PARTE 2: EL VIAJE QUE NUNCA EXISTIÓ

Claudia dejó el teléfono sobre la mesa.

La fotografía de Mauricio abrazando a otra mujer seguía abierta en la pantalla.

No lloró.

Lo que sintió fue algo mucho más peligroso.

Claridad.

Al otro lado de la puerta, Elena seguía golpeando.

—¡Abre ahora mismo! ¡Voy a llamar a mi hijo!

Claudia abrió.

La suegra levantó el teléfono con aire triunfal.

—¡Mauricio! Tu esposa acaba de bloquear todas tus tarjetas.

La llamada pasó directamente al buzón.

Lo intentó otra vez.

Nada.

Una tercera.

Lo mismo.

Claudia sonrió apenas.

—Debe estar muy ocupado disfrutando Los Cabos.

Elena se quedó helada.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

Entró a su estudio y cerró la puerta.


Una hora después sonó el teléfono.

Era Mauricio.

—¿Qué demonios hiciste?

—¿Con qué?

—¡Mis tarjetas fueron rechazadas!

—Qué raro.

Claudia abrió lentamente la fotografía enviada por Bruno.

—Pensé que en Tokio aceptaban tarjetas mexicanas.

Hubo un silencio.

—¿Cómo sabes…?

—La pregunta correcta es otra.

Respiró despacio.

—¿Cómo explicas una compra de doscientos ochenta y cinco mil pesos en Masaryk veinte minutos después de “abordar” un vuelo internacional?

Mauricio no respondió.

Ella continuó.

—Y una reserva presidencial en Los Cabos para dos personas.

—Claudia…

—No mientas.

Él cambió inmediatamente de tono.

—No entiendes.

—Era una reunión con inversionistas.

—¿En traje de baño?

Silencio.

—¿Con una caja de diamantes?

Silencio otra vez.

Claudia colgó.


Esa misma noche, Bruno llegó al departamento.

Traía una memoria USB.

—Encontré algo peor.

La conectó a la computadora.

Aparecieron decenas de mensajes recuperados.

Grupo privado:

Proyecto Libertad.

Integrantes:

Mauricio.

Elena.

Don Julián.

Y una mujer llamada Paola.

Claudia reconoció inmediatamente el rostro de la fotografía en Los Cabos.

La amante.

Bruno abrió el primer audio.

La voz de Elena llenó el despacho.

—Primero nos instalamos en el departamento.

Luego hacemos que Claudia firme el poder para administrar todo mientras Mauricio “vive” en Japón.

Después la convencemos de vender.

Cuando el dinero entre…

…ella ya no nos servirá.

Don Julián soltó una carcajada.

—Y Mauricio regresa casado con Paola.

Todos rieron.

Claudia permaneció inmóvil.

Aquello nunca había sido una infidelidad improvisada.

Llevaban meses preparándolo.


Bruno abrió otro archivo.

—Escucha este.

Era Mauricio.

—Mientras ella cuide a mis padres no hará preguntas.

Cuatro años son suficientes para vaciar todas las cuentas.

Después pedimos el divorcio.

Paola preguntó:

—¿Y si descubre que nunca fuiste a Japón?

Mauricio respondió riendo.

—No descubrirá nada.

Mi madre la tendrá demasiado ocupada cocinando y cambiando pañales para mi padre.

Claudia cerró lentamente la computadora.

No dijo una palabra.

Bruno la observó.

—¿Qué vas a hacer?

Ella caminó hasta la caja fuerte.

Sacó una carpeta azul.

Dentro había escrituras, estados financieros y el acta constitutiva de la empresa familiar.

Bruno comenzó a leer.

Su expresión cambió.

—Espera…

—¿Mauricio solo posee el quince por ciento?

Claudia asintió.

—El resto es mío.

—¿Él no lo sabe?

—Nunca leyó lo que firmó.

Creía que administrar era lo mismo que ser dueño.


A la mañana siguiente, Elena despertó sonriendo.

Pensó que Claudia ya habría preparado el desayuno.

La mesa estaba vacía.

Solo había un sobre.

Dentro encontró una carta.

“Desde este momento tienen setenta y dos horas para abandonar mi departamento.”

“La empresa suspendió todas las tarjetas corporativas asignadas a Mauricio Serrano.”

“También quedó revocado cualquier poder de representación.”

Abajo aparecía una última línea.

“La junta extraordinaria del consejo será hoy a las diez.”

“No la convocó Mauricio.”

“La convoqué yo.”

Elena sintió que las manos comenzaban a temblarle.

En ese instante sonó su teléfono.

Era Mauricio.

Contestó desesperada.

—¡Hijo!

Del otro lado solo se escuchó una voz agitada.

—Mamá…

…acabo de llegar a la empresa.

Hay auditores.

Abogados.

Y seguridad privada.

No me dejan entrar.

Elena dejó caer el teléfono.

Porque comprendió que Claudia no estaba reaccionando a una traición.

Llevaba toda la noche ejecutando un plan.

Y el primer imperio que acababa de derrumbar…

no era su matrimonio.

Era el de Mauricio.

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