PARTE 2: ESTA VEZ ME FUI YO

Antes, Damián habría respondido.

Una mirada suya bastaba para que cualquiera que me insultara empezara a disculparse.

Aquella noche permaneció callado.

Valentina bajó los ojos.

—No quiero causar problemas.

Sonreí.

—Entonces no los causes.

Algunos dejaron sus copas sobre la mesa.

Damián me miró.

—Sofía.

No levantó la voz.

Pero reconocí la advertencia.

Y eso fue suficiente.

No discutí.

No hice una escena.

Simplemente retiré mi brazo del suyo.

—Tranquilo. Ya entendí.

Valentina tomó asiento junto a él.

Yo elegí una silla al otro extremo de la mesa.

Durante la cena descubrí algo curioso.

Valentina conocía historias de Damián que yo jamás había escuchado.

Su primer viaje solo.

La universidad.

El coche que destrozó a los veinte.

La canción que escuchaba cuando estaba enfadado.

Todos reían recordando aquella época.

Yo también sonreía.

Hasta que alguien preguntó:

—Damián, ¿todavía conservas aquella casa de Valle de Bravo?

Valentina levantó inmediatamente la mirada.

—¿La casa del lago?

—Sí —respondió él.

Ella sonrió.

—Pensé que la habrías vendido.

—Nunca pude.

La mesa quedó extrañamente silenciosa.

Entonces comprendí.

No necesitaba preguntar qué significaba aquella casa.

Se notaba en la forma en que se miraron.

Me levanté.

—Me voy.

Damián frunció el ceño.

—Todavía no terminamos.

—Vosotros podéis seguir.

Valentina intervino:

—Si te incomoda que yo esté aquí, puedo marcharme.

—No.

Tomé mi bolso.

—Tú acabas de llegar. Sería absurdo que te fueras.

Damián se levantó.

—Te llevo.

—No hace falta.

—Sofía.

Lo miré directamente.

—Quédate.

Y me fui sola.

A la mañana siguiente desperté en mi propio apartamento.

No en el suyo.

Abrí el armario.

Durante años, Damián había llenado mi vida de cosas.

Bolsos.

Joyas.

Vestidos.

Viajes.

Pero mi apartamento seguía siendo mío.

Mi cuenta bancaria también.

Y, más importante todavía, nunca había dejado mi trabajo.

Damián me había ofrecido muchas veces hacerlo.

Siempre me negué.

Por primera vez agradecí aquella decisión.

Guardé en una caja todo lo que tenía suyo.

La llave de su casa quedó encima.

A las once llamó.

No contesté.

A las doce volvió a llamar.

A las dos apareció frente a mi puerta.

—¿Por qué no respondes?

—Estaba ocupada.

Vio la caja.

Su expresión se endureció.

—¿Qué significa esto?

—Que terminamos.

Damián soltó una pequeña risa incrédula.

—¿Por una cena?

—No.

—¿Por Valentina?

Negué.

—Por ti.

Eso borró su sonrisa.

—Nunca me prometiste amor, Damián. Nunca me pediste ser tu novia. Nunca hablamos de futuro. Yo acepté esas reglas porque pensé que también me servían.

Empujé la caja hacia él.

—Ya no.

—¿Y ahora simplemente desapareces?

—Sí.

—Después de todos estos años.

—Precisamente por eso.

Damián se quedó mirándome.

—¿Hay otro hombre?

Casi me reí.

—Siempre piensas que alguien tiene que quitarte las cosas para que dejen de pertenecerte.

Cerré suavemente la puerta.

Durante las siguientes semanas, Damián hizo algo que jamás había hecho cuando me tenía.

Me buscó.

Flores.

Llamadas.

Invitaciones.

Incluso apareció una noche frente a mi oficina.

No acepté nada.

Y entonces ocurrió lo que todos esperaban desde el regreso de Valentina.

Ella le pidió otra oportunidad.

Damián dijo que no.

Cuando me enteré, tampoco regresé.

Ese fue el detalle que él nunca había previsto.

Había pensado que mi problema era perder contra Valentina.

No entendió que yo había dejado de competir.

Meses después nos encontramos en otra recepción.

Damián se acercó.

—Valentina y yo nunca volvimos.

—Lo sé.

Pareció sorprendido.

—¿Y no significa nada para ti?

Sonreí.

—Significa que ella tampoco era el problema.

Pasé a su lado.

Durante años todos creyeron que yo vivía encerrada en una jaula de oro construida por Damián Herrera.

Se equivocaban.

La puerta nunca tuvo cerradura.

Solo necesitaba dejar de esperar que algún día él llamara amor a lo que había entre nosotros.

Y cuando finalmente salí, Damián descubrió algo que nadie se había atrevido a enseñarle:

mimarme podía hacer que me quedara un tiempo.

Pero nunca le dio el derecho de creer que yo le pertenecía.

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