Serena fue la primera en romper el silencio.
—¿Ivy? ¿Qué le pasó a Jason?
Todos miraron hacia la puerta.
Jason entró detrás de mí cojeando.
La expresión de Adrian cambió.
—¿Qué ocurrió?
—Nada —respondí.
Jason explotó.
—¡Intentó lanzarse de un coche en movimiento!
La sala quedó muda.
No dije nada.
No quería explicar lo que había ocurrido ni volver a ponerlo en palabras.
Solo quería llegar a mi habitación y alejarme de todos.
Pero Adrian se levantó.
—¿Por el video?
Lo miré.
Por primera vez aquella noche, desapareció la indiferencia de su rostro.
—Mandaré retirarlo —dijo—. Nadie volverá a compartirlo.
Casi sonreí.
—Qué considerado.
Adrian frunció el ceño.
—Ivy, no exageres. Fue una broma que se salió de control.
—¿Una broma?
—Serena llevaba días deprimida por el torneo. Solo quería animarla.
Serena se levantó inmediatamente.
—Adrian, no digas eso. Parece que fue culpa mía.
Elliot se acercó a ella.
Mason también.
Como siempre.
Entonces escuché al sistema.
“Anfitriona, se ha detectado inestabilidad emocional extrema. El método de retorno no requiere que provoques tu propia muerte.”
Me quedé quieta.
—¿Qué?
“La información anterior era incompleta. Tras completar la misión, puede solicitar una salida segura al finalizar el período de desvinculación.”
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
—¿Cuánto?
“Siete días.”
Siete días.
No tenía que arriesgarme otra vez.
Solo tenía que sobrevivir siete días más.
—Acepto.
“Proceso iniciado.”
Frente a mí apareció una cuenta regresiva que nadie más podía ver.
167:59:59
Respiré profundamente.
Luego miré a Adrian.
—Quiero el divorcio.
La taza que Mason sostenía dejó de moverse.
Adrian me observó como si hubiera hablado en otro idioma.
—Nos casamos esta mañana.
—Precisamente.
Me quité el anillo.
Lo dejé sobre la mesa.
—Ha sido suficiente.
Adrian no lo recogió.
—Estás alterada.
—No. Por primera vez estoy completamente segura.
Subí las escaleras.
Aquella noche dormí con la puerta cerrada.
Al día siguiente presenté formalmente una denuncia por la difusión del video.
No fui al comandante Morgan para pedir privilegios.
Entregué lo que tenía y pedí que se preservaran registros, dispositivos y testimonios.
La investigación empezó a moverse.
Y algo curioso ocurrió.
Adrian dejó de reír.
Porque el video no había aparecido mágicamente en el club.
Había salido de su dispositivo.
Jason había reenviado una copia.
Mason había permitido que se reprodujera en el salón.
Elliot había ordenado a dos soldados que no interrumpieran la “celebración”.
De repente, aquello ya no parecía una broma.
Parecía exactamente lo que había sido:
una humillación organizada.
El tercer día, Serena entró en mi habitación.
—Ivy, tenemos que hablar.
Seguí doblando ropa.
—Habla.
—Nunca quise que Adrian difundiera ese video.
—Bien.
Mi indiferencia pareció irritarla.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
—Antes siempre me culpabas.
Me detuve.
—No, Serena. Antes competía contigo.
La miré.
—Ahora puedes quedártelo todo.
Su expresión cambió.
—¿Incluido Adrian?
—Especialmente Adrian.
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
No porque me hubiera ganado.
Sino porque ya no quería jugar.
El cuarto día, Adrian me esperó fuera del edificio médico.
—Retira la solicitud de divorcio.
Pasé junto a él.
Me siguió.
—Ivy.
—General Walsh, estoy trabajando.
Aquella formalidad lo hizo detenerse.
—¿Desde cuándo me llamas así?
—Desde que recordé que ser tu esposa fue únicamente una misión.
No podía entender esa frase.
Nunca lo haría.
—¿Hay otro hombre?
Solté una risa.
Después de todo, seguía creyendo que mi vida tenía que girar alrededor de alguien.
—No.
—Entonces dame una oportunidad.
—Tuviste dieciséis años.
Adrian se quedó inmóvil.
Seguí caminando.
El quinto día fue el torneo militar de Serena.
