PARTE 2: EL VERDADERO TRAIDOR

Víctor no apartó los ojos del monitor.

Su primer impulso fue subir, arrancar a Natalia de la casa y exigir respuestas.

No lo hizo.

Si llevaba meses intentando dañar a Leo, necesitaba saber por qué.

Y, sobre todo, necesitaba descubrir si actuaba sola.

Llamó únicamente al médico de confianza de su hijo.

—Ven a la casa. Sin avisar a nadie.

Después siguió observando.

Nora guardó la muestra de sopa, sustituyó la comida de Leo y se sentó junto a él.

—Ya estamos cerca, campeón.

Leo movió los dedos.

Una vez.

Dos veces.

Nora se quedó inmóvil.

—¿Me entiendes?

Los dedos volvieron a moverse.

Víctor sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Su hijo estaba allí.

Consciente.

Atrapado en el silencio.

El médico llegó y analizó la muestra. Más tarde confirmó que contenía una sustancia que podía provocar somnolencia, confusión y empeorar seriamente el estado de un niño vulnerable.

Víctor comprendió entonces algo aterrador:

Tal vez Leo no había permanecido desconectado durante catorce meses únicamente por las consecuencias del accidente.

Alguien se había asegurado de mantenerlo así.

Esa noche Natalia apareció en la oficina.

—¿Sigues vigilando al niño?

Víctor levantó la mirada.

—Es mi hijo.

Ella suspiró.

—Y nosotros vamos a casarnos. Algún día tendrás que aceptar que Leonardo nunca volverá a ser normal.

Víctor apretó los dientes.

—¿Qué quieres que haga?

Natalia se acercó y apoyó una mano sobre su hombro.

—Dejarlo ir.

Víctor la miró.

—¿Por qué te importa tanto?

Por primera vez, Natalia perdió la sonrisa.

Solo durante un segundo.

Pero fue suficiente.

Víctor decidió tender una trampa.

A la mañana siguiente anunció delante de Natalia y Diego:

—Llevaré a Leo a Houston. Encontré especialistas que quieren reevaluar su caso. Salimos mañana.

Diego asintió.

Natalia palideció.

—¿Houston?

—Sí.

—¿Y si no sirve?

—Entonces habré perdido dinero. No me importa.

Aquella madrugada, las cámaras detectaron movimiento.

Pero no fue Natalia quien entró en la habitación.

Fue Diego.

El hombre que llevaba quince años junto a Víctor.

El hombre que conocía sus rutas.

Sus vehículos.

Sus horarios.

Diego cerró la puerta y se acercó a la cama.

Leo abrió los ojos.

Y comenzó a temblar.

Nora apareció detrás de Diego.

—Aléjate del niño.

Diego se giró.

—No sabes dónde te estás metiendo.

Entonces se encendieron las luces.

Víctor estaba en la puerta acompañado por seguridad.

Diego se quedó blanco.

—Jefe…

—La ruta del accidente —dijo Víctor—. Fuiste tú.

Silencio.

—Tú sabías exactamente por dónde pasaríamos aquella noche.

Diego bajó lentamente la cabeza.

Natalia apareció en el pasillo.

Al ver la escena, retrocedió.

Víctor la señaló.

—Que nadie la deje salir.

—¡Víctor, estás loco!

—Entonces explícame por qué Diego entró aquí minutos después de que tú recibieras un mensaje suyo.

Natalia miró a Diego.

Ese gesto terminó de traicionarlos.

La verdad salió durante la investigación posterior.

Natalia y Diego llevaban años relacionados en secreto.

El matrimonio con Víctor debía darle a ella acceso a una fortuna y a una red empresarial que su familia quería controlar.

Clara había descubierto movimientos financieros sospechosos poco antes del accidente.

Y aquella noche iba a contárselo a Víctor.

Nunca llegó a hacerlo.

Leo había sobrevivido.

Y ese era el problema.

Porque aunque no hablaba…

había visto suficiente.

Durante meses habían intentado mantenerlo confundido y sin capacidad de comunicar lo que recordaba.

Nora había empezado a sospechar después de notar que Leo empeoraba especialmente tras ciertas comidas.

—¿Por qué no me dijiste nada? —le preguntó Víctor.

Nora sostuvo su mirada.

—Porque usted confiaba en ellos.

Miró hacia Leo.

—Y yo necesitaba pruebas antes de acusar a su futura esposa.

Víctor guardó silencio.

—¿Y tu antigua acusación por medicamentos?

Nora sonrió con tristeza.

—Denuncié irregularidades en el hospital. Alguien hizo que pareciera que yo era responsable.

Por primera vez, Víctor comprendió por qué ella había reconocido tan rápido las señales.

Meses después, Leo comenzó una rehabilitación diferente.

El progreso fue lento.

Hasta que una tarde Víctor estaba sentado junto a su cama mientras Nora le leía.

Leo movió los labios.

—Pa…

Víctor levantó la cabeza.

—¿Leo?

El niño respiró con esfuerzo.

—Papá.

Víctor cerró los ojos.

No lloraba desde la muerte de Clara.

Aquella tarde lo hizo.

Se inclinó sobre su hijo y le tomó la mano con cuidado.

Nora salió de la habitación para dejarlos solos.

Víctor miró a Leo.

Había pasado catorce meses buscando enemigos fuera de su casa.

Había cambiado guardias, despedido empleados y desconfiado de desconocidos.

Pero quienes habían destruido su familia cenaban en su mesa.

Y la mujer de la que más había desconfiado…

había sido la primera que realmente escuchó a su hijo.

Leo apretó débilmente sus dedos.

Víctor respondió al gesto.

Esta vez entendió el mensaje.

Su hijo nunca había dejado de estar allí.

Solo había estado esperando que alguien descubriera la verdad.

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