos.

Versiones originales.

Archivos con fechas.

Registros internos.

Todo perfectamente ordenado.

—Guardé cada documento durante cinco años.

Alejandro empezó a retroceder.

—Eso no prueba nada.

—Prueba que cambiaste los nombres de los archivos antes de presentarlos.

—¡Mentira!

—Prueba que utilizaste mi contraseña cuando yo estaba hospitalizado.

—¡Eso es falso!

—Y también prueba que Recursos Humanos recibió una denuncia anónima…

Hizo una pausa.

—…que nunca investigaron porque tu padrino era uno de los directivos.

Por primera vez vi auténtico miedo en Alejandro.

No era miedo a perderme.

Era miedo a perder todo lo demás.

Su carrera.

Su prestigio.

Su dinero.

Su imagen.

Se volvió hacia mí desesperado.

—Lucía… tú sabías esto.

Lo observé con absoluta serenidad.

—No.

Era verdad.

Yo jamás lo había sabido.

Javier tampoco me lo contó cuando nos reencontramos meses después de mi ruptura.

Solo lo hizo cuando entendió que ya no había nada que pudiera lastimarme más.

Porque él conocía otra verdad.

Una verdad todavía más dolorosa.

Javier respiró hondo.

Luego pronunció la frase que dejó a Alejandro completamente inmóvil.

—Eso ni siquiera es lo peor.

Alejandro levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué más puede haber?

Javier lo miró fijamente.

—¿Quieres que también le cuente quién pagaba realmente todos los tratamientos médicos de Carmen durante estos cinco años?

El rostro de Alejandro perdió el último rastro de color.

Las llaves de su coche cayeron al suelo.

Y por primera vez desde que lo conocía…

parecía un hombre que acababa de comprender que toda su vida estaba a punto de derrumbarse.

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