Marcus miró la mano de Ethan sobre mi muñeca.
—Suéltala.
Ethan lo hizo inmediatamente.
Después me miró.
—Clara decide dónde quiere estar.
Una frase sencilla.
Pero Marcus pareció recibir una bofetada.
Durante diez años nadie le había recordado que yo podía elegir.
—Clara —dijo—. Ven conmigo.
—No.
—Arreglaré el registro.
Levanté el certificado.
—No hay nada que arreglar.
Marcus perdió la paciencia.
—¡Esto empezó por una apuesta!
—Lo sé.
Su rostro se congeló.
—¿Qué?
—Escuché vuestra conversación anoche.
Por primera vez, Marcus no tuvo respuesta.
Entonces apareció Ivy.
Corrió por el pasillo y se aferró a su brazo.
—Marcus, yo solo estaba jugando. No pensé que Clara realmente…
—¿Realmente qué? —pregunté—. ¿Que tendría dignidad?
Ivy palideció.
Ethan giró su silla.
—Nos vamos.
Marcus intentó detenernos.
—Tío, tú sabes perfectamente que Clara me ama.
Ethan se detuvo.
—Entonces quizá deberías preguntarte qué hiciste para que prefiriera casarse conmigo.
Aquella tarde me mudé a una de las casas que la familia Whitmore había preparado.
Pensé que Ethan viviría conmigo.
No lo hizo.
Me entregó las llaves.
—Esta casa es tuya.
—Somos esposos.
—Legalmente.
Su expresión permaneció tranquila.
—Pero no voy a utilizar el error de Marcus para convertirme en otro hombre que decide por ti.
Me quedé mirándolo.
—Puedes solicitar terminar este matrimonio cuando quieras. Hasta entonces, nadie te molestará aquí.
Ethan se marchó.
Y por primera vez comprendí la diferencia entre alguien que decía amarme y alguien que respetaba mi libertad.
Tres días después, Marcus apareció.
Traía flores.
Las mismas flores que me regalaba cada vez que cancelaba una boda.
—Clara, ya fue suficiente.
Cerré la puerta.
Volvió al día siguiente.
Después otra vez.
La cuarta vez encontró a Ethan allí.
Marcus soltó una risa amarga.
—¿Ahora interpretas al marido?
Ethan estaba revisando documentos.
—No.
Levantó la mirada.
—Estoy investigando por qué modificaste un informe matrimonial oficial.
Marcus dejó de sonreír.
Yo también.
—¿Investigando?
Ethan deslizó una copia sobre la mesa.
—Tu modificación no fue una simple broma.
El documento había pasado por varios niveles administrativos.
Para que el cambio llegara hasta la aprobación final, alguien había utilizado una autorización electrónica perteneciente al despacho de Ethan.
—Yo nunca autoricé esto —dijo.
Marcus frunció el ceño.
—Solo pedí a alguien que cambiara el nombre.
—¿A quién?
Silencio.
Finalmente respondió:
—Ivy.
Sentí frío.
Marcus había hecho la apuesta.
Pero Ivy había gestionado el cambio.
Ethan ordenó una revisión interna por los canales correspondientes.
Los resultados llegaron una semana después.
Ivy había utilizado credenciales administrativas que no debía poseer.
Y no era la primera vez.
Había consultado mis solicitudes matrimoniales anteriores.
Las siete.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué?
Ethan abrió el historial.
Primera solicitud.
Rechazada por “misión urgente”.
Segunda.
Documentación incompleta.
Tercera.
Conflicto operativo.
Pero varias incidencias administrativas tenían el mismo punto en común.
Accesos desde terminales vinculados a la oficina de Marcus.
En fechas en las que Ivy trabajaba allí.
Marcus empezó a negar con la cabeza.
—No.
—Yo cancelé algunas bodas, sí.
Me miró.
—Pero no todas.
Entonces entendí.
Durante años había pensado que Marcus siempre elegía a Ivy antes que a mí.
Quizá algunas veces ni siquiera había sabido que estaba eligiendo.
Ivy fue llamada para explicar los accesos.
Al principio lloró.
Después dijo que únicamente quería proteger a Marcus.
Finalmente admitió algo.
Había retrasado documentación.
Ocultado notificaciones.
Provocado “emergencias” en días importantes.
Porque sabía que Marcus siempre acudiría cuando ella llamara.
Marcus salió de aquella reunión destruido.
Me esperó afuera.
—Clara.
—No.
—Perdí diez años.
Lo miré.
—Yo también.
—Podemos recuperarlos.
—No.
Esta vez mi voz no tembló.
—Ivy manipuló situaciones, pero tú tomaste tus propias decisiones.
Marcus bajó la cabeza.
Eso era lo que ninguna investigación podía borrar.
Pasaron tres meses.
Ethan jamás me pidió que actuara como su esposa.
Precisamente por eso, poco a poco, empecé a querer serlo.
Comíamos juntos.
Discutíamos sobre libros.
A veces paseábamos por el patio.
Una tarde lo encontré intentando alcanzar un expediente caído.
Me agaché.
Entonces vi algo bajo su escritorio.
Un pañuelo.
Viejo.
Cuidadosamente doblado.
Lo reconocí inmediatamente.
Era el que le había dado cuando tenía dieciocho años.
—¿Guardaste esto?
Ethan permaneció en silencio.
Aquella noche su madre me contó la verdad.
Las dos casas tampoco habían sido preparadas después de nuestra boda.
Ethan las había comprado años atrás.
Una estaba adaptada para él.
La otra figuraba desde hacía cinco años bajo una estructura destinada a protegerme financieramente si alguna vez abandonaba a Marcus.
—¿Por qué haría eso?
La anciana señora Whitmore sonrió tristemente.
—Porque mi hijo llevaba mucho tiempo queriéndote sin intentar poseerte.
Pero todavía quedaba una pregunta.
Si Ethan jamás había autorizado que su nombre apareciera en aquel informe…
¿por qué, cuando llegó la aprobación aquella mañana, ya estaba vestido, preparado y esperando en la oficina de registro?
Se lo pregunté esa noche.
Ethan guardó silencio.
Después abrió un cajón.
Sacó una copia de mi octava solicitud.
En una esquina había una nota escrita dos días antes de la apuesta:
“Si Marcus vuelve a rechazarla, apruébese la solicitud únicamente después de hablar personalmente con Clara Shaw.”
Debajo estaba la firma de Ethan.
Lo miré.
—¿Tú sabías?
—Sabía que algo estaba ocurriendo con tus solicitudes.
Sus ojos encontraron los míos.
—No sabía que Marcus pondría mi nombre.
Pausa.
—Pero llevaba meses esperando la oportunidad de preguntarte una sola cosa.
—¿Cuál?
Ethan extendió lentamente la mano.
No me tocó.

Esperó.
—Si alguna vez dejabas de elegir a Marcus…
Su voz bajó.
—quería saber si algún día podrías elegirme a mí.