El salón quedó inmóvil.
Todas las miradas siguieron la dirección de los ojos de Damián.
El vaso de vino seguía sobre la mesa.
Medio lleno.
Intacto desde que Aurelio se desplomó.
Víctor habló primero.
—¿Quién lo sirvió?
Damián respondió sin apartar la vista de la copa.
—Nadie del restaurante.
Hizo una pausa.
—Lo trajo uno de los nuestros.
El silencio se volvió más pesado.
Mariela seguía concentrada en Aurelio.
Contó lentamente los latidos en su muñeca.
—Treinta y ocho…
Respiró hondo.
—Vamos… no se me vaya.
Aurelio abrió apenas los ojos.
Su respiración seguía siendo superficial, pero el color de sus labios comenzaba a mejorar muy lentamente.
Mariela levantó la cabeza.
—No toquen ese vaso.
Víctor asintió de inmediato.
Dos escoltas rodearon la mesa.
Nadie se acercó.
Damián caminó despacio hasta el carrito donde habían servido el vino.
Observó la botella.
El sello estaba roto.
Pero solo una copa había sido servida directamente desde aquella botella.
La de Aurelio.
—¿Quién la abrió? —preguntó.
Un joven sommelier levantó la mano con evidente nerviosismo.
—Yo… pero después el señor Julián pidió terminar de servirle personalmente al patrón.
—¿Julián?
Varias cabezas giraron al mismo tiempo.
La silla donde había estado sentado Julián estaba vacía.
El teléfono que había dejado sobre el mantel seguía allí.
Su chaqueta también.
Pero él había desaparecido.
—Cierren todas las salidas —ordenó Damián.
Cuatro hombres abandonaron el salón de inmediato.
Mariela apenas escuchó la orden.
Toda su atención seguía sobre Aurelio.
Volvió a revisar sus pupilas.
Su pulso.
Su respiración.
Algo no terminaba de encajar.
Frunció el ceño.
—¿Qué pasa? —preguntó Víctor.
Ella miró nuevamente el vaso.
Después la botella.
Finalmente volvió a Aurelio.
—Hay algo raro.
—¿Qué cosa?
—Si todo hubiera estado únicamente en el vino…
Hizo una breve pausa.
—Los síntomas habrían aparecido mucho antes.
Víctor la observó en silencio.
Mariela tomó con cuidado la servilleta de lino que estaba junto al plato de Aurelio.
La acercó a su nariz.
Olía a limón.
Mantequilla.
Y un perfume intenso.
Luego levantó el pequeño plato donde descansaban unas rodajas de limón para los mariscos.
Acercó una de ellas.
La observó bajo la luz.
No la tocó directamente.
Solo la giró con un tenedor.
Entonces comprendió.
—No empezó en el vino.
Todos esperaban su respuesta.
—¿Dónde entonces?
Mariela señaló el plato.
—En el acompañamiento.
Los escoltas intercambiaron miradas.
Ella continuó.
—Quien quisiera hacer daño necesitaba asegurarse de que solo una persona recibiera la sustancia.
Miró la copa.
—La bebida pudo haber servido para ocultar el sabor…
Después señaló el plato.
—Pero el primer contacto probablemente estuvo aquí.
Víctor respiró lentamente.
—¿Está seguro?
Mariela negó con honestidad.
—No puedo afirmarlo sin un análisis.
Hizo una pausa.
—Pero sí puedo decir una cosa.
Todos guardaron silencio.
—Si destruyen la copa, el plato o la botella antes de que los revise un laboratorio, también destruirán la mejor oportunidad de saber qué ocurrió realmente.
Damián guardó lentamente su arma.
Por primera vez desde que ella había entrado al salón, la miró con respeto.
—¿Y usted… cómo sabe todo eso?
Mariela permaneció unos segundos callada.
Después respondió con una voz mucho más baja.
—Porque hace cuatro años trabajaba en un laboratorio de toxicología clínica.
Víctor inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y por qué terminó lavando platos?
Mariela desvió la mirada.
La respuesta tardó unos segundos.
—Porque el caso que destruyó mi carrera… también empezó con una copa de vino.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Aurelio, todavía débil, abrió lentamente los ojos y la observó.
—Entonces… esta no es la primera vez que intenta salvar a alguien…
Mariela lo miró fijamente.
Su expresión cambió por completo.
—No.
Respiró despacio.

—La primera vez… llegué demasiado tarde. Y por eso perdí todo.
El salón volvió a quedar en silencio.
Porque todos comprendieron que aquella mujer no solo ocultaba un pasado como toxicóloga.
También cargaba con un secreto que explicaba por qué había desaparecido del mundo de la medicina… y terminado durante cuatro años detrás del fregadero de una cocina.