—No.
Una sola palabra.
Pero cayó sobre Adrian con más fuerza que cualquier grito.
Sus amigos dejaron de reír.
Sophia arqueó una ceja.
Adrian me observó como si hubiera hablado en otro idioma.
—¿Qué dijiste?
Tomé mi bolso.
—Que no voy a ir contigo.
Su mandíbula se tensó.
—Claire, deja el drama.
Durante diez años aquella frase había funcionado.
Yo terminaba dudando de mí misma.
Me disculpaba.
Regresaba.
Esta vez sonreí.
—Buenas noches, Adrian.
Emma y yo salimos del club.
No miré atrás.
Pero antes de que las puertas se cerraran escuché una silla arrastrándose violentamente.
A la mañana siguiente tenía siete llamadas perdidas.
Todas de Adrian.
No respondí.
Al mediodía llegó un mensaje.
“Tenemos que hablar.”
Lo eliminé.
Después otro.
“¿Sigues enfadada por aquella estupidez?”
También lo eliminé.
El tercero llegó esa noche.
“Claire, ya es suficiente.”
Me quedé mirando esas palabras.
Él todavía pensaba que estaba esperando una disculpa.
No entendía que ya no esperaba absolutamente nada.
Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos.
Vendí mi coche.
Entregué las llaves de mi apartamento.
Firmé los documentos para Londres.
Mi vuelo salía el viernes a las 21:40.
Adrian seguía sin saberlo.
El jueves, mientras cenaba con Emma, mi teléfono comenzó a vibrar.
Era Sophia.
No pensaba contestar.
Hasta que vi su mensaje.
“Creo que deberías venir.”
Debajo había una dirección.
La casa del abuelo de Adrian.
Su fiesta de cumpleaños.
Respondí únicamente:
“No.”
Treinta segundos después apareció una fotografía.
Adrian estaba junto a su abuelo.
Y sobre la pared detrás de ellos colgaba el famoso cuadro.
La razón de aquella apuesta.
Entonces llegó otro mensaje.
“Adrian acaba de decir delante de toda su familia que ustedes siguen juntos.”
Sentí un frío extraño.
Emma leyó la pantalla.
—¿Qué vas a hacer?
Miré mi billete electrónico.
Faltaban veinticuatro horas para Londres.
—Nada.
Apagué el teléfono.
Pero alguien golpeó la puerta del restaurante.
Adrian estaba allí.
Sin abrigo.
Sin su habitual expresión arrogante.
Parecía haber conducido directamente desde la fiesta.
Cruzó el salón hasta detenerse frente a mí.
—¿Por qué vendiste tu coche?
No respondí.
—Fui a tu apartamento.
Silencio.
Su rostro palideció.
—Está vacío.
Entonces vio sobre la mesa mi pasaporte.
Y junto a él, accidentalmente visible, la confirmación del vuelo.
Londres.
Viernes.
21:40.
Por primera vez en diez años vi verdadero miedo en sus ojos.

—Claire…
Me puse de pie.
Adrian sujetó suavemente mi muñeca.
—No puedes irte.
Lo miré.
—Ya me fui hace una semana.
Sus dedos se aflojaron.
Y entonces dijo algo que hizo que incluso Emma levantara la mirada.
—Aquella apuesta no fue la verdadera razón por la que te pedí matrimonio.
Me quedé inmóvil.
Adrian tragó saliva.
—Mi abuelo me dio un ultimátum.
Sacó un sobre doblado del bolsillo.
Lo dejó frente a mí.
En la primera página aparecía mi nombre.
Y debajo, una condición relacionada con la herencia Blake que llevaba diez años oculta.
Entonces comprendí que el cuadro solo había sido el principio.