Ethan tardó varios segundos en reaccionar.
—Estaba borracho.
—Lo sé.
—Ni siquiera recuerdo haber dicho eso.
—Yo sí.
Tomó el acuerdo de divorcio, pero no lo abrió.
—¿Vas a destruir nuestro matrimonio por un nombre?
Negué lentamente.
—No. Por cinco años viviendo con un hombre que todavía esperaba a otra mujer.
Su rostro se endureció.
—Clara desapareció. Nunca tuve nada con ella mientras estaba contigo.
—Eso no cambia lo que escuché.
A la mañana siguiente llegaron los de la mudanza.
Ethan estaba junto a la puerta cuando bajaron mi última caja.
—Si cruzas esa puerta, no voy a perseguirte.
Lo miré.
—Eso dijiste de Clara durante cuatro años y todavía la llamas dormido.
Se quedó blanco.
Me marché.
Tres días después llegué a Chicago.
Y entonces ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba.
Clara regresó.
Ethan me llamó esa misma noche.
—Amelia, tienes que escucharme.
—¿Qué ocurre?
Hubo un silencio.
—Clara apareció hoy.
Cerré los ojos.
Qué ironía.
—Entonces felicidades. Ya no tienes que buscarla.
—No entiendes.
Su voz sonaba extrañamente vacía.
—La vi… y no sentí nada.
Solté una pequeña risa.
—Eso ya no es problema mío.
—Amelia…
—Firma el divorcio, Ethan.
Colgué.
Treinta días después recibí el acuerdo firmado.
Sin una sola modificación.
Meses más tarde supe que Clara había intentado acercarse nuevamente a él.
Ethan la rechazó.
Pero tampoco vino a buscarme.
Quizá finalmente había comprendido que algunas cosas no se arreglan descubriendo a quién amas demasiado tarde.
Yo tampoco regresé.
Porque aquella noche Ethan pronunció el nombre de otra mujer.
Pero la decisión que cambió mi vida no fue la suya.
Fue la mía.

Por primera vez, cuando alguien pidió que una mujer no se marchara…
yo elegí ser la que sí lo hizo.