Valeria apenas alcanzó a dar dos pasos cuando Daniela levantó la vista.
—Su señoría, antes de continuar quisiera solicitar autorización para incorporar una prueba obtenida hace menos de 20 minutos.
El abogado de Sebastián sonrió con desdén.
—¿Otra factura?
Daniela negó lentamente.
—No. Una grabación.
Valeria se quedó inmóvil.
—Eso es improcedente —interrumpió el abogado.
—Lo determinará el tribunal —respondió la jueza—. Reproduzca el archivo.
La sala quedó en silencio.
Durante unos segundos solo se escuchó el ruido de personas caminando por el pasillo.
Después apareció la voz de Valeria, perfectamente clara.
—Un recibo no cambia nada.
Sebastián giró lentamente hacia ella.
La grabación continuó.
—Él tiene la casa, el dinero y una familia respetable. Cuando esto termine, Emilia estará en nuestro hogar.
La expresión de la jueza cambió.
Pero aún faltaba lo peor.
—Aunque ganes hoy, ya tenemos personas dispuestas a declarar que eres una madre peligrosa.
Nadie habló.
El abogado de Sebastián dejó de escribir.
Valeria intentó levantarse.
—Eso… eso está editado.
Daniela entregó inmediatamente el teléfono.
—Aquí está el dispositivo original. También la hora de grabación, los metadatos y la cadena de conservación.
La jueza observó a Valeria.
—¿Niega usted haber pronunciado esas palabras?
Valeria abrió la boca.
No salió ningún sonido.
Daniela aprovechó el silencio.
—Ahora quisiera volver sobre las siete llamadas ignoradas.
Conectó otro archivo a la pantalla.
Apareció el registro telefónico.
18 de marzo.
00:41.
00:47.
00:53.
01:08.
01:16.
01:31.
01:44.
Siete llamadas consecutivas.
Todas realizadas por Ana Lucía.
Todas sin respuesta.
—¿Reconoce este número, señor Cárdenas?
Sebastián tragó saliva.
—Sí.
—¿Contestó alguna llamada?
—No.
—¿Por qué?
—Estaba en una reunión.
Daniela colocó otra hoja sobre la mesa.
—La habitación 1812 del Hotel Presidente InterContinental fue registrada a las 20:18 horas. El servicio a la habitación pidió cena para dos personas a las 22:11. El desayuno para dos fue cargado a las 08:02 de la mañana siguiente.
Sebastián cerró los ojos durante un segundo.
Daniela continuó.
—Mientras su hija de tres semanas tenía fiebre, usted pasó la noche completa con la señorita Montes.
La jueza tomó notas sin levantar la vista.
Entonces Daniela abrió la carpeta más gruesa.
—Ahora hablemos del dinero.
El abogado contrario sonrió otra vez.
—Mi cliente siempre ha cumplido con sus obligaciones económicas.
—¿Está seguro?
Daniela colocó una pila de documentos sobre la mesa.
Facturas.
Transferencias.
Estados de cuenta.
Comprobantes bancarios.
—Durante los últimos once meses, el señor Sebastián Cárdenas utilizó recursos provenientes de la cuenta conyugal para gastos exclusivamente personales por un total de tres millones novecientos ochenta y seis mil cuatrocientos treinta pesos.
Toda la sala quedó en silencio.
La primera factura correspondía al anillo de diamantes.
La segunda, a viajes de fin de semana.
Después aparecieron restaurantes de lujo.
Vuelos.
Joyería.
Spa.
Muebles.
Todo pagado mientras Ana Lucía permanecía en casa cuidando un embarazo de alto riesgo.
Daniela levantó uno de los comprobantes.
—¿Reconoce esta compra de quinientos treinta mil pesos?
Sebastián apenas respondió.
—Sí.
—¿Era para su hija?
—No.
—¿Era para su esposa?
—…
—¿Era para la señorita Montes?
Valeria bajó la cabeza.
La jueza cerró la carpeta con fuerza.
—Señor Cárdenas, hasta este momento usted aseguró que la señora Ana Lucía no podía ofrecer estabilidad económica a la menor.
Daniela intervino.
—Precisamente porque el señor Cárdenas vació las cuentas comunes pocos días antes del nacimiento de Emilia.
La jueza levantó la mirada.
—¿Retiró usted esos recursos?
Sebastián ya no respondió con firmeza.
—Era mi dinero.
—No según estos estados financieros.
Daniela entregó otro documento.
—La mayor parte provenía de una herencia recibida exclusivamente por mi clienta y depositada temporalmente en la cuenta conjunta para cubrir gastos médicos del embarazo.
El rostro de Sebastián perdió todo color.
En ese momento sonó el teléfono de Valeria.
Ella intentó apagarlo.
Pero la pantalla quedó iluminada sobre la mesa.
Daniela alcanzó a leer el nombre del contacto.
Sonrió.
—Su señoría… antes de concluir, quisiera solicitar que ese dispositivo no sea manipulado.
El abogado contrario frunció el ceño.
—¿Con qué fundamento?
Daniela señaló la pantalla.
—Porque la persona que acaba de llamar es exactamente uno de los supuestos testigos que, según acabamos de escuchar en la grabación, iba a declarar falsamente que mi clienta era una madre peligrosa.
La jueza observó el teléfono.
Después miró directamente a Valeria.
—¿Quién es el señor Mauricio Ríos?
Valeria permaneció completamente inmóvil.
Entonces Daniela sacó un último sobre sellado.

—Su señoría… precisamente sobre ese señor Ríos hay un detalle que cambia por completo este juicio.
La jueza abrió el sobre.
Leyó apenas la primera página.
Y levantó la vista con una expresión de absoluta incredulidad.
—Señor Cárdenas… ¿me está diciendo que uno de sus principales testigos… fue condenado anteriormente por falso testimonio bajo protesta de decir verdad?