PARTE 2: EL VIDEO QUE DESMONTÓ A LA MUJER QUE TODOS CREÍAN PERFECTA

Emiliano sintió que el estómago se le cerraba.

Patricia abrió la puerta de la habitación de Rosa sin tocar.

Miró hacia ambos lados para asegurarse de que nadie la observaba.

Luego dejó caer lentamente la pulsera dentro del cajón de la mesita de noche.

No lo hizo con prisa.

La acomodó con cuidado.

Como alguien que ya había repetido aquella escena antes.

Ramiro respiró hondo.

—Señor…

Emiliano levantó una mano.

No quería perder un solo segundo.

Patricia salió de la habitación y, delante de Daniela y Martina, marcó un número desde su celular.

—Seguridad interna, suban de inmediato. Descubrí quién estuvo robando en esta casa.

Martina comenzó a llorar.

—Rosa no roba…

Patricia se inclinó hasta quedar frente a ella.

—¿Quieres que tu papá descubra que también mientes?

La niña cerró la boca al instante.

Aquello no era un regaño.

Era miedo.

Del verdadero.

Cinco minutos después llegaron dos elementos de seguridad de la residencia.

Patricia cruzó los brazos.

—Revisen el cuarto de la empleada.

Rosa palideció.

—¿Qué sucede?

—Desapareció una joya de mucho valor.

—Yo no he tomado nada.

—Entonces no tendrás problema con que revisen.

Uno de los guardias abrió el cajón.

La cajita apareció casi de inmediato.

—Aquí está.

Los dos hombres miraron a Rosa con decepción.

Ella dio un paso atrás.

—No… eso no estaba ahí.

Patricia negó lentamente con la cabeza.

—Qué vergüenza.

—Cinco años de confianza para terminar así.

Daniela rompió en llanto.

—¡Ella no fue!

Patricia la sujetó del brazo con fuerza.

—Cállate.

—Tu padre necesita aprender quién merece estar cerca de ustedes.

Desde la sala de monitoreo, Emiliano ya no podía respirar con normalidad.

Las imágenes eran claras.

Nítidas.

Habían quedado registradas desde tres ángulos distintos.

No existía ninguna duda.

La pulsera nunca había desaparecido.

Patricia la había escondido.

Y utilizaba a sus hijas para construir una mentira.

Entonces Ramiro habló.

—Hay algo más, señor.

Abrió otra pantalla.

Correspondía a grabaciones de días anteriores.

Patricia aparecía entrando varias veces al cuarto de Rosa.

En una ocasión escondía dinero debajo del colchón.

En otra dejaba un reloj dentro del clóset.

En una tercera sacaba unos pendientes del bolso y los metía detrás de unos libros.

Siempre esperaba que la casa quedara casi vacía.

Siempre comprobaba antes que las cámaras visibles no apuntaran hacia ella.

Lo que ignoraba era la existencia del sistema oculto que Emiliano había instalado meses atrás después de un intento de secuestro.

El silencio se hizo pesado.

—¿Cuántas veces…? —preguntó Emiliano.

Ramiro tragó saliva.

—Al menos ocho incidentes registrados.

Ocho.

Durante meses había acusado a Rosa de robos inexistentes.

Había destruido su reputación poco a poco.

Pero aún faltaba lo peor.

Ramiro abrió un último archivo.

—Anoche revisamos las cámaras del dormitorio infantil.

Emiliano frunció el ceño.

—No hay cámaras dentro.

—No.

—Pero sí en el pasillo.

El video mostraba a Patricia entrando al cuarto de las niñas casi todas las noches.

A veces apagaba la luz.

Otras permanecía dentro varios minutos.

Después salía.

Daniela aparecía poco después llevando a Martina al baño.

Las dos lloraban.

Emiliano sintió un escalofrío.

—Acerca el audio.

El micrófono del pasillo apenas alcanzaba algunas palabras.

“…si le cuentan algo a su papá…”

“…Rosa se irá para siempre…”

“…y será culpa de ustedes…”

Martina sollozaba.

Daniela respondía entre lágrimas:

—No vamos a decir nada…

Patricia sonrió.

—Así me gustan las niñas obedientes.

El puño de Emiliano golpeó la mesa de monitoreo con tanta fuerza que una pantalla vibró.

Jamás en su vida había sentido una rabia semejante.

No solo había acusado a una mujer inocente.

Había utilizado el amor que sus hijas sentían por Rosa para mantenerlas aterrorizadas.

Ramiro dio un paso al frente.

—¿La detenemos ahora?

Emiliano observó otra vez el monitor.

Patricia ya abrazaba a Martina delante de los guardias, fingiendo consolarla mientras Rosa era escoltada hacia la salida.

Los empleados la miraban con desconfianza.

Algunos incluso apartaban la vista.

La habían condenado sin escucharla.

Emiliano cerró lentamente la carpeta donde Ramiro había reunido todas las grabaciones.

Su voz salió fría.

Demasiado fría.

—No.

Ramiro lo miró sorprendido.

—¿Señor?

—Todavía no.

—Quiero que siga creyendo que ganó.

—¿Por cuánto tiempo?

Emiliano tomó las llaves de la residencia.

Miró una última vez la imagen de sus dos hijas abrazadas detrás de Rosa.

Y respondió sin apartar los ojos de la pantalla:

—Solo hasta esta noche.

Porque delante de toda la familia, de los socios y de los invitados que Patricia había reunido para celebrar su supuesto compromiso…

Pensaba reproducir el video completo.

Y dejar que fuera ella misma quien destruyera la imagen perfecta que llevaba meses construyendo.

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