Mi hermano fue el primero en reaccionar.
—¿Qué transferencia?
El abogado abrió la carpeta.
—La señorita Bennett ha transferido todas las patentes, diseños y contratos desarrollados por ella durante su estancia en el extranjero a su nueva compañía.
Mi padre se levantó de golpe.
—Claire, esos proyectos pertenecen a nuestra familia.
—No.
Dejé la caja de herramientas sobre la mesa.
—Los desarrollé después de que me expulsaron de la empresa.
Durante aquel año nadie preguntó cómo estaba.
Mientras ellos cuidaban las emociones de Emily, yo había trabajado.
Había creado diseños.
Registrado patentes.
Conseguido inversores.
Y aquella mañana había firmado el último contrato necesario para independizarme definitivamente de los Bennett.
Mi hermano palideció.
—¿Sabes cuánto dinero perderemos si te llevas esos proyectos?
—Sí.
—¡Entonces detén la transferencia!
Sonreí.
—¿Por qué?
Se quedó sin respuesta.
Emily comenzó a llorar.
—Claire, yo solo quería a Adrian. Nunca quise quitarte tu familia.
La miré.
—No me quitaste nada.
Señalé el anillo en su mano.
—Solo aceptaste todo lo que ellos estuvieron dispuestos a entregarte.
Adrian dio un paso hacia mí.
—Claire, podemos arreglar esto.
—No hay nada que arreglar.
—¿Y nosotros?
Aquella pregunta casi me hizo reír.
—Hace un año elegiste creerle a Emily sin escucharme.
—Estaba herida.
—Y yo también.
Silencio.
Me volví hacia los abogados.
—Continúen.
Mi padre golpeó la mesa.
—¡Si cruzas esa puerta, deja de considerarte una Bennett!
Lo miré tranquilamente.
—Eso también vine a hacer.
Tomé las llaves.
Detrás de mí, Adrian pronunció mi nombre.
No me detuve.
Entonces escuché a Emily decir:
—Adrian… ahora podemos comprometernos.
Hubo una larga pausa.
—No.
Me detuve por primera vez.
Emily palideció.
—¿Qué?
Adrian miraba únicamente hacia mí.
—Nunca quise casarme contigo.
Pero ya era demasiado tarde.
Me giré apenas.
—Entonces deberías haberlo dicho antes de aceptar cada llamada, cada noche junto a ella y cada vez que me pediste que cediera.
Abrí la puerta.
—Ahora ella tiene el vestido, el anillo y toda mi antigua vida.
Sonreí.
—Espero que ambos la disfruten.
Y me marché.

Esa noche, mientras los Bennett intentaban explicar a cientos de invitados por qué no había compromiso, yo abordé otro avión.
Esta vez nadie me estaba expulsando.
Me iba porque quería.
Y cuando Adrian finalmente descubrió quién financiaba mi nueva empresa, comprendió algo todavía peor:
el hombre que me esperaba al otro lado del vuelo era precisamente la persona que él había intentado superar durante toda su carrera.