PARTE 2: EL VIDEO QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR

El picaporte volvió a moverse.

Una.

Dos.

Tres veces.

Verónica sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

Raúl golpeó la puerta con los nudillos, esta vez con una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito.

—Vero… sé que estás ahí. No hagas esto más difícil.

Ella miró alrededor de la pequeña bodega.

Había cajas de papel, tóner para impresoras y un viejo ventilador que zumbaba en un rincón.

No había salida.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de Sandra, la dueña de la papelería.

“Quédate adentro. Ya llamé a seguridad del mercado.”

Verónica respiró hondo.

Volvió la vista hacia la pantalla.

El archivo seguía esperando.

“Video – Elena Salgado – 3 días después del funeral.mp4”.

Hizo doble clic.

La imagen apareció con poca luz.

Era la habitación de un hospital.

Su madre estaba mucho más delgada de lo que Verónica recordaba.

Tenía una cánula de oxígeno y hablaba con dificultad, pero sus ojos seguían llenos de esa determinación que siempre había admirado.

—Si estás viendo esto… significa que ya no estoy contigo.

Verónica sintió que las lágrimas le nublaban la vista.

—Vero… necesito que me escuches hasta el final.

Su madre hizo una pausa para recuperar el aire.

—Raúl no se casó contigo por amor.

El mundo dejó de girar.

Al otro lado de la puerta, Raúl volvió a hablar.

—Cariño… por favor.

Ella no respondió.

En el video, Elena continuó.

—Hace dos años descubrí que Mauricio Salvatierra estaba intentando quedarse con la fábrica. No podía hacerlo mientras tú conservaras tus acciones.

Verónica recordó todas las veces que Raúl insistió en vender.

Todas.

Sin excepción.

—Intenté advertirte —prosiguió su madre—, pero Raúl siempre encontraba la manera de alejarte de mí. Decía que yo quería controlar tu vida.

Las piezas comenzaron a encajar una tras otra.

Las llamadas perdidas.

Las visitas canceladas.

Las discusiones inventadas.

Los supuestos mensajes ofensivos de su padre que ella nunca vio directamente.

Todo había pasado por Raúl.

Elena levantó lentamente una carpeta amarilla.

—Aquí están las pruebas.

Contratos.

Transferencias.

Correos electrónicos.

Y algo más importante.

—Hay un acuerdo firmado entre Mauricio y Raúl.

Verónica dejó escapar un jadeo.

—Si logran convencerte de vender, Mauricio obtendrá el control absoluto de la empresa.

Su madre cerró los ojos unos segundos.

Cuando volvió a abrirlos, parecía reunir las últimas fuerzas que le quedaban.

—Y Raúl recibirá el quince por ciento de las acciones como pago.

Verónica sintió que el pecho le ardía.

Quince años de matrimonio.

Reducidos a una comisión.

Entonces el video mostró un documento.

La cámara se acercó lentamente.

Allí estaban las firmas.

La de Mauricio.

La de Raúl.

Y una cláusula resaltada.

“La operación solo podrá ejecutarse una vez obtenida la cesión voluntaria de Verónica Salgado.”

Un fuerte golpe sacudió la puerta.

—¡Verónica!

La voz de Raúl ya no sonaba dulce.

—¡Abre ahora mismo!

Sandra apareció al otro lado.

—¡Seguridad viene para acá!

Se escucharon pasos apresurados en el pasillo.

Raúl maldijo en voz baja.

Verónica siguió mirando la pantalla.

Quedaban apenas treinta segundos de grabación.

Su madre sonrió con tristeza.

—Si llegaste hasta aquí… significa que todavía estás a tiempo.

Tomó un sobre blanco que permanecía fuera de cámara.

—No confíes en Mauricio.

Pero tampoco en tu padre.

Verónica se quedó inmóvil.

¿Qué acababa de escuchar?

Elena sostuvo el sobre frente a la cámara.

—Porque el hombre que organizó todo… no fue ninguno de los dos.

Fue alguien que ha estado sentado en nuestra mesa durante más de veinte años…

…y tú siempre lo llamaste tío.

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