PARTE 2: ESTA VEZ, EL QUE SE QUEDÓ SIN CASA FUE ÉL

Ethan soltó una carcajada.

—Claire, no empieces. Olivia y el niño se quedarán aquí temporalmente.

Saqué mi teléfono.

—Tenéis diez minutos para salir.

Olivia apareció detrás de él.

—Ethan me dijo que esta era vuestra casa.

—No. Es mi casa. La heredé de mi abuela antes de conocerlo.

La sonrisa de Olivia desapareció.

Ethan frunció el ceño.

—Cuando nos casemos tú y yo, dará igual de quién sea.

Levanté la mano.

Mi nuevo anillo brilló bajo la luz.

—Ese plan tiene un problema.

—¿Qué?

—Ya estoy casada.

Silencio.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Nathan entró con mi maleta que había quedado en su coche.

Ethan lo reconoció inmediatamente.

—¿Nathan Sterling?

Nathan observó mi pijama sobre Olivia, al niño saltando sobre el sofá y finalmente a Ethan.

—Supongo que este es el hombre que decidió casarse con otra mujer y reservarte para después.

Ethan palideció.

—Claire, dime que esto es una broma.

Saqué nuestro certificado.

Esta vez sí había un nombre junto al mío.

Nathan Sterling.

Ethan me arrebató el documento, lo leyó y perdió completamente la calma.

—¡Me dijiste que me esperarías!

—No. Tú decidiste que lo haría.

Olivia agarró su certificado matrimonial.

—Ethan, vámonos. Ahora somos una familia.

Él la apartó.

—¡Yo me casé contigo por el niño!

Nathan arqueó una ceja.

—Entonces felicidades. Has conseguido exactamente lo que querías.

Ethan intentó acercarse a mí.

—Claire, puedo divorciarme mañana.

Retrocedí.

—No hace falta. Te deseo un matrimonio largo, feliz e inseparable. ¿Recuerdas?

Aquella frase finalmente lo hizo entender.

No estaba castigándolo.

No intentaba darle celos.

Había terminado.

Llamé al personal de seguridad del edificio.

Diez minutos después, Ethan, Olivia y el niño estaban fuera.

Antes de irse, Ethan se volvió.

—Te arrepentirás.

Nathan tomó tranquilamente mi maleta.

—Puede esperar otros diez años para comprobarlo.

Cerré la puerta.

Meses después supe que la fantasía de Ethan se había derrumbado rápidamente. La convivencia que debía ser “solo por el niño” se convirtió en el matrimonio real que él mismo había elegido legalmente.

Yo no volví a intervenir.

Nathan tampoco me pidió que olvidara diez años de un día para otro.

Simplemente cumplió lo que había prometido desde el principio:

estar.

Una noche me preguntó:

—¿Sabes cuál fue mi momento favorito de nuestra boda?

—¿Cuando casi llegaste tarde?

Negó.

—Cuando preguntaron si aceptaba y pude decir que sí antes de que alguien volviera a elegir por ti.

Sonreí.

Ethan había creído que podía casarse con otra mujer y dejarme esperando hasta que estuviera listo para regresar.

Su único error fue olvidar algo muy sencillo.

Yo también podía elegir.

Y aquella vez, elegí al hombre que había cruzado medio mundo para llegar a tiempo.

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