PARTE 2: EL VINO QUE DESTROZÓ A LOS GRANT

Aquella noche pensé que lo peor que podía pasar era perder a Victor.

Me equivoqué.

Lo peor fue descubrir que la familia Grant no estaba arrepentida.

Estaban furiosos.

No porque su hijo hubiera abandonado una boda frente a cientos de personas.

Sino porque yo había decidido no quedar destruida por ello.

Después de la cena, mientras los invitados todavía hablaban en voz baja sobre el escándalo, recibí un mensaje del abogado de mi familia.

“Señorita Moore, revisamos los contratos relacionados con la boda. Hay algo que debería saber.”

Abrí el archivo adjunto.

Y sonreí.

Porque al parecer, Victor no solo había huido.

También había dejado una firma que podía cambiarlo todo.

Meses antes de la boda, ambas familias habían firmado un acuerdo.

Si alguna de las partes cancelaba el matrimonio después de iniciados los preparativos, debía asumir todos los gastos ocasionados.

Decoración.

Banquete.

Lugar.

Proveedores.

Incluso compensaciones a los invitados afectados.

Y había una cláusula más.

Una que Victor había firmado sin leer demasiado.

“Si el novio abandona la ceremonia sin causa justificada, la familia responsable deberá cubrir el doble del valor total del evento.”

Cerré el documento.

Durante meses Victor había pensado que yo era la mujer que aceptaba todo.

La mujer tranquila.

La mujer que perdonaba.

Pero había olvidado algo importante.

Ser amable no significaba ser débil.

Al día siguiente, la noticia ya estaba por toda la ciudad.

“El heredero Grant abandona su boda por una antigua amante.”

Pero había otra noticia que llamó aún más la atención.

“La novia abandonada convierte la humillación en una celebración millonaria.”

No me molestó.

Por primera vez, mi nombre aparecía sin estar relacionado con Victor.

Mientras tanto, él finalmente regresó.

Tres días después.

Llegó a mi casa como si todavía tuviera derecho a entrar.

—Sofía.

Lo miré desde la puerta.

Ya no sentía dolor.

Solo cansancio.

—¿Qué quieres?

Victor parecía diferente.

Menos arrogante.

Más desesperado.

—Necesito explicarte lo de Elena.

Levanté una mano.

—No.

Se quedó callado.

—No necesito saber por qué corriste detrás de otra mujer en nuestra boda.

—Eso ya lo sé.

Sus ojos cambiaron.

—No fue como piensas.

Casi sonreí.

—Victor, te fuiste.

—Eso es exactamente como pienso.

Bajó la mirada.

Por primera vez parecía entender la gravedad de lo que había hecho.

—Elena estaba en peligro.

—¿Y yo qué era?

La pregunta salió más fría de lo que esperaba.

—¿La mujer que podía esperar?

Él no respondió.

Y ese silencio fue suficiente.

Antes de irse, Victor dejó una última frase.

—Todavía te amo.

Lo miré durante varios segundos.

Luego señalé la calle.

—El problema, Victor, es que el amor que aparece después de destruirlo todo llega demasiado tarde.

Cerré la puerta.

Pensé que sería el final.

Pero esa misma noche, alguien apareció frente a mi casa.

El hombre del traje gris de la boda.

El que había brindado mientras todos me miraban con lástima.

El desconocido que parecía disfrutar mi venganza.

—Sofía Moore.

Lo miré sorprendida.

—¿Nos conocemos?

Él sonrió.

—No oficialmente.

Se acercó un poco.

—Pero llevo años escuchando hablar de ti.

Fruncí el ceño.

—¿Quién eres?

Extendió una tarjeta.

Un apellido apareció escrito en letras elegantes.

Blackwood.

Uno de los nombres más poderosos de la ciudad.

—Alexander Blackwood.

—Y creo que acabas de hacer algo que nadie se atrevió a hacerle a los Grant durante años.

Miré la tarjeta.

—¿Y eso qué significa?

Su sonrisa se hizo más profunda.

—Significa que quizá Victor Grant no fue el único hombre que cometió un gran error al perderte.

Y entonces entendí algo.

La boda que Victor destruyó…

quizás no era el final de mi historia.

Quizás era el comienzo.

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