Gabriel sostuvo los papeles como si no entendiera el idioma.
—¿Quieres divorciarte por Tania?
—No. Quiero divorciarme por mí.
Tania intentó intervenir.
—Laura, si esto es por lo que acabas de ver…
—No tienes que explicarme nada.
Aquello pareció desconcertarla más que cualquier acusación.
Gabriel me siguió hasta el estacionamiento.
—Tenemos un hijo.
—Precisamente. Podemos ser padres sin seguir siendo esposos.
—¿Desde cuándo estás preparando esto?
Pensé en mi otra vida.
En mi licencia perdida.
En los años detrás de una cocina mientras él y Tania construían las carreras que yo había ayudado a salvar.
—Desde hace suficiente tiempo.
Me marché.
Durante las siguientes semanas hice exactamente lo contrario de mi vida anterior.
No renuncié al programa de North Harbor.
No cubrí las guardias de Gabriel.
No organicé su ropa ni sus comidas.
Y cuando Noah protestó porque yo viajaría durante meses, me agaché frente a él.
—Mamá también tiene sueños.
—Pero papá dice que siempre estás ocupada.
—Entonces papá tendrá que aprender a estar menos ocupado.
Por primera vez, Gabriel tuvo que recordar reuniones escolares, preparar desayunos y reorganizar turnos para cuidar a su propio hijo.
De repente empezó a comprender cuánto trabajo invisible había hecho yo durante años.
Pero ya era tarde.
Llegó el día de mi viaje.
A las cinco de la mañana estaba en el aeropuerto cuando sonó el teléfono.
Hospital Central.
Mi cuerpo recordó antes que mi mente.
En mi primera vida aquella llamada había destruido mi futuro.
Contesté.
—Doctora, el doctor Carter sufrió un accidente automovilístico. Necesitamos—
Cerré los ojos.
Había ocurrido exactamente como antes.
Gabriel había salido a buscar el pastel de cumpleaños de Tania.
—¿Está de guardia el doctor Reynolds?
—Sí, pero el caso es complicado. Usted conoce mejor—
—Entonces que siga el protocolo.
Hubo silencio.
—Doctora Morales…
—Estoy a punto de abordar un vuelo.
Colgué.
Mis manos temblaban.
No porque quisiera que Gabriel sufriera.
Sino porque todavía recordaba haber abandonado aquel aeropuerto una vez.
Recordaba correr hacia el hospital.
Recordaba salvarlo y perderme a mí misma.
Esta vez llamé al jefe de cirugía.
Le expliqué todo lo que sabía del caso y dejé claro que cualquier tratamiento debía mantenerse dentro de los procedimientos autorizados.
Después abordé.
Gabriel sobrevivió.
Los médicos necesitaron varias operaciones y una rehabilitación larga, pero sobrevivió sin que yo destruyera mi carrera por él.
Tania tampoco consiguió ocupar mi plaza.
Yo completé el programa con las mejores evaluaciones y, meses después, recibí el nombramiento que había perdido en mi primera vida.
Cuando regresé, el divorcio estaba casi terminado.
Gabriel vino a verme.
Caminaba con bastón.
—Esperé que aparecieras en el hospital —confesó.
—Lo imaginé.
—Cuando desperté y pregunté por ti, me dijeron que estabas en North Harbor.
Asentí.
Sus ojos se llenaron de una tristeza silenciosa.
—Antes habrías vuelto.
—Sí.
—¿Dejaste de quererme?
Pensé unos segundos.
—Dejé de quererme menos que a ti.
Gabriel bajó la mirada.
No discutió.
Con el tiempo también cambió su relación con Noah. Tener que cuidarlo sin una esposa resolviendo cada problema lo obligó finalmente a convertirse en un padre presente.
Tania siguió su propio camino.
Y yo recuperé el mío.
El día que colocaron la placa con mi nombre en la puerta de la jefatura, permanecí frente a ella durante mucho tiempo.
En mi primera vida aquella puerta había llevado el nombre de otra persona.
Esta vez decía:
Dra. Laura Morales — Jefa de Departamento.

Pasé los dedos sobre las letras.
No sentí venganza.
Sentí algo mejor.
Había vuelto un mes antes del accidente creyendo que mi segunda oportunidad consistía en no salvar a Gabriel.
Me equivocaba.
Gabriel podía ser salvado por otros médicos.
La persona que realmente necesitaba que yo regresara para salvarla…
era yo.