PARTE 2: EL VIDEO QUE HUNDIÓ A MI MADRE Y A MI HERMANO

No respondí la llamada de Diego.

Colgué.

Después caminé directamente al cuarto de monitoreo.

Tres meses antes había instalado cámaras de seguridad en toda la casa por recomendación de la aseguradora.

Mi madre jamás lo supo.

Encendí el sistema.

Retrocedí las grabaciones hasta la mañana.

A las nueve con diecisiete apareció Ofelia entrando al estudio.

Llevaba un manojo de llaves que solo Mariana y yo conocíamos.

Sentí un escalofrío.

¿De dónde las había sacado?

Minutos después llegó Diego.

No había esperado al día siguiente.

Ya estaba dentro de mi casa.

Los observé abrir la caja fuerte.

Sacar las barras de oro.

Guardar el dinero en dos mochilas deportivas.

Y meter los documentos originales en un portafolio negro.

Pensé que aquello era suficiente.

Pero seguí viendo.

Mi madre señaló la fotografía de Mariana que estaba sobre el escritorio.

Sonrió.

Después dijo una frase que todavía hoy me persigue.

—Cuando ese bebé nazca, esta casa ya será nuestra.

Diego soltó una carcajada.

—¿Y si mi hermano descubre el faltante?

—Para entonces ya habremos hecho el cambio de administrador.

Retrocedí el video.

¿Cambio de administrador?

Adelanté unos minutos.

Diego abrió el portafolio.

Dentro llevaba varias hojas preparadas.

Reconocí inmediatamente el formato.

Era un acta de asamblea extraordinaria.

La empresa.

Intentaban quedarse con mi empresa.

Utilizando los documentos originales.

Tomé capturas de todo.

Las envié a mi abogado.

Cinco minutos después recibí su llamada.

—No los enfrentes.

Déjalos creer que no sabes nada.

Necesitamos atraparlos cuando intenten registrar esos documentos.

Asentí.

A la mañana siguiente fingí aceptar la reunión con Diego.

Nos vimos en la oficina central.

Llegó acompañado por mi madre.

Entraron sonriendo.

Como si nada hubiera pasado.

Diego dejó una carpeta sobre mi escritorio.

—Hermano, traigo una propuesta para modernizar la empresa.

Abrí la carpeta.

Era exactamente el mismo proyecto que había visto en las cámaras.

Me convertían en presidente honorario.

Sin funciones reales.

Y él aparecía como nuevo director general con control absoluto de las cuentas.

—Solo falta tu firma —dijo.

Lo miré fijamente.

—¿Y si no firmo?

Mi madre respondió antes que él.

—Entonces perderás todo.

Respiré lentamente.

—Curioso.

Porque yo pensaba decir exactamente lo mismo.

Presioné el control remoto que tenía bajo el escritorio.

La pantalla de la sala de juntas se encendió.

Comenzó a reproducirse el video.

Ellos entrando al estudio.

Abriendo la caja fuerte.

Robando el efectivo.

Llevándose las barras de oro.

Mi madre perdió el color.

Diego se levantó de golpe.

—¡Eso está editado!

La puerta de la sala se abrió.

Entraron mi abogado.

Dos auditores externos.

Y tres agentes de la Fiscalía de Nuevo León.

Uno de los agentes colocó sobre la mesa una orden judicial.

—Señora Ofelia Martínez.

Señor Diego Martínez.

Existe una investigación por robo agravado, tentativa de fraude corporativo y falsificación documental.

Mi madre comenzó a llorar.

—¡Soy tu madre!

La miré con tristeza.

—La madre que conocía jamás habría pateado el vientre de mi esposa.

El agente pidió las llaves del vehículo de Diego.

Minutos después recibió una llamada por radio.

Habían localizado las barras de oro y el efectivo dentro de una bodega rentada a nombre de una empresa recién creada.

Pensé que todo había terminado.

Entonces uno de los auditores abrió el portafolio negro recuperado durante el cateo.

Dentro no solo estaban los documentos de la empresa.

Había otra carpeta.

Con mi nombre escrito a mano.

El auditor la abrió.

Guardó silencio unos segundos.

Después levantó la vista.

—Señor…

Creo que usted nunca fue el verdadero objetivo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quiere decir?

Sacó un contrato de seguro de vida.

La asegurada era Mariana.

La suma asegurada superaba los cincuenta millones de pesos.

El beneficiario no era yo.

Tampoco nuestro hijo.

Era mi madre.

Debajo había un formulario médico falsificado.

Indicaba que Mariana padecía una enfermedad terminal.

El auditor respiró profundamente.

—Este seguro fue contratado hace siete meses.

Justo un mes después de que supieron que su esposa estaba embarazada.

El agente de la Fiscalía cerró lentamente la carpeta.

—Entonces el robo era solo una parte del plan.

Alguien llevaba meses preparando un fraude mucho más grande…

Y para cobrarlo, Mariana tenía que morir antes de dar a luz.

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