No podía enfrentarme a Flynn.
No todavía.
Regresé a nuestra suite fingiendo que apenas podía mantenerme despierta y escondí las pastillas que me entregó esa noche.
—Descansa, amor —susurró, besándome la frente—. A medianoche te llevaré a tomar aire.
Sonreí débilmente.
—Gracias.
En cuanto cerró la puerta, busqué debajo del escritorio.
Flynn había olvidado algo importante.
Mi padre no me había regalado simplemente un yate.
Me había regalado un yate diseñado para protegerme.
Había cámaras de seguridad en las zonas comunes y un sistema de emergencia conectado directamente con el capitán.
Presioné el botón silencioso.
Minutos después apareció un mensaje en la pantalla interna:
“Señora Sterling, hemos recibido su alerta.”
Escribí:
“Mi esposo y sus padres planean hacerme daño. No los confronte todavía. Guarde todas las grabaciones y mantenga personal de seguridad cerca.”
La respuesta llegó inmediatamente.
“Entendido.”
Entonces hice algo más.
Llamé por el canal seguro a mi padre.
Cuando escuché su voz, casi lloré.
—Papá, cancela el viaje a las montañas.
Silencio.
—¿Qué ocurre?
—No subas a ningún coche organizado por Flynn. Llama a seguridad y a nuestro abogado. Te explicaré después.
Mi padre no discutió.
—¿Estás segura?
Miré hacia la puerta.
—Todavía no.
A las doce menos diez, Flynn entró.
—¿Cómo te sientes?
Dejé caer la cabeza contra la almohada.
—Mareada.
Sonrió.
—El aire fresco te ayudará.
Me llevó hacia la cubierta de popa.
Aidan y Fiona permanecían dentro, fingiendo conversar.
La tormenta comenzaba a agitar el mar.
Flynn me sujetó por los hombros.
—Apóyate en mí.
Caminamos unos metros.
Entonces se detuvo.
Miré el océano.
Después lo miré a él.
—¿Aquí?
Parpadeó.
—¿Qué?
—¿Aquí pensabas hacerlo?
Su rostro cambió.
Retrocedí.
—Las pastillas. El poder. Los trescientos millones. Mis padres.
Flynn palideció.
—No sé de qué hablas.
—Yo sí.
Las luces de la cubierta se encendieron de golpe.
Dos miembros de seguridad aparecieron junto al capitán.
Aidan y Fiona salieron alarmados.
—¿Qué está pasando? —gritó Fiona.
El capitán habló con calma.
—Todos regresarán al interior.
Flynn intentó acercarse a mí.
Seguridad se interpuso.
—No la toque, señor.
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
Pero la verdadera sorpresa llegó cuando revisaron el supuesto poder que Flynn había mencionado.
Mi abogado llamó por videoconferencia.
—Flynn cometió un error —dijo—. El documento que usted firmó antes de la boda no permite controlar el fideicomiso Sterling.
Flynn se quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—Era un documento limitado preparado precisamente porque el señor Sterling desconfiaba de cualquier persona que intentara obtener acceso rápido al patrimonio de su hija.
Mis trescientos millones nunca habían estado a su alcance.
Las grabaciones del yate fueron preservadas y, al llegar al siguiente puerto seguro, entregamos la información a las autoridades correspondientes.
Mi padre también estaba a salvo.
Pero mientras nuestros abogados revisaban todo, encontraron algo que me heló la sangre.
Alguien había intentado acceder realmente al fideicomiso aquella misma noche.
No desde el yate.
Desde tierra.
Y había utilizado credenciales internas de la oficina financiera de mi padre.
Flynn dejó de sonreír cuando escuchó el nombre asociado al intento.
Yo también.
Era una persona que había trabajado junto a mi padre durante más de veinte años.
Alguien que conocía nuestras cuentas.
Nuestros viajes.
Nuestros horarios.
Incluso la ruta que mis padres iban a tomar hacia las montañas.
Entonces entendí que Flynn no había diseñado todo aquello.
Solo era la pieza que alguien había colocado a mi lado.
Mi luna de miel terminó esa noche.
Mi matrimonio también.
Pero la verdadera traición había comenzado mucho antes de conocer a Flynn.
Y cuando mi padre vio el nombre del hombre que había intentado entrar en nuestro fideicomiso, se quedó completamente pálido.
—Hija —susurró—, Flynn no se casó contigo por casualidad.
Levantó la mirada.
—Alguien se aseguró de que te conociera.