PARTE 2: ESTA VEZ ETHAN FUE QUIEN LLEGÓ TARDE

Ethan seguía mirándome.

Como si apenas entonces comprendiera que la mujer que había vivido cincuenta años a su lado ya no existía.

Serena fue la primera en romper el silencio.

—Hermana, ¿vas a casarte con el general Gu después de conocerlo solo dos años?

La miré.

—Tú te casaste con Ethan al día siguiente de que debía comprometerse conmigo.

Su rostro se endureció.

Alexander no intervino.

No necesitaba defenderme.

Eso, extrañamente, fue lo que más me gustó de él.

Ethan finalmente habló.

—Vivian, necesito hablar contigo.

—Puedes hacerlo aquí.

Miró a Alexander.

—A solas.

Negué.

—No tenemos secretos.

Aquella frase pareció afectarlo.

Después de una vida entera casados, probablemente esperaba seguir teniendo algún lugar especial dentro de mí.

Ya no lo tenía.

—En nuestra vida anterior —dijo Ethan— pensé que estaba haciendo lo correcto quedándome contigo.

—Lo sé.

—Nunca quise hacerte daño.

—También lo sé.

Su voz bajó.

—Entonces ¿por qué siento que me odias?

Lo miré durante unos segundos.

—No te odio.

Y era verdad.

—Simplemente dejé de competir con una persona que siempre ocupó primero tu corazón.

Serena soltó su brazo.

Ethan palideció.

—Vivian…

—Esta vez te di exactamente lo que querías.

Señalé suavemente a Serena.

—¿Por qué sigues mirándome como si hubiera sido yo quien te abandonó?

No respondió.

Entonces mi mirada cayó sobre el collar de Serena.

—Eso pertenecía a la abuela.

Serena lo tocó instintivamente.

Mi padre intervino.

—Son solo unas perlas. No hagas una escena.

Sonreí.

—No haré ninguna.

Días después, el administrador del patrimonio familiar confirmó que el collar figuraba entre los objetos que mi abuela había asignado expresamente a mi nombre.

No necesité arrancárselo del cuello durante una recepción.

Simplemente pedí que se siguiera el procedimiento correspondiente.

Serena terminó devolviéndolo.

Tres meses después llegó mi boda.

Ethan no asistió.

Mi padre sí.

Serena tampoco apareció.

Antes de entrar a la ceremonia, Alexander me preguntó:

—¿Estás segura?

No habló de Ethan.

No habló de nuestras familias.

Solo de mí.

Lo miré.

En mi primera vida había confundido permanencia con amor.

Había creído que cincuenta años juntos significaban que alguien me había elegido.

Esta vez entendía la diferencia.

—Sí.

Alexander extendió la mano.

La tomé.

Y mientras caminaba hacia la vida que había escogido por mí misma, comprendí por fin qué había significado aquella última frase de Ethan en su lecho de muerte.

No había sido una tragedia.

Había sido una respuesta.

En nuestra primera vida, Ethan necesitó cincuenta años para decirme dónde estaba su corazón; en la segunda, solo necesité una noche para creerle.

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