PARTE 2: ESTA VEZ, ELLOS NO SABÍAN LO QUE YO HABÍA ENTENDIDO

Pedí un café, me senté al fondo y saqué una libreta.

Escribí cada frase que recordaba.

Sophie estaba embarazada.

Julian era el padre.

Su familia sabía la verdad.

Y querían que yo criara al bebé.

Pero había algo que no entendía.

¿Por qué?

Si querían deshacerse de mí, ¿por qué necesitaban que yo me quedara?

A las diez de la mañana llamé a una antigua compañera de trabajo que ahora era abogada.

—Necesito que investigues algo sin que mi esposo lo sepa.

—¿Qué clase de algo?

—Una mujer llamada Sophie. Posible embarazo. Y cualquier documento relacionado con mi marido y su familia.

Hubo un silencio.

—Claire, ¿estás en peligro?

Miré por la ventana.

—Todavía no.

Pero sabía que eso podía cambiar.

Dos horas después recibí su primer mensaje.

“Encontré una transferencia mensual a Sophie desde hace ocho meses.”

Mi corazón se aceleró.

—¿De cuánto?

La respuesta llegó inmediatamente.

“Doce mil dólares.”

Me quedé mirando la pantalla.

Doce mil dólares al mes.

Pero entonces llegó otro mensaje.

“Y hay algo más.”

Esperé.

“Las transferencias no salen de la cuenta personal de Julian. Salen de una empresa registrada a nombre de tu suegro.”

Eso cambió todo.

No era simplemente una aventura.

Era dinero.

Dinero que probablemente también estaba relacionado con nuestro matrimonio.

Pedí el expediente completo.

Una hora después, mi abogada me llamó.

—Claire, necesito que escuches esto con mucha atención.

—Dime.

—La empresa de tu suegro transfirió más de ciento ochenta mil dólares a Sophie durante los últimos quince meses.

Me quedé inmóvil.

—¿Quince meses?

—Sí.

Sentí un escalofrío.

Quince meses.

Pero Julian llevaba apenas cinco meses hablando de su embarazo.

Entonces pregunté:

—¿Qué pasó hace quince meses?

Mi abogada tardó unos segundos en responder.

—Compraron una propiedad.

—¿A nombre de quién?

Silencio.

—A nombre de Sophie.

Cerré los ojos.

De repente recordé todas las veces que Julian me había dicho que nuestras finanzas estaban ajustadas.

Las vacaciones canceladas.

Las reparaciones que supuestamente no podíamos pagar.

La cuenta de ahorros que había disminuido sin explicación.

Y aquella noche, mientras yo servía el café, su madre había dicho:

“Haremos que ella críe a este bebé.”

No hablaban de ayudarme.

Hablaban de utilizarme.

Pero todavía faltaba una pieza.

Esa tarde regresé a casa como si nada hubiera ocurrido.

Julian estaba en la cocina.

—¿Te sientes mejor?

Sonreí.

—Mucho mejor.

Me abrazó por detrás.

—Mi madre quiere que vengas a cenar el domingo.

—Claro.

Se quedó mirándome.

—¿No vas a preguntar por qué?

—No.

Su expresión cambió apenas.

—Qué raro.

Me acerqué y le acomodé la corbata.

—Estoy cansada de hacer preguntas.

Él sonrió satisfecho.

—Eso me gusta.

Esperé a que saliera de la habitación.

Entonces abrí su computadora.

No necesitaba robar contraseñas.

Meses atrás, Julian había sincronizado su correo con la tableta familiar.

Encontré una conversación archivada.

El remitente era Sophie.

Abrí el primer mensaje.

“Julian, ella no puede saber todavía que el bebé no es tuyo.”

Me quedé helada.

Seguí leyendo.

“Si descubre quién es realmente el padre, todo el acuerdo se viene abajo.”

Mi mano comenzó a temblar.

¿Acuerdo?

Entonces apareció otro mensaje.

De Helga.

“Claire debe firmar antes de que nazca el niño.”

Debajo había una frase que me hizo olvidar incluso cómo respirar:

“Después de eso, las acciones de su padre pasarán al control de Julian.”

Me aparté de la computadora.

Mi padre.

Mis acciones.

Mi matrimonio.

Todo había sido una mentira.

Y entonces escuché la puerta principal abrirse.

Julian había vuelto.

Apagué la pantalla y me senté en el sofá.

Él entró sonriendo.

—Claire, tenemos que hablar.

Levanté la mirada.

—Claro.

No sabía que yo ya había leído el correo.

Y mucho menos que, al día siguiente, pensaba reunirme con el hombre que podía explicar exactamente qué significaban esas acciones.

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