PARTE 2: El Vuelo Que Nunca Debía Coincidir

Carolina se detuvo en seco.

Primero miró a Emilia.

Después a los tres pequeños.

Y por último a Gerardo, cuyo rostro había perdido completamente el color.

—¿Quiénes son? —preguntó con una sonrisa forzada.

Gerardo tardó demasiado en responder.

Emilia no lo ayudó.

Lucía volvió a extenderle el pedazo de galleta.

—Ten…

Gerardo la tomó con manos temblorosas.

Era la primera vez que sostenía algo que venía directamente de una de sus hijas.

—Carolina… tenemos que hablar.

Ella frunció el ceño.

—Habla ahora.

Emilia acomodó la mochila sobre su hombro.

—No hace falta. Nosotros ya nos vamos.

Intentó seguir caminando.

Pero Carolina dio un paso al frente.

—No.

Miró fijamente a los niños.

—Quiero saber por qué ese bebé acaba de llamarte “papá”.

El silencio duró varios segundos.

Finalmente Gerardo cerró los ojos.

—Porque… lo soy.

Carolina retrocedió como si alguien acabara de golpearla.

—¿Qué?

—Son mis hijos.

Ella soltó una risa incrédula.

—Eso es imposible.

Me dijiste que nunca habías tenido hijos.

Gerardo bajó la cabeza.

—No lo sabía.

Emilia lo miró por primera vez con rabia.

—No.

Lo corregió con firmeza.

—No sabías que eran tres.

Pero sí sabías que había un embarazo.

Aquellas palabras hicieron que varias personas alrededor dejaran de caminar.

Carolina sintió que el aire le faltaba.

—¿Tú abandonaste a una mujer embarazada?

Gerardo no respondió.

No podía hacerlo.

Porque era verdad.

Entonces Carolina sacó lentamente su teléfono.

Abrió una conversación.

Se la mostró.

—Hace dos meses me propusiste fijar la fecha de nuestra boda.

Él permaneció inmóvil.

—Me juraste que no existía nadie más.

Emilia tomó la mano de Mateo.

—No vine a destruir tu relación.

Solo vine a abordar un avión.

Carolina observó a los tres pequeños.

Después volvió a mirar a Gerardo.

—¿Cuántos meses tienen?

—Dieciocho.

La mujer hizo un cálculo mental.

Su rostro cambió por completo.

—Entonces…

Levantó lentamente la vista.

—Cuando me pediste matrimonio… ya sabías que habías dejado embarazada a otra mujer.

Gerardo intentó acercarse.

—Déjame explicarte.

Carolina dio un paso atrás.

—No.

Su voz se quebró.

—Lo que necesito es entender cuántas veces me mentiste.

En ese momento sonó el altavoz del aeropuerto anunciando el último llamado para su vuelo.

Ninguno de los dos se movió.

Emilia aprovechó el instante.

Empujó la carriola.

Tomó la mano de Mateo.

Y comenzó a alejarse.

Gerardo reaccionó.

—¡Emilia!

Ella no se detuvo.

Solo respondió sin girarse.

—Hace dieciocho meses te pedí que fueras padre.

Hoy ya es demasiado tarde para aprender a serlo.

Siguió caminando.

Gerardo quiso correr detrás de ella.

Pero una mano lo sujetó del brazo.

Era Carolina.

Tenía lágrimas en los ojos.

Y sostenía un sobre color marfil que acababa de sacar de su bolso.

—Antes de perseguirla… hay algo que debes leer.

Él abrió el sobre sin entender.

Era un informe de un investigador privado.

En la primera página aparecía una fotografía de Emilia entrando al hospital el día del parto.

Debajo había una frase subrayada en rojo:

“El señor Arturo Beltrán ordenó personalmente que toda la correspondencia enviada por la señora Emilia Ríos jamás llegara a manos de su hijo.”

Gerardo sintió que el mundo volvía a detenerse.

Porque si aquel informe era cierto… no solo había abandonado a sus hijos.

Alguien había hecho todo lo posible para que nunca supiera la verdad.

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