Victoria no me miró a mí.
Miró a Daniel.
Y por primera vez desde que entré en aquella habitación, él pareció realmente asustado.
—No lo hagas —dijo.
Victoria soltó lentamente el aire.
—Ya estoy cansada.
Daniel intentó incorporarse y soltó un gesto de dolor.
—Victoria.
—No.
Ella se volvió hacia mí.
—Laura, nunca tuvimos una relación física.
Daniel cerró los ojos.
Yo no dije nada.
Victoria continuó:
—Pero él sí estaba enamorado de mí.
Sentí que algo dentro de mí se quedaba completamente quieto.
No roto.
Quieto.
Como si una verdad que había estado golpeando la puerta durante años finalmente hubiera entrado.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Victoria tragó saliva.
—Desde antes de conocerte.
Daniel abrió los ojos.
—Eso no es verdad.
Ella se rio con amargura.
—¿Entonces quieres que le enseñe los mensajes?
Daniel palideció.
Yo lo miré.
—¿Qué mensajes?
Victoria sacó su teléfono.
—Cada vez que discutíais, me escribía.
Daniel apretó los dientes.
—Porque eras mi amiga.
—No me escribías como a una amiga.
Victoria deslizó el dedo por la pantalla.
—“A veces pienso que me equivoqué eligiendo a Laura.”
Otra pausa.
—“Si tú me hubieras dado una oportunidad, quizá todo habría sido diferente.”
Daniel levantó la voz.
—¡Estaba confundido!
Victoria siguió.
—“No puedo dejarla ahora. Después de tantos años sería cruel.”
Eso sí dolió.
No porque me sorprendiera.
Porque explicaba demasiadas cosas.
Cuatro años.
Yo creyendo que Daniel seguía conmigo porque me amaba.
Y él describiendo nuestra relación como una obligación de la que no sabía salir.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —pregunté.
Victoria bajó la mirada.
—Porque me convenía.
La sinceridad me sorprendió.
—Me gustaba saber que él siempre estaría disponible para mí.
—Victoria… —murmuró Daniel.
—Cállate.
Ella lo miró directamente.
—Tú tenías novia. Yo lo sabía. Y aun así te llamaba cada vez que estaba sola, cada vez que necesitaba ayuda, cada vez que quería sentirme importante.
Después me miró otra vez.
—No voy a fingir que soy inocente.
Daniel golpeó el colchón con la mano.
—¡Pero nunca pasó nada!
Me volví hacia él.
—Ese sigue siendo tu único argumento.
—¡Porque importa!
—No tanto como crees.
Me acerqué un paso.
—No necesito descubrirte en una cama con ella para saber que nuestra relación estaba llena de otra persona.
Daniel se quedó callado.
—Tú mismo lo dijiste —continué—. Cuando discutíamos, ibas con ella. Cuando ella llamaba, salías corriendo. Cuando yo necesitaba algo y coincidía con Victoria, yo perdía.
Se le quebró la voz.
—Yo te quiero.
Negué con la cabeza.
—Me quieres ahora que me voy.
Silencio.
Victoria dio un paso atrás.
—Yo también voy a irme.
Daniel la miró como si no hubiera entendido.
—¿Qué?
—No pienso seguir siendo esto.
—Victoria…
—Casi te matas por salvarme.
Ella empezó a llorar.
—Y mientras estabas inconsciente, me di cuenta de que si hubieras muerto, yo habría tenido que vivir sabiendo que llevaba años alimentando una relación que estaba destruyendo la tuya.
Daniel extendió la mano.
—No tienes que irte.
Victoria sonrió tristemente.
—Ese es exactamente el problema.
Se marchó primero.
Daniel y yo nos quedamos solos.
Por primera vez en cuatro años, Victoria no estaba entre nosotros.
Y descubrí que no quedaba gran cosa cuando la quitabas.
Daniel me miró.
—Laura, podemos arreglar esto.
—No.
—Podemos ir a terapia.
—Debiste proponerlo antes de que yo dejara la llave.
—Estaba ciego.
—No.
Lo miré con calma.
—Estabas cómodo.
Eso lo dejó sin palabras.
Tomé mi bolso.
Él volvió a llamarme.
—¿Y todo lo que vivimos?
Me detuve junto a la puerta.
—Fue real para mí.
Sus ojos se humedecieron.
—También para mí.
—Entonces quizá algún día entenderás por qué lo que hiciste fue peor.
Salí.
Durante las primeras semanas Daniel llamó constantemente.
Después mandó flores.
Cartas.
Correos.
Su madre incluso apareció en mi trabajo.
—Está destrozado.
La miré.
—Yo también lo estuve muchas veces.
—Pero él está herido.
—Yo no soy su enfermera.
No volvió.
Victoria me escribió una única vez.
“Lo siento. Tardé demasiado en reconocer mi parte.”
No respondí.
No porque la odiara.
Porque ya no necesitaba nada de ella.
Meses después supe que se había mudado a otra ciudad.
Daniel intentó seguir en contacto con ella.
Ella lo bloqueó.
Aquello me confirmó algo que antes no veía.
Daniel no había amado a Victoria como a una persona real.
Había amado lo que representaba.
La posibilidad.
La mujer que nunca tuvo.
La fantasía perfecta con la que podía comparar cualquier relación real.
Y yo había competido durante cuatro años contra una idea.
Una competencia imposible.
Pasó casi un año antes de que Daniel y yo volviéramos a vernos.
Fue por casualidad.
En una cafetería.
Ya caminaba sin muletas.
Me reconoció inmediatamente.
—Laura.
—Hola.
Me estudió.
—Te ves bien.
—Estoy bien.
Aquello pareció afectarle.
—Yo he estado yendo a terapia.
Asentí.
—Me alegro.
—Entendí muchas cosas.
No respondí.
Daniel respiró hondo.
—Te utilicé como refugio mientras emocionalmente esperaba a otra persona.

Lo miré.
—Sí.
—Y cada vez que tú lo notabas, te hacía pensar que estabas loca.
—También.
Bajó la cabeza.
—Lo siento.
Esta vez le creí.
Pero creer una disculpa no significa volver.
—Gracias por decirlo.
Levantó la mirada.
—¿Hay alguna posibilidad?
Pensé durante unos segundos.
Después negué.
—No.
No hubo rabia en mi voz.
Eso fue lo que terminó de convencerlo.
—Entiendo.
Sonrió con tristeza.
—Espero que encuentres a alguien que te ponga primero.
Lo miré.
—Yo ya lo hice.
Frunció el ceño.
Sonreí.
—Me encontré a mí.
Y me marché.
Durante cuatro años pensé que mi mayor problema era Victoria.
No lo era.
El problema era un hombre que necesitaba tenerme segura en casa mientras mantenía abierta emocionalmente otra puerta.
Daniel casi perdió la vida salvando a Victoria.
Pero fue aquella habitación de hospital la que terminó salvándome a mí.
Porque por primera vez entendí que no tenía que esperar a que alguien me traicionara de la peor manera posible para tener derecho a marcharme.
A veces basta con darse cuenta de que llevas demasiado tiempo siendo la segunda opción.