Toda la base esperaba verla ganar.
Pero algo salió mal.
No con ella.
Conmigo.
El comandante Morgan apareció personalmente.
Mi padre adoptivo llevaba meses fuera en una inspección.
Había regresado después de recibir el informe sobre el video.
Entró en el campo de entrenamiento acompañado por varios oficiales.
Serena corrió hacia él.
—Tío Morgan…
Él pasó de largo.
Llegó hasta mí.
Y preguntó:
—¿Por qué no me llamaste?
Sonreí cansada.
—Porque pensé que podía resolverlo sola.
Morgan miró a Adrian.
Después a Elliot, Jason y Mason.
—Yo dejé a Ivy bajo vuestra protección cuando partí.
Nadie respondió.
—No necesitaba cuatro hombres protegiéndola —continuó—. Bastaba con que ninguno participara en destruirla.
Jason bajó la cabeza.
Adrian intentó hablar.
—Comandante, yo asumiré…
—No delante de mí.
Morgan me miró.
—Delante de ella.
Pero yo negué.
—No quiero disculpas.
Mi cuenta regresiva marcaba:
51:12:08
Solo quería tiempo.
El sexto día, Jason dejó una caja frente a mi puerta.
Dentro estaban todas las cosas que había guardado desde nuestra infancia.
Una brújula que le regalé a los doce años.
Una fotografía.
Una cinta del primer torneo.
Y una nota.
“No recuerdo cuándo dejamos de verte.”
No respondí.
Elliot solicitó formalmente asumir su responsabilidad en lo ocurrido.
Mason entregó los mensajes del grupo donde habían organizado aquella noche.
Y Adrian permaneció sentado frente a mi puerta durante horas.
—Ivy.
No abrí.
—Sé que estás despierta.
Silencio.
—El video ya desapareció de los sistemas internos. La investigación continúa.
Silencio.
Entonces su voz se quebró.
—No sé cómo arreglar esto.
Por primera vez le respondí.
—No puedes.
—Entonces dime qué puedo hacer.
Miré la cuenta regresiva.
08:03:41
—Vivir con ello.
A la mañana siguiente me vestí de blanco.
No como novia.
Era la misma ropa sencilla que llevaba cuando desperté por primera vez en aquel mundo dieciséis años atrás.
Dejé una carta para Morgan.
Otra para nadie.
No le debía explicaciones a Adrian.
El sistema comenzó la cuenta final.
00:00:10
Cerré los ojos.
Entonces escuché golpes desesperados en la puerta.
—¡Ivy!
Adrian.
Cinco.
—¡Abre!
Cuatro.
—Por favor.
Tres.
Nunca lo había escuchado decirme esa palabra.
Dos.
La puerta se abrió.
Adrian entró.
Sus ojos encontraron los míos.
—Ivy…
Uno.
Y el mundo desapareció.
Cuando desperté, olía a desinfectante.
Escuché un monitor.
Abrí los ojos.
Una habitación de hospital.
Mi habitación.
La verdadera.
Una enfermera salió corriendo.
—¡Está despierta!
Me llevé una mano al pecho.
No había dolor.
Mi corazón latía con fuerza.
Regular.
Vivo.
El sistema habló por última vez.
“Misión completada. Tratamiento concedido. Recompensa transferida.”
Cien millones.
Un corazón sano.
Una vida que finalmente era mía.
—¿Y ellos? —pregunté sin saber por qué.
La respuesta tardó.
“El vínculo con el mundo de misión ha terminado.”
Miré por la ventana.
El sol de mi mundo estaba saliendo.
—Bien.
Y esta vez lo decía de verdad.
Muy lejos, en otro mundo, Adrian Walsh encontró una habitación vacía.
Sobre la mesa estaba el anillo de matrimonio.
Morgan ordenó buscarme.
Jason recorrió carreteras.
Elliot revisó cámaras.
Mason reconstruyó mis últimas horas.
Nadie encontró nada.
Solo Adrian permaneció frente al anillo durante toda la noche.

Ellos habían creído que siempre habría tiempo para devolverme mi lugar después de cuidar primero a Serena.
No sabían que mi tiempo allí tenía una fecha de caducidad.
Y cuando finalmente empezaron a mirar hacia mí…
yo ya había vuelto a casa.