Mercedes esperó.
No discutió durante la cena. No levantó la voz cuando Paola llevó otra caja al pasillo ni cuando doña Teresa comentó que “el sillón era bastante cómodo para alguien de su edad”.
Sirvió el arroz.
Lavó los platos.
Les dio las buenas noches.
Y cerró la puerta de su habitación.
A las diez y media, escuchó cómo las conversaciones se apagaban una por una. A las once, Andrés ya roncaba. A las once y cuarenta y cinco tomó su bolso, salió por la puerta trasera y caminó dos calles hasta la pequeña cerrajería que llevaba más de treinta años atendiendo a los vecinos del barrio.
—¿Don Ignacio? Soy Mercedes Salgado.
El hombre levantó la vista.
—¿Pasó algo?
—Necesito cambiar todas las cerraduras esta misma noche.
Don Ignacio no hizo preguntas. La conocía desde que su esposo Roberto vivía.
Media hora después, mientras Paola y su madre dormían convencidas de que la casa ya era prácticamente suya, las chapas de la puerta principal, la trasera y el portón habían sido sustituidas.
Mercedes guardó cuidadosamente las nuevas llaves.
Entonces recordó algo.
Cuando Paola llegó la primera semana, insistió demasiado en ordenar el estudio de Roberto.
—Hay muchos papeles viejos. Deberíamos tirar todo eso.
Aquella insistencia volvió a sonar extraña.
Mercedes entró al estudio.
Abrió el viejo archivero de madera que pertenecía a su esposo.
Los cajones parecían haber sido revisados.
Las carpetas estaban desordenadas.
Sin embargo, detrás de una caja con recibos antiguos encontró una carpeta color azul oscuro que jamás había visto fuera de aquel lugar.
No llevaba nombre.
Solo una liga amarilla sujetándola.
Al abrirla, el corazón empezó a latirle con fuerza.
Había copias de la escritura de la casa.
Avalúos recientes.
Un plano catastral.
Y, entre todos esos documentos, una hoja impresa que llamó inmediatamente su atención.
Era un borrador de contrato de compraventa.
El domicilio correspondía exactamente a su casa.
El precio era muy inferior al valor real.
Y donde debía aparecer la firma del propietario… alguien había colocado una copia digitalizada de la firma de Roberto, fallecido hacía cinco años.
Mercedes sintió un escalofrío.
Siguió revisando.
Encontró conversaciones impresas de correos electrónicos.
Uno de ellos decía:
“Cuando logremos convencer a la señora de firmar el poder, el resto será sencillo.”
Otro añadía:
“Con Andrés no hay problema. Él solo quiere evitar discusiones.”
No aparecía el nombre del remitente completo, pero al pie podía leerse una dirección parcialmente visible que terminaba con el apellido de Paola.
Mercedes dejó lentamente los papeles sobre el escritorio.
Ya no se trataba de una nuera autoritaria.
Alguien llevaba semanas preparando la forma de quedarse con la casa.
Respiró hondo.
Sacó el celular.
No llamó a su hijo.
Llamó primero al notario que durante años había trabajado con Roberto.
—Licenciado Álvarez… necesito que mañana mismo revise unos documentos. Creo que alguien está intentando despojarme de mi propiedad.

Del otro lado hubo unos segundos de silencio.
Después escuchó una respuesta que terminó de helarle la sangre.
—Doña Mercedes… me alegra que haya llamado hoy. Porque esta misma tarde alguien vino a preguntarme qué tan rápido podía inscribirse una compraventa… usando exactamente la dirección de su casa.