Julián sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué dijiste, mi amor?
Emilia bajó la mirada inmediatamente.
Como si hubiera dicho algo prohibido.
—Nada…
—Emilia.
Él habló con la voz más suave que pudo.
—¿Quién es Lucía?
La niña abrazó con fuerza su conejo de peluche.
—No sé.
Tragó saliva.
—Solo escuché a mamá decir ese nombre cuando pensaba que yo estaba dormida.
Julián ya no hizo más preguntas.
Subió al automóvil.
Lo primero era el hospital.
Una hora después, el médico terminó de revisar a Emilia.
—Tiene una contusión importante en la espalda y hematomas compatibles con un golpe fuerte contra una superficie rígida.
Julián apretó los puños.
—¿Pudo haberse producido por una simple caída?
El médico fue prudente.
—No puedo afirmar cómo ocurrió.
Hizo una pausa.
—Pero, dada la edad de la menor y la lesión, estamos obligados a activar el protocolo correspondiente.
Julián asintió.
—Hagan todo lo que sea necesario.
Cuando salió del consultorio, encontró a doña Refugio esperándolo en el pasillo.
La mujer sostenía su bolso con ambas manos.
Parecía muy nerviosa.
—¿Cómo supo que estábamos aquí?
Ella sonrió con tristeza.
—Te seguí.
Julián frunció el ceño.
—Necesito hablar contigo.
Miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchara.
—Pero no aquí.
Se sentaron en una pequeña cafetería frente al hospital.
Doña Refugio dejó su teléfono sobre la mesa.
Tardó varios segundos en reunir valor.
—Llevo dieciséis años viviendo frente a ustedes.
Julián asintió.
—Lo sé.
—Y durante muchos años pensé que debía callarme.
Él sintió un escalofrío.
—¿Callar qué?
La mujer bajó la vista.
—Lo que pasa dentro de esa casa.
Abrió lentamente la galería de su teléfono.
Había decenas de videos.
Fotografías.
Fechas.
Horas.
Julián la miró sorprendido.
—¿Qué es todo esto?
—Pruebas.
Él levantó la cabeza.
—¿Pruebas de qué?
Doña Refugio respiró profundamente.
—De cosas que siempre me parecieron extrañas.
Comenzó a reproducir un video.
La fecha marcaba tres meses atrás.
Se veía el jardín de la casa de Julián.
Mariana arrastraba bruscamente a Emilia del brazo.
La niña lloraba.
No se escuchaba claramente la conversación.
Pero el movimiento era suficiente para que el pecho de Julián se cerrara.
—¿Por qué grabó esto?
La mujer tardó unos segundos en responder.
—Porque hace dieciséis años no grabé nada.
Julián sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué ocurrió hace dieciséis años?
Doña Refugio cerró la aplicación.
Durante unos segundos pareció arrepentirse de haber empezado a hablar.
Finalmente susurró:
—Había otra niña.
El corazón de Julián comenzó a latir con fuerza.
—¿Lucía?
La mujer levantó lentamente la vista.
—Sí.
Era la primera vez que alguien pronunciaba ese nombre delante de él.
—¿Quién era?
Doña Refugio apretó los labios.
—Todos creíamos que era una sobrina de Mariana.
—Yo nunca la conocí.
—Porque desapareció antes de que tú llegaras a esa casa.
El silencio cayó entre los dos.
Julián apenas podía respirar.
—¿Qué pasó con ella?
La mujer negó lentamente con la cabeza.
—Eso es lo que nadie supo jamás.
Sacó otro video.
No era reciente.
Era antiguo.
Muy antiguo.
La imagen tenía poca calidad.
La fecha aparecía en una esquina.
Dieciséis años atrás.
En la pantalla se veía el jardín de la misma casa.
Una niña de unos seis años jugaba con una pelota.
Tenía el cabello largo.
Y llevaba un vestido amarillo.
Mariana apareció en la imagen.
Comenzó a discutir con la pequeña.
Aunque el audio era deficiente, era evidente que la estaba regañando.
Segundos después…
La niña salió corriendo hacia el interior de la vivienda.
El video terminaba allí.
Julián sintió un escalofrío.
—¿Y después?
Doña Refugio bajó el teléfono.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Después nunca volví a verla.
Julián permaneció inmóvil.
—¿Nadie preguntó por ella?
—Sí.
—¿Y qué respondió Mariana?
La mujer tragó saliva.
—Que la niña se había ido a vivir con unos familiares.
Hizo una pausa.
—Pero jamás volvió.
El teléfono de Julián vibró.
Era un mensaje de Mariana.
“Si sigues inventando historias contra mí, no vuelvas a esta casa.”
Él bloqueó la pantalla sin responder.
Entonces doña Refugio tomó aire y le entregó una memoria USB.
—Hay algo más aquí dentro.
Julián la observó confundido.
—¿Qué contiene?
La mujer respondió con la voz quebrada:

—El video que nunca me atreví a enseñar.
El que grabé por accidente la noche en que Lucía desapareció.
Y lo que aparece en esa grabación… explica por qué Mariana llevaba dieciséis años aterrorizada cada vez que alguien pronunciaba ese nombre.